Silencio pitagórico (Susan Howe)

Silencio pitagórico (2019)

Susan Howe (1937)

Ediciones Overol

ISBN 978-956-9667-33-6

145 páginas

 

Googlear a Susan Howe solo es un ejercicio fructífero si se sabe inglés o se tiene la paciencia centinela del traductor de poesía. Autora con una decena de publicaciones que a la fecha solo ha sido una vez llevada al castellano por su libro de ensayos My Emily Dickinson (1985). Sorprende que no haya sido más divulgada su obra en el mundo hispanohablante, teniendo el currículum y los laureles que ostenta. Esa deuda se empieza a saldar recién con Silencio pitagórico (Ediciones Overol, 2019), libro publicado originalmente en 1982 y que hoy ve la luz con traducción y prólogo del poeta Enrique Winter.

El sonido que produce la rotación de los planetas, pero que nosotros no logramos percibir. Eso es a lo que Pitágoras llamó “silencio” y de lo que se toma Howe (como idea, merodeo, ensayo) para escribir este libro. Dividido en dos partes, entre los poemas de Silencio pitagórico es común ver espacios en blanco, salteos de línea, sangrías, recursos recurrentes sobre todo en la primera parte, Pearl Harbor. Allí Howe nos sitúa en el sorpresivo ataque a la base naval norteamericana perpetrado por la Armada Imperial Japonesa, que provocó la entrada de Estados Unidos a la guerra. No obstante, de la tragedia y el heroísmo bélico, poco y nada. Lo que entregan los poemas son puras ruinas, restos, cascajos de lenguaje, lo que la violencia incuba en las palabras: “no puedo/ llamar a la presencia y en su// ausencia// doblar en una mano//que//unos pocos//nos sostiene a // fragmentos” (pág. 27).

Poco a poco aparecen esquirlas de ese silencio violento, fricciones que hacen pensar en una rueda (la del lenguaje) descompuesta, salida de su eje por los golpes del camino (de la historia, de la vida, del individuo); ahí es que escuchamos (o leemos) chirriar sus engranes porque: “solo Solo/ permanece lo que jamás deja de doler// en la memoria” (pág. 31). El dolor como espacio en blanco (silencio) o dislocación sintáctica y visual: “mitad gemela trizada en diamante// ni un gorrión/debería caer”. Imágenes que se parten, que encuadran elementos que bien podrían estar yuxtapuestos en la memoria sin sentido alguno, pero que reverberan y se expanden en el poema.

La historia como sedimento que se degrada y brota en forma de lenguaje, dando cuenta de la fotosíntesis de las palabras expuestas a sol y sombra, a la guerra y la paz, a la barbarie y la ternura: “Las puertas del fuerte están abiertas// parejas comprometidas/ enterradas en épocas armadura// se exhiben// Esperaron prolongar la vida humana/ por varios siglos// pero no vivieron para alcanzarlo” (pág. 45). Este último poema funciona como bisagra perfecta para el apartado que le da título al conjunto. Esta misma noción de sedimento es más clara en los últimos poemas donde en la página hay plantados sustantivos, algunos enunciados y oraciones, cada una con su carga histórica, y que en la mente del lector se van expandiendo, aunque parecen no tener ninguna relación entre sí. Leemos del poema de la página 141:

 

“murciélago          eunuco           luz             aro              correr

 

fauno         clamor          sumisión

 

 

niñohumano

niñohumano

 

 

estratagema            vellón             tipo            semilla”

 

 

Una constante en los poemas del apartado es su renuncia al relato, asumiendo en parte su imposibilidad: “época de la tierra y todos nosotros chismeando// una oración     o personaje/ de repente// se levanta a buscar la verdad        falla// cae// en un arroyo de tinta           La secuencia/se va apagando” (pág.51), porque: “Afuera de la ventana se desmigajan las/ ficciones” (pág. 81). Acá la alusión a personajes históricos se hace frecuente, pero de igual forma que su resonancia nos lleva a momentos de la Historia, la Literatura y la Filosofía, se desdibujan en un lenguaje que va velándose. Los zumbidos de los planetas a los que Pitágoras llamaba silencio resuenan y se apoderan del lector como una materia oscura. El lenguaje que fabula resplandece por su ausencia y permite aflorar: “el mar salado y su golpe seco/ el mar salado y su golpe seco” (pág. 85). Y este brote de zumbidos que son silencios permite: “sílabas verdes de escenario en primavera” (pag. 93), operar allí donde las palabras no llegan.

Howe derrumba los relatos hechos estatuas que nada nos dicen; recoge de entre esos restos las manos que la forjaron, que están ajenas a esa misma historia. Muestra sus arrugas, sus huellas dactilares, sus heridas, ese sufrimiento, tatuado a través del lenguaje. Pero también nos envuelve con algo mucho más inquietante, imposible de enunciar. Silencio pitagórico nos descubre una autora con inquietudes tremendamente vigentes, ampliando no solo una historia particular de un país o de una minoría, sino la forma en que se (de)construyen, superponen y desmontan otras visiones. Incomoda por adentrarnos en un terreno inestable, donde el oxímoron lenguaje-silencio inarticula esas voces extraviadas por una historia y una cultura del más fuerte, del que grita y pega más fuerte.

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