Otra novelita rusa (Gonzalo Maier)

Otra novelita rusa (2019)

Gonzalo Maier (Talcahuano, 1981)

Editorial Minúscula

ISBN 978-84-948366-5-7

93 páginas

 

Por Berenice Romero

 

Desde hace cuatro años paso gran parte de mi tiempo hablando de libros y recomendándolos. No es que antes no lo hubiera hecho, solo que la inversión de tiempo era menor. Cuando se le dice a alguien qué leer, se realiza el ejercicio desde dos vértices —al menos en mi parecer—: 1) el libro el cual DEBE leer y 2) el autor que “NO TE PUEDES PERDER”. Hoy voy a partir la reseña desde esta segunda opción.

A Gonzalo Maier  (Talcahuano, 1981) lo conocí hace tres años (el posteo en Instagram de uno de sus libros no me va a dejar mentir sobre la fecha), y cuando empleo el verbo conocer es solo un vago eufemismo que le atribuye al gesto más tintes personales e ideales que de realidad; a Gonzalo Maier lo leí por primera vez hace tres años y fue más por curiosidad editorial que por interés en el autor (¡total, puedo decir esto ahora porque en ese entonces no lo conocía!). El texto fue El libro de los bolsillos, editado por Minúscula, una editorial independiente con sede en Barcelona.

Resulta que este libro es de un tamaño minúsculo (¡vaya, qué sorpresa con la editorial!), 15 centímetros de altura por 10 centímetros de ancho (el esnobismo de literata me ha hecho medirlo, ah), apto, en efecto, para bolsillos: lo mismo cabe en el bolsillo trasero del pantalón como en el de enfrente, en el bolso interior de las chaquetas y en algunas ocasiones en los bolsos donde uno mete las manos cuando hace frío o cuando quiere disimular algo frente al mundo.

Ese librito me duró un viaje en bus mientras me dirigía hacia al aeropuerto de Santiago de Chile: el libro tuvo de inmediato mi aprobación, el narrador toda mi credibilidad (¿Un sujeto amante del pan tostado con mantequilla que vive cuestionándose por los modos en los cuales entendemos al otro estando situados en Japón? Por supuesto, ¡te lo creo todo Gonzalo!), el autor toda mi atención para su aparato creativo. Desde ese entonces le sigo la pista a Maier.

No sé si se ha vuelto un rito de iniciación o qué, pero, curioso o no, también siempre lo leo desde no lugares, sí, esos que describe Marc Auge, y sin embargo, los libros de Maier se han vuelto en especie de patria, su propuesta literaria es un asilo donde encontramos lugar los nómadas.

Y justo lo anterior le sucede al protagonista de Otra novelita rusa, Emanuel Moraga. Estamos a principios de los años noventa y este viudo y jubilado chileno decide viajar a Moscú con un único plan en manos: derrotar a los ajedrecistas rusos; el narrador nos dice de Moraga: «Leía cuanto libro caía en sus manos: podrían ser volúmenes gordos sobre historia rusa o relatos ínfimos de Gógol o Chéjov […] Quería saber cómo pensaban, qué sentían, a qué le temían, cómo olían sus zapatos.» (39). El hilo narrativo de esta novela parece simple: el protagonista quiere ganar algo en lo cual es bueno y para lo que se ha preparado: partidas donde gritar ¡touché!

Sin embargo, la historia de Moraga va más allá: es de un sujeto errante que funda su territorio en un parque de Moscú mientras se autoaniquila con los recuerdos de sus esperanzas, sus frustraciones, un ego al cual el narrador acorrala con sarcasmo y lo mete a otro juego, al juego de la vida perdida. Leemos, por ejemplo:

«La sola idea contradecía su pasado como arquitecto y ajedrecista, asunto que dicho así suena muy exótico, pero que en la práctica se limitaba a hacer planes. A medir. A trazar líneas rectas. A analizar al rival. A aprender con cada derrota. A saber dónde está uno parado. A no cambiar de estrategia cuando las cosas salen mal. A no improvisar. […] Un viejo axioma del juego decía que no hay peor estrategia que no tenerla.» (24-25)

O al segundo día de estancia en Moscú, el narrador nos adelantará que hasta ese momento las cosas no van tan mal para este hombre procedente de Punta Arenas, otro extremo frío pero conocido y quizá un poco más amable, pero lo juzga e introduce a un poeta que este ajedrecista jamás leerá y le sirve de pretexto para inquirir al lector, al autor, pero nunca al personaje. Y nos advierte:  «Por eso, a cierta edad […] uno es como esa chatarra espacial que flota en la Vía Láctea con una trayectoria clara e invariable, ajena a la voluntad y la responsabilidad.» (65)

Otra novelita rusa es como todos los libros de Maier: irónico, de una introspección de acciones que usan de pretexto el viaje para hablar de cualquier cosa menos del argumento de la historia; ojo, no digo que sea un texto mal escrito, todo lo contrario, sólo sucede que uno se siente tan cómodo entre las líneas de Gonzalo que se interesa más por las observaciones de los personajes y del narrador que de tan graciosas a veces duelen, como esta: «Confirmó que para cumplir los sueños, y tal como aseguraban en el comercial de un banco, bastaba con tener tarjeta de crédito.» (14); por la sucesión de recuerdos (mismos que de repente se tornan los recuerdos del lector) y el excelso sentido del humor.

En los libros de Gonzalo Maier siempre encontramos pistas de su prosa; esta novela no sería la excepción. El narrador en una especie de confesión dice: «[…] modificaba la historia un poco por aquí y otro poco por allá.» (29). Noventa y tres páginas conforman esta novela, múltiples párrafos de bofetadas para lectores ávidos, frases y frases se vuelven un orfanato donde el desayuno ha variado: en las primeras novelas del autor nunca faltaban las tostadas con mantequilla y azúcar espolvoreada, ahora el narrador introduce a un personaje que come tostadas con mermelada.

No recuerdo dónde, pero mientras escribo estas líneas, desde un hotel en Brujas, ha sido recurrente una frase que le leí a Maier y era más o menos así: «[…] todo lo que necesita moverse es imperfecto porque necesita algo; por eso se mueve» y recuerdo también mucho a ese personaje de Material rodante (2015) que viajaba de Holanda a Bélgica donde el tema del viaje en tren era un pretexto para hablar de múltiples cosas, para reír, para enojarse, para olvidar el exilio voluntario.

El autor chileno es un escritor para los que no sabemos dónde estamos ni hacia dónde vamos, es un ancla donde su literatura se vuelve una especie de refugio. Una novelita rusa a través de Emanuel Moraga es el punto álgido para mostrar que la narrativa de Gonzalo Maier está en continuo movimiento y no podemos perdernos este tren.

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