Un filósofo (César Aira)

Un filósofo (2019)

César Aira (1949)

Editorial Cuneta

ISBN: 978-956-8947-71-2

92 páginas

 

En Un filósofo César Aira escribe sobre un hombre que, tal como él mismo lo presenta, es muy lento con las ideas. Es tan lento que para entender cualquier concepto del área en que trata como académico tiene que leer cada párrafo una y otra vez. En esas condiciones su trabajo, que se sustenta nada más que en las palabras y en el pensamiento, es una completa tortura.

Así nos enteramos de que el filósofo, al menos desde cierto punto de vista, es una especie de farsante. Que en su esfuerzo por mantener las discusiones que su disciplina le exige, ha inventado un método para escurrirse, para hacerle el quite al bulto, nunca realmente discutiendo el fondo del asunto. Lo anterior puede leerse de varias maneras: como confrontación al neoliberalismo desatado, a las exigencias laborales actuales que parecen imposibles de satisfacer sin desmedro de la vida personal y, peor todavía, sin que exista un conocimiento acabado de qué es lo que se está construyendo o produciendo a partir de nuestro trabajo incesante. Puede también leerse como la forma en la que Aira desliza su propia visión de cierta parte del campo literario, es decir, plagada de palabras y conceptos complejísimos elaborados por supuestos eruditos, a los que no está dispuesto a seguirles el juego, porque para él parecieran carecer de un sentido último.

“El centro recurrente de las acusaciones era la cháchara pedante, el uso de la lengua para inventar problemas que sólo estaban en las palabras, y que al resolverse pomposamente con palabras no creaban otra cosa que un círculo vacío, entretenimiento de ociosos y jactancia de presumidos” (página 57)

La figura de este pensador lentísimo es curiosa en Aira, especialmente considerando su método de escritura vertiginoso que pareciera no detenerse jamás, nunca revisar, nunca tomarse un respiro en la narración para volver sobre los aspectos constitutivos de su propia narración. Es un otro que, por oposición, pone al propio autor en el texto y obliga a pensar una y otra vez en sus métodos e intenciones.

“Era una lectura implacable, que producía una tensión insoportable en todo el sistema nervioso. Los que disfrutaban de eso se le antojaban unos masoquistas. Salvo que fueran todos, autores y exegetas, unos farsantes, y él fuera el único que se la creía.” (página 8)

Pero por sobre todo, en Un filósofo está el humor tan propio de Aira, que tiende al absurdo, al giro inesperado que rompe la línea argumental, puesto que para él el vínculo con la realidad no posee más importancia que ser un lugar desde el cual despegarse, como si cualquier forma canónica de construir una novela le parecieran también un absurdo, como si desdeñara todos esos conceptos y lo que le importase fuera nada más que narrar como un torrente. Solo para quebrar la misma estructura que él ha compuesto, una vez que esta ha sido suficientemente armada, tal como también ocurre en Un filósofo.

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