Retamo (Eduardo Plaza)

Retamo (2019)

Eduardo Plaza (1982)

Libros de mentira

ISBN 978-956-9136-64-1

101 páginas

 

En Retamo, la primera novela de Eduardo Plaza, el protagonista emprende un viaje de vuelta a la localidad del mismo nombre para visitar a su madre. Es un viaje introspectivo, plagado de fantasmas y miedos. Los silencios llenan las páginas tanto como los vacíos que quedan entre los párrafos. La narración es autocontenida, no solo en el uso del lenguaje sino en la emotividad del personaje principal y narrador, que lleva una vida en buena parte miserable y que, más todavía, viaja para poder ver a su madre que ha perdido un dedo, sin que él sepa o quiera saber los motivos de esa amputación voluntaria. El protagonista no explota, sino que, quizás como marca de época, posee una aparente indiferencia hacia todo, dejándolo con la melancolía como su estado más natural.

“¿Por qué no puedo decir la verdad como es? Cómo pienso contarlo. Por qué no le digo: llegué a Santiago y voy camino a verla a su casa en Retamo. Por qué no le digo: tengo mucho miedo de que se lo haya cortado para no sentir otra cosa” (página 27)

A pesar de que solo se revela por las hendiduras del relato, pronto nos damos cuenta que la madre tiene una historia mayor; mayor que la del protagonista, mayor que la vida del narrador que es un escritor que pasa dificultades económicas pueriles, que no consigue vivir de su propia escritura, sino que subsiste malamente a punta de hacer de escritor fantasma para gente adinerada que quiere contar la supuesta épica de su vida para legarla a su familia también adinerada. La historia de la madre, las dificultades conyugales de esta madre llamada Laura hacen que la pequeña historia del protagonista y su fracaso amoroso de forma totalmente deliberada parezcan una nadería, y que él mismo se sitúe en el relato como algo menor, como un nómada que se sitúa en el viaje, apenas como el pequeño bulto que se sujeta en el alud, inconsciente del daño que ocurre alrededor.

“Por mi parte voy así, a los tumbos, armando esa historia, abriendo y cerrando párrafos. Cambiándolos. Corrigiéndolos. Es la historia que siempre va a quedar a medias, perdida y deshecha entre lo que escribo y lo que no puedo contar. Ya no me molesta porque así es. La historia de los tres es nuestra imposibilidad de contarnos esa historia.” (página 87)

Sin embargo, el protagonista que nació y creció gracias a una madre que logró sortear las dificultades, el mismo que aprendió a andar, hablar, leer y escribir mientras la madre recibía los golpes, se separaba y se cambiaba de casa interminablemente, sufría y volvía a sufrir, digo, ese protagonista que es un personaje secundario en la historia de sus padres y también de ese fracaso mayor, es quien hace el amago de contar esta historia solo a través de silencios, porque parece imposible contar la historia de esos otros, porque no le pertenece.

El protagonista no lo dice, pero es un ser que se ha endurecido, que formó una costra que lo protege del entorno y sus dificultades, y que del mismo modo que lo protege lo aparta, lo excluye. Desde ahí se arma esta historia que en el fondo esconde una enorme violencia silenciada. Porque Retamo no es la historia de los golpes y el sufrimiento que no son verbalizados, sino que la del silencio con que esa misma violencia y sufrimiento son sobrellevados; el tema no son las muertes, sino los fantasmas que dejan.

“Porque la historia entre una madre y su hijo no puede contarse así, cortada, interrumpida. Me da miedo. ¿Qué te pasó en esa mano, Laura? Nunca hice esa pregunta. Me fui de la casa hace mil años besando sus diez dedos y volví ahora para besar nueve. No he querido preguntarle a Laura sobre su dedo índice izquierdo, ni del espacio que quedó entre los demás. De lo solo que se ve el pulgar. De lo solo que se ve el dedo del corazón.” (página 81)

Es en esa voz bien conseguida, apaciguada a pesar del dolor, calma a pesar del sufrimiento, sobre la que Eduardo Plaza construye un relato contenido para narrar la historia de los otros, los padres y su fracaso en torno a los que que ha crecido el protagonista. Así, Retamo se alza como una novela compacta, bien armada, de una belleza triste, profundamente emotiva a pesar de su contención, con un protagonista frágil que se erige como una voz sólida sobre la que levantar los silencios que ocultan los fantasmas y golpes de los que se compone este relato.

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