Pieza amoblada (Valentina Vlanco)

Pieza amoblada (2019)

Valentina Vlanco (1994)

Editorial Cuneta

ISBN 978-956-8947-70-5

149 páginas

 

Pieza amoblada es la primera publicación de Valentina Vlanco. Se trata de una novela que imita el mecanismo de la prensa amarilla, un poco como las historias que se cuentan en los matinales, que intentan ser emotivas a la fuerza para mantener al televidente pegado al aparato.

En ese mecanismo Valentina Vlanco alterna las voces de sus tres personajes principales —Pía, Teresa y Sara— para que, en primera persona, cada una vaya relatando los hechos. El argumento es el siguiente: Teresa es una antigua empleada doméstica que se quedó viviendo sola en la casa grande que era de su antigua jefa; Sara es una treinteañera que junto con su marido vuelven a la casa materna, lo que los reúne con Teresa; y Pía, es una joven que viene del campo a Santiago y arrienda una pieza en esta misma casa. Y lo que echa a andar la historia es el supuesto robo o secuestro del hijo de Pía por Sara y Teresa. Esa es, al menos, la historia que se exhibe en la prensa amarilla, el lugar indefinido donde los personajes se relatan a sí mismos como otros quieren que los vean.

“Todos los personajes de esta historia son personas tristes (como pasto pisoteado).

Hace falta una mano que les acaricie la cabeza como a un perro viejo.” (página 55)

 

La historia es bastante simple, casi no posee ramificaciones o relatos secundarios y esquiva con éxito y desde el primer momento un tono melodramático en el que podría haber caído con facilidad considerando los elementos de que está hecho el argumento. Sin embargo, el tratamiento que hace Valentina Vlanco de la historia está lejos de lo que a primera vista pudiera pensarse.

Hay dos cosas en las que vale especialmente la pena detenerse. La primera es la temática del libro y que gira en torno al agobio que sufren las mujeres ante la obligación social, impuesta desde muy pequeñas, del supuesto deber de maternidad y crianza de los hijos, de un entregar su vida para ellos. Sara y Pía, en este caso, funcionan como contrapunto. Mientras Pía, la madre del niño secuestrado, quiere seguir siendo joven y tener sus expectativas abiertas, Sara quiere por fin cumplir con el designo social, y en ello tiene a Teresa, la anciana empleada doméstica a su mejor aliada. En dicho trío se desarrolla a cabalidad la persecución pública del no cumplimiento con los estándares sociales incluso en el entorno privado.

“(…)una pena no poder rellenar el cochecito que le regalaron para navidad cuando niña con una guagua de verdad, toda la infancia con un coche rosado y ahora compra un coche en Falabella, un coche gris y con sombrilla y espacio para dejar los juguetes y las mamaderas y los pañales, un coche moderno pero a fin de cuentas el mismo coche rosado con rueditas que le regalaron cuando niña y tiene el coche pero después no tiene la guagua (…)” (página 68)

Ese cuestionamiento a este rol asignado por género es, a nuestro entender, una manera bastante aguda de ejercer el feminismo, puesto que pugna con uno de los bastiones que están más férreamente instalados y que, tal como el mismo libro lo señala, es el rol para el que preparamos a nuestras niñas desde la primera infancia.

Si hasta hace un par de años podíamos detectar con regularidad en las nuevas publicaciones el tema del fracaso de los padres para asumir el rol de tal, su incapacidad de ser adultos y entregar seguridad y resguardo a los hijos como por ejemplo ocurre en ¿Cuánto tiempo viven los perros? de Amanda Teillery, hoy por hoy, esa misma temática parece estar mutando a discutir ya no tanto el rol de los padres frente a los hijos, sino el rol mismo de padres, y más específicamente, el rol de madre y el por qué deben las mujeres necesariamente asumirlo con el altísimo costo que significa para sus vidas. En esa misma temática rondan y entran en la discusión libros recientes como Afuera de Sara Bertrand, Estampida de Bernardita Bravo, incluso en cierto sentido El sistema del tacto de Alejandra Costamagna y ahora, sin dudas, Pieza amoblada de Valentina Vlanco. Tampoco parece casual que sean precisamente mujeres quienes están introduciendo en nuestras letras estos temas contingentes, quienes están conflictuando un campo que parecía estable y removiendo o intentando remover aquello a lo que nadie parecía dispararle, en este caso la maternidad y la crianza de los hijos. No está demás decir que en ese gesto generacional hay una profunda valentía.

“(…) todos quieren aplaudir a los carabineros de la nación un amigo en su camino mientras me entregan la guagua, todos quieren que tome a la guagua en brazos como una madre porque soy su madre porque soy mujer debería llorar de alegría al recibir a la guagua como actriz recibiendo el Óscar, no quiero aceptar el premio, tomen su guagua dorada, yo no pedí nada de esto, no pedí nada de esto, se equivocaron de actriz, este no es mi papel (…)” (página 126)

El segundo aspecto a destacar tiene que ver con la forma con cómo está escrito el texto, con su ritmo acaballado, que se va  atropellando a sí mismo, produciendo un efecto acumulativo, que recuerda bastante al estilo de Carlos Droguett y a la sensación de torrente que producía su escritura. Dicho método narrativo funciona muy bien para los fines temáticos del libro, dado que permite un ingreso a la conciencia de los personajes, con lo que nos muestra con claridad cómo trastabillan, se golpean o luchan, cada una con sus propias cargas y siempre con el peso del escrutinio público encima. La elección de la manera en que se aborda la narración, en este caso, resulta ser un gran acierto.

Pieza amoblada de Valentina Vlanco es un texto de un argumento sencillísimo: una guagua que pasa de unas manos a otra. Pero no es ahí donde la autora pone sus fichas; ella trabaja el texto desde el frente del lenguaje y desde el tema de fondo, ambos aspectos muy bien logrados e interesantísimos, que obligan a discutir con el presente y sus aspectos más normalizados, con los roles asignados por género. Una nueva voz a la que permanecer atentos.

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