El Museo de la Bruma (Galo Ghigliotto)

El Museo de la Bruma (2019)

Galo Ghigliotto (1977)

Laurel Editores

ISBN 978-956-9450-41-9

303 páginas

 

El Museo de la Bruma de Galo Ghigliotto es, antes que cualquier cosa, un artefacto ambicioso. El libro se propone como la reconstrucción del catálogo de un supuesto museo ubicado en Tierra del Fuego, que habría alcanzado a subsistir un par de décadas hasta que fue consumido por un incendio. En el hallazgo de las galeradas de su catálogo original estaría la clave que permite su reconstrucción parcial, siendo este libro dicha reconstrucción.

“¿Cree usted que el cautiverio es hacerle justicia a esas bestias espléndidas? Los curas salesianos son unos hipócritas: disfrazan de caridad el hecho de que están dispuestos a explotar hasta la muerte a esos salvajes” (página 248)

Entonces, lo relevante es preguntarse bajo qué criterio se reunieron las piezas de las que da cuenta el catálogo, y cuál era la visión que pretendía dar. Su carácter de reconstrucción hace que la respuesta sea compleja, puesto que el libro propone varias dificultades: la primera es que su carácter de catálogo implica la inexistencia de un narrador tradicional. Las piezas son presentadas con un breve texto que normalmente consiste en apenas un par de líneas y en otras en un par de páginas, como las notas al pie que veríamos en un museo. La ausencia de un narrador tradicional hace que la dirección del relato esté dada por las lógicas internas que producen en el lector la disposición de los textos que acompañan las piezas que deberían estar expuestas, como si lo primero que quisiera hacerse latente es la imposibilidad de narrar.

“Día a día, sabiéndolo todo el mundo, refiriéndose estos hechos en Punta Arenas, caen a centenares los infelices indígenas cazados como fieras por los blancos. Los salesianos han pedido por favor que se les entreguen todos los indios que sea posible, y que ellos se encarguen de civilizarlos, enseñarles un oficio y hacerlos útiles para la sociedad y para sí mismos” (página 61)

Hay dos temáticas que resaltan y cruzan la mayor parte del libro, y que se van repitiendo y profundizando hasta conformar un cuadro discernible, aunque jamás completo. Por un lado, está la matanza y genocidio de los selk’nam y otras tribus originarias de la Patagonia y, por otro lado, está el registro de la vida de Walter Rauff en Punta Arenas, como hombre libre y empresario próspero, antiguo nazi que posibilitó la muerte de millares de judíos, ahora perseguido por la justicia de su país.

“Rauff descubrió una pequeña martingala que le valió muchos ascensos. Conectó los tubos de escape del camión con el interior de él, y así, mientras transportaba a hombres, mujeres y niños, estos iban siendo asesinados durante el viaje. Nada de complicaciones. Como él mismo dirigía estos transportes, trabajaron muchos centenares de camiones y centenares de miles de personas fueron sacrificadas dentro de los camiones gracias a la invención de Rauff” (pág. 182, 183)

Subyace la idea de que la realidad finalmente es inasible, porque está constituida por un conjunto de hechos que, por subjetivos, no consiguen constituirse en una explicación por sí mismos y ni siquiera unidos. Que lo mismo aplica para nuestro pasado o historia. Dado el ejercicio de subjetividad que la interpreta según un punto de vista limitado, esta no deja de ser una serie de trazos que no parecen responder a causalidad alguna. Tal vez por ello es que El Museo de la Bruma se identifica como un catálogo, puesto que en dicho supuesto no habría otra forma para relatar un lugar con su gente, costumbres, historia y eventos críticos que señalar esos mismos eventos a la manera de una efeméride.

“Querido Papá Noel,

Este año me he portado muy bien (…) mi vecino Miguel tiene de mascota un niño indio y yo también quiero uno para que podamos jugar con ellos. Prometo que le voy a poner un nombre de santo y le enseñaré a rezar y cantar en la misa. Voy a bañarlo y cuidarlo mucho para que se le salga toda la mugre y quede blanquito como yo. Si me lo traes, me voy a portar bien todo el año y el otro año también, te quiero mucho” (página 219)

En este libro no hay, por ende, ninguna explicación de las causas que ocasionaron el genocidio selk’nam, así como tampoco hay ninguna aproximación moral o ética a las circunstancias que permitieron que un asesino de la calaña de Walter Rauff fuera acogido y protegido en Chile, a pesar de ser el causante de centenares de miles de muertes. Un catálogo no permite tales cosas. Y, sin embargo, es en esa restricción donde el libro se juega sus cartas, puesto que el artefacto bajo el que ha sido concebido, cada una de las piezas “exhibidas” sí apelan al lector implícito, y lo conminan a tomar lugar y no ser meramente un observador.

Es en ese juego en el que el lector debe hacer el trabajo de reconstrucción a partir de las piezas de un escenario y ambiente donde la altísima apuesta que es El Museo de la Bruma consigue su mayor éxito, al ser un libro que se restringe a sí mismo para desplegarse únicamente en la cabeza del lector.

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