Crítica escogida (Ignacio Valente)

cura Valente

Reseña enviada por:

Pablo Cabaña Vargas

 

Crítica escogida (2018)

Ignacio Valente (1936)

Ediciones Tácitas

ISBN 978-956-379-067-2

Páginas 389

 

José Miguel Ibáñez Langlois es un sacerdote del Opus Dei, con estudios de filosofía y letras, de más de 80 años y rostro adusto. Su nombre, en principio, no sugiere más que cierta alcurnia y un elevado origen. Sin embargo, el seudónimo que ha utilizado por más de 50 años para realizar críticas literarias —Ignacio Valente— sí evoca polémicas, juicios incomprendidos y una suerte de autoridad doctrinaria para determinar qué debemos leer y por qué.

Ediciones Tácitas, a través de Adán Méndez, se encargó de llevar a cabo la enorme tarea de seleccionar un número escaso pero representativo de sus reseñas, dando cuenta de su notable inteligencia, prosa privilegiada y amor por la poesía, en especial la chilena, a la que esta recopilación dedica buena parte de sus 83 textos.

El cura Valente estudió en el Colegio Saint George, donde participó en la academia literaria El Joven Laurel, que dirigía el poeta Roque Esteban Scarpa. Realizó estudios en Europa, en la Universidad de Navarra. Luego, obtuvo dos doctorados: el de Filosofía Eclesiástica por la San Juan de Letrán en Roma, y el de Filosofía y Letras por la Complutense de Madrid.

En los años 60 comenzó su labor crítica en El Mercurio, adoptando un seudónimo ya que, a su entender, no era bien visto que un sacerdote ejerciera como crítico, imitando al clérigo francés Emilio Vaisse, quien utilizaba el seudónimo Omer Emeth, y a Hernán Díaz Arrieta, mejor conocido como Alone.

Divulgador de Parra y Juan Emar, admirador de siempre del mejor Neruda y de la Mistral, descubridor de Zurita y un teórico casi insuperable del fenómeno de la gran poesía chilena, Valente y su obra atraviesan casi la totalidad del siglo pasado, estableciendo un punto de vista que tiene como fundamento solo un criterio de validez estética: la belleza de una obra en el lenguaje, utilizado, en lo posible, con sencillez y claridad.

Apodado por Neruda como curicrítico —denominación que a Valente siempre le causó gracia pues demostraba el oído sobrenatural del vate para adjetivar con musicalidad—, nunca fue posible esgrimir su condición de sacerdote para enrostrarle algún juicio arbitrario o sesgado. Como dice en una de sus críticas:

Cuando yo ejerzo mi diario examen de conciencia, nunca dejo de preguntarme por la caridad, la mansedumbre o la piedad de mi conducta sacerdotal. Pero no me interrogo, por cierto, si practiqué o no mi obra de misericordia dominical desde las columnas de este diario. La razón es muy simple. Entiendo que no he sido llamado a escribir aquí como dispensador de obras de misericordia. Soy crítico; por tanto, juez. Y la virtud del juez es la justicia. Y ser justo implica a ratos, ay, ser justiciero. Es por justicia que me alegro, semana tras semana, de irradiar mi entusiasmo por obras literarias cuya lectura es un gozo.

Se le ha reprochado haber encarnado la figura del “crítico único” durante la dictadura, contando con una tribuna permanente en El Mercurio, situación de privilegio que le permitió pontificar desde ese púlpito sin oposiciones. No es difícil comprender que detrás de esa acusación se esconde un juicio negativo acerca de su posición ética y política durante ese período —a lo que debemos agregar que le impartió clases de marxismo a la Junta de Gobierno, hecho que utilizó el siempre rabioso Roberto Bolaño para satirizar su figura en una de sus novelas—, cuestión que si bien escapa al objeto de esta columna, no ensombrece la calidad de su labor y la influencia de sus juicios, tanto así que, como ha dicho Cristián Warken en más de una oportunidad: contra Valente estábamos mejor.

En su favor debemos indicar que manifestó públicamente su disconformidad con el hecho que durante la dictadura, se otorgara el Premio Nacional de Literatura a escritores cuya única virtud era no ser de izquierda, mientras que María Luisa Bombal, a quien admiraba, murió sin recibirlo y sola en un hospital, demostrando que su quehacer crítico nunca estuvo limitado por sus convicciones políticas o morales.

Entre los rasgos más destacables de su labor crítica, resalta la pasión que transmite cada una de sus reseñas, y la belleza y eficiencia de su prosa para explicar e iluminar una obra. Así, su erudición no es libresca ni fría ni académica, sino que un recurso intelectual para mediar entre el autor y los lectores, sin omitir adjetivos generosos cuando era necesario, o de los otros cuando la situación lo ameritaba, evitando caer en una tarea crítica aséptica y neutral para evitar respuestas destempladas o una guerrilla literaria carente de sentido.

Notables resultan los análisis acerca de los poemas del Neruda de las Residencias, de la Mistral en su Desolación o los Poemas y antipoemas de Parra, o de los versos de Lihn, Arteche, Tellier, Hahn, Huidobro, entre otros, descomponiéndolos desde el punto de vista simbólico, musical y evocativo, facilitando la comprensión del lector menos acostumbrado a la poesía, en especial la de estos gigantes sobre cuyos hombros descansa la patria cultural.

Dicha intermediación es compleja por cuanto, según Valente, no cabe hablar propiamente de una tradición poética nacional, respecto de la cual sea posible rastrear tendencias o establecer características comunes, pues esta constituye “un fenómeno cuyas coordenadas culturales son tan innumerables como indefinidas”, cuyos rasgos distintivos son “la melancolía, la ternura y la ironía”.

El estado actual de la cultura no es propicio para reivindicar la tarea crítica de Valente, ya que enarbolar las banderas de la estética sin un por qué, de la belleza más allá de las condiciones morales del personaje que la crea, o la figura de un intelectual que monopolizaba el juicio respecto a qué debemos leer, jerarquizando y clasificando autores y obras, no se aviene con una etapa en que la atomización, el relativismo y la igualdad de las opiniones sea cual sea su emisor son los dogmas que corresponde observar, sin considerar la precarización del lenguaje y la dificultad de disfrutar de una obra literaria debido a la velocidad y ansiedad del devenir contemporáneo.

No obstante lo expuesto, resulta ineludible reivindicar el trabajo de divulgación emprendido hace más de cincuenta años por el cura Valente, el que ha permitido que generaciones de lectores se atrevan a visitar autores y obras temidos por su aparente oscuridad o densidad, o a reinterpretar textos ya conocidos, derribando dogmas y proveyendo de juicios y sugerencias para optar, en medio del caos y la multiplicidad de ofertas y estímulos, por aquello que es  justo, fuerte y bello, empresa quijotesca que sería importante reivindicar para reencantarnos con el concepto de belleza, y con la reflexión e introspección que se necesitan para gozar de ella.

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