Confesiones (Henry Marsh)

autor Henry Marsh Salamandra EditorialConfesiones (2018)

Henry Marsh (1950)

Salamandra

978-84-9838-872-5

A José Miguel Gutiérrez. Que sirva como impulso y gracias.

 

Confesiones es el segundo libro del autor después de Ante todo no hagas daño (2016), ambos editados por Salamandra. Según podemos leer en las críticas de las solapas, aquí tenemos un Henry Marsh más ácido, que guarda mucho menos cuidado a la hora de ser políticamente correcto y que, a pesar de su postura pacífica en la portada, es nada condescendiente.

Pero, ¿quién es Henry Marsh más allá de las solapas?

  1. Un neurocirujano británico que ha ejercido su profesión en Inglaterra y, circunstancialmente, en Nepal y Ucrania.
  2. Un hombre a punto de jubilarse que explora sus culpas y aciertos tras treinta años trabajando en la sanidad pública de Londres.
  3. Un crítico de la burocracia congénita del Sistema Nacional de Salud del Reino Unido y de la multitud de procesos mal pensados y, aun peor, mal hechos.

Los médicos cirujanos son vistos por la sociedad como personajes de difícil acceso y rigurosidad aplastante. Muchas veces, despiertan sensaciones diversas: respeto en momentos decisivos entre la vida y la muerte y resquemores al momento de tratar con estos profesionales que han tenido que estudiar muchísimo, y practicar otro tanto más con un solo fin: curar a los demás.

Marsh es una de estas personas y, para ser justos, no escapa mucho de esta idea; al menos en lo relativo a la rigurosidad. Su necesidad de que las cosas funcionen bien —no importa si está con su amigo Dev en Nepal y con Igor en Ucrania— llega a ser pasmosa. Esta actitud otorga al lector la posibilidad de notar los contrastes en el acceso a la salud según qué país, las negligencias y, sobre todo, las relaciones personales dentro de estos establecimientos que para los pacientes (es decir, los que sufren) son «de paso» y para los funcionarios son la luz blanca e impersonal de cada día.

Con sus vivencias en una clínica privada de Katmandú, donde la neurocirugía es un lujo, este médico no solo tiene la visión parcial de un sistema sanitario y una seguridad social británicas que conforme a las referencias del mundo y al estereotipo del «desarrollo» funcionan tan bien, sino que disfruta de perspectivas de un país de Europa del Este como Ucrania y otro de Asia como Nepal, que no es poco.

Henry Marsh reconoce una y otra vez que constituye un desafío inefable trabajar en un lugar donde te amenazan de muerte si tu paciente muere tras la operación o desempeñarse con propiedad cuando una persona que apenas puede articular palabras no entiende las tuyas. Y sin embargo, decide dar utilidad a sus manos porque adora su profesionalismo y sobre todo porque no soporta ver el sufrimiento ajeno, más allá de la concepción que tiene de sí mismo.

Era probable que hubiera maneras más efectivas de convertir el mundo en un lugar mejor —si bien con menos glamour, reconozcámoslo— que ser cirujano. Nunca me he zafado del todo de la opinión de que ser médico es una especie de lujo moral que corrompe fácilmente a los galenos. Qué poco le cuesta a uno acabar pagado de sí mismo y convertido en un presuntuoso, creyéndose más importante que sus pacientes.

Es justamente este concepto de los médicos como seres fríos y desinteresados el que más explora Marsh en sus testimonios, lo que agradecerán los lectores alejados de la rutina hospitalaria. En algunos pasajes muestra cómo esa impresión choca de lleno con sus propios miedos e inseguridades al trabajar día a día con el cerebro humano, diseccionándolo, hallando y reparando «piezas» y sumergiéndonos en los roles ocultos de nuestro órgano más intrincado y prodigioso.

Recordándonos a esa solemnidad hipocrática vinculada con el ayudar a los demás como prioridad, el neurocirujano nos exhibe un vitral conformado por los errores que le quitan el sueño hasta hoy (sobre todo las malas decisiones cuando se trató de ayudar a vivir o, lamentablemente, dejar morir) y las aficiones, como la carpintería, que evidencian con más fuerza su carácter persistente y a veces obsesivo si se trata de demostrar sus puntos tras el velo de su larga experiencia.

Como hacía Oliver Sacks en Un antropólogo en Marte al momento de introducirnos en el comportamiento humano cuando no hay más opción que vivir al límite, Marsh nos enseña de partes del cerebro y sus respectivas funciones que muchos no sabemos que existen y que hacen a pacientes perder su su capacidad de hablar, de relacionarse, de sentir dolor o, sencillamente, extraviar su memoria y personalidad tras un daño cerebral sin que ellos mismos puedan notar ese quebranto.

Por si fuera poco, con su visión cientificista y las conclusiones a las que llegó tras recorrer una adolescencia maniática, nos expone por qué cree que lo que ocurre en la vida cotidiana es consecuencia de lo que sucede en el cerebro, incluyendo el amor y las etapas del enamoramiento, presentándonos de este modo una visión de la muerte que funciona a la vez como epifanía y dura realidad: cuando el cerebro falla, nuestra fracción psíquica y física también tropieza con él. Y cuando muere, morimos completamente. Sin llegar a ver otra vida.

La dualidad que supone considerar mente y materia como entidades distintas está profundamente arraigada en nosotros, como lo está la creencia de un alma inmaterial que sobrevivirá de algún modo a nuestros cuerpos y cerebros. No tengo la sensación de que mi yo, el ser consciente que escribe estas palabras, sea pura electroquímica, pero es eso precisamente.

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