Mandíbula (Mónica Ojeda)

Mandíbula (2018)

Mónica Ojeda (1988)

Editorial Candaya

ISBN 978-84-15934-49-3

288 páginas

 

Mandíbula, según informa su solapa, es la tercera novela de la ecuatoriana Mónica Ojeda, la que ha tenido, así como sus anteriores publicaciones, una muy buena recepción tanto en su país como en el resto de Latinoamérica.

Es una novela que empieza in media res, cuando Fernanda, una adolescente de un acomodadísimo colegio opus dei, despierta en un lugar desconocido, atada, secuestrada por su profesora de Lengua y Literatura —Miss Clara— sin que la autora nos dé pistas sobre las motivaciones. Los sucesos son informados al lector de manera parcelada, produciendo un efecto acumulativo que sirve muy bien para darle a esta historia precisamente aquello que apunta a conseguir: convertirse en una novela de terror de tomo y lomo, muy consciente —excesivamente a ratos— de sus propios referentes en el género: Lovecraft principalmente, Allan Poe, Melville incluso.

Un grupo de muchachas de situación privilegiada: Ximena, Analia, Fiorella, Natalia, Fernanda y Annelise — la indiscutida líder del grupo— se toman una casona abandonada y la utilizan para realizar rituales místicos, donde no solo buscan experimentar sus propios límites psicológicos y físicos, sino que también el terror del que el grupo es ferviente seguidor: amantes de las creepypastas, leyendas urbanas que repletan Internet y que desde ahí van multiplicándose, construyéndose y ampliándose gracias a sus lectores que las hacen crecer y las llevan, tal como este grupo de adolescentes, a la vida diaria.

Prontamente arman su propia creepypasta, su historia grupal consistente en la edad blanca, el dios blanco, al que comienzan a orar e introducir en casi cualquier aspecto de sus vidas, llevándolas hasta el sadomasoquismo.

«“Quiero que me muerdas”, le susurra Annelise. “Quiero que me muerdas muy fuerte”. Su voz suena lenta, como una iguana pelando el sol. Fernanda se magulla el cuello de su hermana y escucha sus deseos: “Muérdeme, cocodrilo”, y en su boca el cuerpo gemelo se rotura. “Muérdeme, caimán”. Salta del colmillo una flor de carne. Santa una flor de huesos a los hocicos infinitesimales. Los órganos en piel polucionan por la noche. Las sábanas sudan» (página 243)

Más allá de la anécdota del relato, que tiene la gran virtud de asentarse con soltura en lo doméstico y desde ahí en la idea de cómo la tecnología influye en las vidas de estas jóvenes, más allá, decíamos, existe una profunda exploración de la psicología femenina llevada al límite, una experimentación de las relaciones filiales madre-hija, y un desarrollo del fracaso en la crianza moderna. Es un libro que permite diferentes lecturas: la propia anécdota y el mundo del terror llevado a lo cotidiano, a un terror que no depende de lo sobrenatural ni de lo monstruoso, sino que —y aquí hay algo sumamente bien logrado y dificilísimo de conseguir— por medio de aquello que forma parte de lo habitual, de lo normal, de las propias perturbaciones de sus personajes: no de lo ajeno, sino de lo que somos nosotros mismos.

Pero por otro lado, lo cual tal vez sea lo más interesante, Mandíbula es un libro que puede ser leído desde el ángulo del abandono en el que vive nuestra juventud, en el fracaso de los adultos por ser adultos, en comportarse como tales y servir de soporte afectivo a sus hijos, o incluso como un reclamo ante cómo la tecnología ha afectado nuestras vidas, y cómo aquello que aparentemente solo existe en un mundo virtual, en el mundo del Internet, es capaz de traspasar las fronteras y apropiarse de nuestro mundo físico, gracias a quienes alimentan cada día sus redes.

Es también una novela de un sistema educativo trunco, de padres inexistentes, madres perturbadas que fracasan una y otra vez, hijas que buscan experimentar en sus cuerpos alguna sensación fuerte, fuertísima, en este caso una sensación real de terror, que las replete y traspase las barreras de la ficción, y de cómo consiguen realmente convertir ese terror en algo material. Es una historia del matonaje como forma de comportamiento normalizado.

Es una novela de personajes psicopáticos, que solo pueden establecer relaciones viciosas, quienes arrastran a aquellos aparentemente sanos, pero que en el fondo también son personajes dañados. Comprenderemos más temprano que tarde que todas las relaciones que muestra la novela son relaciones enfermizas.

“¿Te até yo con mi amor umbilical?, le preguntaba a veces a la radiografía de la columna vertebral de su madre. “¿Te corté la circulación con la cuerda de mi ombligo?” (página 240)

En esa multiplicidad de capas es donde Mandíbula demuestra que es una novela que rebasa el género del terror. Por el contrario, cuando es demasiado consciente de la propia constelación de estrellas en las que se mira —sus propios referentes—, cuando enrevesa deliberadamente su lenguaje para comprimir más la atmósfera, ahí es cuando esta novela muestra fisuras, a causa de esa la falta de contención que detiene la acción y la vuelve farragosa.

En suma, es una novela macabra, de niñas abandonadas, padres inexistentes y madres neuróticas o derechamente enfermas, que seduce con el recurso engañosamente juvenil de asentarse en las historias creepypastas, en el mundo del Internet, el terror, el sadomasoquismo, para contarnos un relato mayor: el de una generación perdida en sus relaciones filiales, que busca adueñarse de su existencia adormecida experimentando en su propio cuerpo una sensación de terror absoluto: el terror blanco.

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