Diario íntimo (Luis Oyarzún)

Diario íntimo (2017)
Luis Oyarzún (1920-1972)
Ediciones Universidad de Valparaíso
ISBN: 978-956-214-182-6

En un ensayo publicado hace un tiempo en la revista Dossier, la escritora y poeta Verónica Jimenez definía la escritura de los diarios íntimos: “El escritor de un diario íntimo es un ser que habla de sí mismo y que, por estar anclado temporal y espacialmente, fija instantáneas fugaces desde su conciencia, una conciencia que mira y se mira, y escribe acerca de lo que ve dentro y fuera de sí, desde un lugar cualquiera, pero siempre zarandeado por el calendario”.

La definición parece especialmente pertinente en el caso de Luis Oyarzún, cuyos diarios, publicados por primera vez en 1995 por Leonidas Morales, son precisamente eso: los apuntes de un observador agudísimo, cuyas instantáneas podrían dialogar en ingenio y precisión con las notas de Canetti o los tratados de Quignard.
En este sentido, lo íntimo en Oyarzún funciona no solo como anecdotario, sino también como el centro de operaciones de su escritura. No es casualidad que parte del corpus de sus diarios haya constituido el material de libros como Diario de Oriente y Defensa de la tierra. Junto con dejar constancia de su paso por la Historia, las instantáneas de este diario van perfilando los múltiples intereses de una inteligencia omnívora: el desastre ecológico local, del que hoy somos espectadores tristemente privilegiados, y que Oyarzún vaticinó con pavor; las cavilaciones de un esteta preocupado por la desaparición del mito bajo el peso de la técnica, o incluso pequeños apéndices sobre drogas o la enfermedad de las gárgolas de Notre Dame.

Funciona también –todo hay que decirlo—como un espacio para las pellejerías de las relaciones públicas literarias. En este sentido, podríamos apostar a que los diarios de escritores son el espacio donde el (sic) campo cultural se muestra en su faceta deslavada y pueril. Leamos, por ejemplo, esto del 21 de noviembre de 1950, luego de encontrarse con el poeta Juan Ramón Jiménez: “Se refiere infaltablemente con desagrado a los otros poetas. Habló mal de Jorge Guillén y de Luis Cernuda que, según él, no es sino un medio traductor de poemas ingleses”. Y esto, de la misma fecha: “Después, a la hora de almuerzo, a solas conmigo, y entre muchas quejas sobre su mala salud y su debilidad, hizo una pavorosa descripción de la persona física de Antonio Machado, hombre que jamás conoció el agua como artículo de aseo, a quien la ropa se le caía a pedazos, que usaba cuerdecillas en lugar de los botones ausentes en sus camisas, enfermo incurable de una síflis repugnante, etc.”
Al mismo tiempo, Oyarzún ensaya el canon chileno, celebrando “la superioridad de Gabriela Mistral sobre tanto poeta pretensivo”. De Neruda, en cambio, anota: “Es un gran poeta sucio –es un hombre que cree no ser más que hombre, un poeta sexual, machista y débil, un poeta demoniaco y desesperanzado, que se aferra de la retórica y del pan suyo de cada día, soberbio y clausurado como los eternos compañeros de colegio—, es un retórico genial de los sentimientos vulgares”.

Las diatribas contra Neruda, de hecho, se repiten y parecen adelantarse a los cuestionamientos que, para bien o para mal, han fisurado la imagen omnipresente y exportable internacionalmente del vate de vates: “No he conocido hasta hoy en mi vida una mayor hipertrofia del yo. Él es América, pero es también el socialismo; él es la voz de todos los pueblos oprimidos, el intérprete del futuro, el protector de Cuba, el gran padre y la gran madre de Chile, el gran juzgador y el gran perdonador (…)”. Oyarzún se nos muestra asqueado ante la personalidad del Neruda del Canto General, del Neruda superstar.

El diario deviene también escritura que se vuelca sobre sí misma, reflexionando sobre la escritura como dispersión, abierta, entregada al devaneo, al irse por las ramas como práctica estética: “Claudio dice que soy un Mozart y en cierto sentido es cierto, porque soy un improvisador. Sólo soy capaz o he sido de creaciones repentinas, páginas de diario, clases, sonetos de café. Si me responden, si me exigen, si creen en mí y me estimulan, saco del fondo del mar lo inverosímil. Nunca soy más inteligente que en medio de las orgías de la inteligencia”. Y: “Navegando en el Angachilla y mirando a través del follaje de los coigües, Hernán Konig descubrió hace días que estaba ya comenzando el otoño del sur. ¿Cómo poner en mis versos a estos barquichuelos cargados de madera roja que surcan el río aguas abajo? Deseo nombrar cosas concretas, no hacerlas abstractas”.
Oyarzún es, a su manera, un escritor-paseante y el formato del diario es perfectamente coherente con este ánimo: el texto, que tiene al tiempo como único límite, que tiene a la muerte como única muralla, crece a la manera de las enredaderas.

¿Deberíamos haber partido dando cuenta del currículum de Luis Oyarzún para justificar la lectura de estos diarios? Me parece que no. Y la re-edición de los mismos es un acontecimiento suficiente para entrar, como habría hecho el autor en algún bosque sureño, a perderse en los varios senderos que lo cruzan.

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