11 (Carlos Soto Román)

Reseña enviada por: Andrés Urzúa de la Sotta

 

11 (2017)

Carlos Soto Román (1977)

Autoedición

192 páginas

 

Inicio estas notas citando al mismo Carlos Soto Román, quien tradujo el texto Patriotismo del poeta norteamericano Ryan Eckes: «La poesía narrativa de Ryan Eckes (1979) es, en sus propias palabras, “una forma posible de historia”: una manera de documentar las voces y condiciones de la vida urbana. Él mismo caracteriza su escritura como “profundamente investigativa” y “documental”».

Pienso justamente en eso: el cruce entre historia y poesía, entre realidad y ficción, entre investigación y creación literaria, entre documento histórico y texto poético. Se me vienen a la cabeza otros nombres de la poesía chilena actual: Jaime Pinos, Luz Sciolla, Camilo Brodsky, Gloria Dunkler. Poetas, o más bien escritores, preocupados ya no de la lírica convencional ni del impulso romántico que ha gobernado gran parte de la creación poética occidental, de esos poetas a los que el italiano Valerio Magrelli llama atletas del sentimiento. Sino de la gestación de otro tipo de textos, cruzados a fuego por el contexto. Una poesía situada, en el decir de Enrique Lihn, que toma como eje central de su discurso la realidad y los hechos históricos. Una poesía que no inventa mundos nuevos ni que se engolosina con la retórica del significante, sino una poesía, o más bien debiéramos decir escritura, que nunca pierde de vista la realidad, que percibe un imperativo ético en la atención constante a, volviendo a Eckes, las condiciones de vida actuales o de un determinado momento histórico.

Por lo mismo, en los versos de estos autores no solo aparecen referencias literarias, sino también históricas, periodísticas, publicitarias, sociológicas, antropológicas. Intertextos y referencias que dotan al texto poético de un contenido de realidad innegable, que hacen menguar la clásica noción de literatura que la entiende como el discurso estético de la ficción, agregando un contenido aledaño a las obsesiones del verso tradicional: el contexto.

Una poesía donde el escritor investiga, se documenta y se introduce en la realidad —o en los archivos y en la memoria de la realidad— para digerirla, inhalarla y devolverla matizada por su mirada, pero siempre con los pies anclados en los acontecimientos que rodean la producción poética.

Es este contexto, creo, uno de los que permite ingresar a 11 de Carlos Soto Román y dimensionar su lugar en la tradición poética actual: el terreno de la realidad o del realismo, del cruce entre literatura e historia. Aunque en este libro el ejercicio adquiere una radicalización extrema, pues por momentos ni siquiera hay un cruce entre ficción y realidad, sino más bien un trabajo sostenido de documentación de la memoria histórica. Dice Soto Román:

Los poemas incluidos en esta obra fueron elaborados a partir de material de audio y texto, encontrados en documentales, entrevistas, artículos y otros documentos de diversa índole. Dentro de las fuentes consultadas, cabe destacar: Constitución Política de la República de Chile, Informe Rettig, Informe Valech, Manual KURBACK, diarios y revistas de la época, sitio web del proyecto “Los Casos de los Archivos del Cardenal” de la Escuela de Periodismo UDP y CIPER, Archivo digital del Centro de Estudios Miguel Enríquez, archivos de la Biblioteca Digital del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos.

Nótese que el autor señala: «los poemas incluidos en esta obra». Es decir, un montaje archivístico y documental intencionalmente situado como “poesía”. No solo para pensar y registrar la memoria histórica de la barbarie nacional —inconmensurable y terrible, por cierto— sino también para discutir con la noción tradicional de literatura, forzando la inserción de la historia y del archivo en la concepción poética.

Porque al mismo tiempo que Soto Román documenta la realidad de la barbarie chilena a través de la selección, edición y reproducción de archivos (reproducción que, dicho sea de paso, oficializa y documenta el carácter veraz de la información entregada), está provocando, problematizando los conceptos de poesía y de poeta, los cuales —–a estas alturas— ya no pueden ser concebidos solamente como reservorios de la melodía de los sentimientos o de la danza de los significantes y de la sensorialidad. Sino que reclaman y exigen la aparición de la memoria histórica, del estado de cosas, de la situación, de aquellos acontecimientos a los cuales, aunque duela, no se les puede (ni se les debe) hacer el quite.

Por otra parte, creo que el texto se sitúa también en esa vertiente de la escritura contemporánea que concibe al poeta ya no como un creador, sino como un recolector. Pienso, cómo no, en Juan Luis Martínez y su ideal de poesía: «una poesía donde nada haya sido escrito por mí»; una poesía sin autoría (y de la apropiación). Esta noción radical de la escritura poética, que casi podríamos tildar de anticreacionista, también se emparenta con lo que Ulises Carrión, el poeta mexicano, menciona en El arte nuevo de hacer libros: «Las palabras del libro nuevo pueden ser originales del autor o ajenas (…) Un escritor del arte nuevo escribe muy poco o de plano no escribe». O con esa escritura no creativa a la que alude Keneth Goldsmith.

Todas ideas que apuntan a la ampliación del campo poético (o una reducción, dependiendo del punto de vista) y a una resignificación de la figura y de la labor del poeta y de la poesía. En un mundo, claro está, que no solo está cayendo a pedazos, sino que se viene sacando la cresta hace rato.

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