Carlos Araya Díaz: “Donde enciendas la cámara, en cualquier parte de Chile, la violencia se va a colar”

Fotografía: gentileza de ed. Planeta

Por: Joaquín Escobar

 

Carlos Araya Díaz (1984, Calama) es cineasta y escritor. A fines de 2018 lanzó Población flotante, de excelente acogida. Antes publicó Ejercicios de encuadre (Cuneta, 2014. Premio Juegos Florales Gabriela Mistral) e Historial de Navegación (Alquimia, 2016. Premio Municipal de Santiago). Con su cuento Los mapas de mi padre fue finalista del concurso de cuentos Paula (2014). Escribió y dirigió el largometraje El hijo pródigo (2013. Estrenado en el Festival de Cine de Valdivia). Correalizó el largometraje colectivo Propaganda, y actualmente está finalizando su película El viaje espacial.

A lo largo de todo el relato de Población flotante asistimos a un desastre provocado por fenómenos de la naturaleza, sin embargo, y en constante diálogo con ello, todos los personajes, también, están embargados por desastres íntimos, llevando vidas sombrías y desgastadas. ¿Te parece que hay un diálogo entre los procesos externos e internos que se viven en la novela? ¿O si se quiere, en torno a lo público que deviene en íntimo?

 

El desafío fue desarrollar sesenta y dos subtramas que me permitieran fugarme del conflicto central. En ese viaje lleno de curvas en modo zig-zag hay contraste y retroalimentación entre el interior y el exterior. Tras las ventanas del bus hay un desastre que cada pasajero va configurando con los matices de su propia biografía. Hay algunos que se mantienen firmes cuando las cosas se ponen complejas. Cada uno de los personajes escucha como quiere el ruido que produce la lluvia sobre el techo.

La gran mayoría de los personajes tienen trabajos precarios y abusivos. Se visibiliza un sistema laboral explotador propio del libre mercado, ¿te parece que Población flotante da un diagnóstico del Chile contemporáneo?

Al tomar la decisión de dirigir el trayecto del bus hacia los espejismos del norte minero, una especie de “tierra prometida, es inevitable explorar el imaginario del trabajo y las fracturas que va dejando el modelo económico. Pero es importante para mí construir territoriospersonajes y acciones que hablen por sí solos a partir de una estructura particular, y no diseñar un libro desde una lista de supermercados con los temas de moda. Desconfío de los artistas contenidistas que tienen algo que decir.

La novela tiene 62 personajes. Algo poco usual por no decir inédito en la narrativa chilena contemporánea. ¿Crees que en este gesto hay novedad y riesgo? ¿Sientes que con tu escritura te alejas de los conservadurismos literarios actuales?

La idea de que el libro tenga 62 personajes no tiene un afán de romper el Record Guinness de la literatura chilena. Me encontré con un dispositivo que requería ser poblado por más de sesenta voces. Creo que lo más conservador es privilegiar las temáticas por sobre las búsquedas estéticas, y creo que en esta novela hay un gran riesgo, pero los libros no son lo que los autores dicen de ellos, menos mal.

¿Cómo se fue construyendo la novela? La forma de escritura y su composición, a manera de un puzzle), ¿cómo logró forjarse?

La voz del auxiliar fue lo primero que apareció de esta novela, a partir de ahí encontré el dispositivo. Tenía el chasís y la carrocería pero aún no tenía pasajeros. El resto se construyó a partir de mucho trabajo de ensayo y error. Una especie de avance irreflexivo y retroceso metódico. Escribía una fila de pasajeros por intuición y luego los iba ordenando en relación al microclima que se iba produciendo entre ellos. Así pasó con cada sector del bus, incluyendo el primer y el segundo piso. Cuando descubrí el frente de mal tiempo con el que se cruza la máquina, tuve que retomar las subtramas que había escrito y esculpir esa progresión dramática desde cada fragmento.

La historia tiene potentes dosis de violencia simbólica, ¿estás de acuerdo? 

Donde enciendas la cámara, en cualquier parte de Chile, la violencia se va a colar. Desde el chofer de un bus que está obligado a conducir por horas sin dormir, pasando por una detención ciudadana, hasta el asesinato de un mapuche a manos del estado. El problema es cómo filmar eso, cómo abordar algo que ha sido bombardeado y manoseado por la televisión tantas veces. La voz baja, la calma y el silencio de la última pasajera podría ser una opción.

¿Crees que hay que disputarle espacios a la literatura del yo? Población flotante está escrita desde la posición de un otro. 

, hay un grupo al que le cuesta salir de la burbuja y filmar el entorno. En estos momentos me interesa el plano conjunto, en ese valor de encuadre puede ingresar la relación entre paisaje y ser humano en su complejidad. Algo similar estoy trabajando en El viaje espacial, un documental de observación que retrata Chile a través de sus paraderos de micro y de quienes esperan en esos espacios.

¿Cuáles son las ventajas y desventajas de escribir desde y sobre la provincia, y en este caso en particular, desde lo flotante de viajar de un centro hacia una periferia?

La ventaja y la desventaja son parte de lo mismo: mientras algunos se criaron con el bálsamo elitista de la oferta cultural del centralismo, otros nos criamos nadando en un río contaminado con vista al desierto más seco del mundo. ¿Dónde está el Estado? El ninguneo regional te inyecta una tinta rabiosa con superpoderes.

¿Qué escritores y cineastas han influido en tu obra?

Mis referencias más claras están en la poesía chilena y el cine documental de observación. Vuelvo con frecuencia a Gonzalo Millán, Enrique LihnGermán Carrasco, Bettina Perut e Iván Osnovikoff. En ficción y narrativa mis influencias podríallenar un bus.

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