Por qué importa la filosofía (Carlos Peña)

Reseña enviada por:

Mónica Vásquez Vetterlein

 

Por qué importa la filosofía (2018)

Carlos Peña (1959)

Penguim Random House grupo editorial, S.A.

ISBN: 978-956-9635-27-4

188 Páginas

 

Más allá de sus innumerables credenciales académicas, Carlos Peña es sin duda un agudo observador de su tiempo, con el que se puede estar de acuerdo o disentir, pero no existe posibilidad de no comprender su punto de vista sobre el tema que sea que esté abordando, expuesto siempre con una extraordinaria precisión y claridad. Leerlo garantiza una exposición lúcida y bien estructurada que se agradece. Partiendo de esa premisa, es que ofrezco esta reseña sin más pretensión que compartir la perspectiva que, como lectora de filosofía amateur, obtuve de Por qué importa la filosofía.

Por qué importa la filosofía aporta un ángulo soslayado en el debate sobre la presencia de la filosofía en las mallas académicas de la educación chilena, debate que se ha centrado en diversos aspectos, que luego de terminar de leer lo expresado por Peña, dejan la sensación de ser secundarios frente a lo no dicho sobre el tema que es lo que aborda este texto.

Por qué importa la filosofía es un libro comprensible incluso para quienes carecen de formación filosófica y, asimismo, en su desarrollo nos permite la aproximación a autores que dejan marcados senderos para profundizar en la materia.

Carlos Peña parte aclarando que la “utilidad” de la filosofía no es medible con la misma vara que la de otras disciplinas; no se trataría de una utilidad explicable desde la inmediatez de lo cotidiano, en que las personas ejecutamos actos muy concretos que tienen resultados “fabriles”, medibles e incorporables en cálculos y estadísticas, insertos en una maquinaria social que pareciera perdernos en los quehaceres diarios, como si la vida y, en específico, lo propiamente humano fuera una inagotable sucesión mecánica de quehaceres productivos en términos económicos, contextualizada en la pertenencia a una estructura social y nada más que eso.

En este sentido, nos cita una anécdota que da cuenta que el mismísimo Heidegger fue víctima de este orden utilitarista fabril, cuando fue apremiado a efectuar, rápidamente, una publicación de algún manuscrito que justificara ante los ojos de un burócrata su nombramiento, como sucesor en la plaza que dejaba el profesor Nicolai Hartmann en la universidad de Marburgo. El manuscrito que ofreció para esos efectos fue nada menos que Ser y Tiempo.

La anécdota anterior evidencia el gran contrasentido con que ha tropezado la filosofía y -que lleva a esta discusión sobre el derecho o no que le asistiría a sentarse a la mesa de los demás saberes que imparten las universidades- que sería el de ser exigida de justificaciones que le son ajenas, por cuanto su tarea es distinta, al poseer una finalidad ontológica imposible de medir con los criterios de utilidad del mercado, pero no por ello menos importante, como nos demostrará el ensayista.

La filosofía, ciencia originaria como ha sido definida, lo que en realidad perseguiría —sin ánimo de explicar o fundamentar posiciones—, es evidenciar los andamios en que se estructura la condición humana, que estarían dados por ser seres que nos interrogamos y a partir de eso interpretamos tanto a nosotros mismos, como a las cosas y a nuestra relación con ellas. Entonces, la filosofía se preguntaría sobre ese ser interpretativo que es consustancial al ser humano, esa estructura interpretativa es lo que estaría en la base de lo humano y sería la ocupación de la filosofía.

En esta línea en Por qué importa la filosofía Peña nos conduce a lo que, en mi opinión, es el punto crucial del ensayo, que sería develarnos —haciéndose cargo de sintetizar y concatenar ideas fundamentales sobre el tema, de filósofos de la talla de Heidegger—, que “la realidad” no es independiente de la interpretación que de ella hacemos, no existiría algo así como la realidad objetiva. Esta revelación nos hace detenernos y mirar que hay un algo más de fondo y a la vez inquietante que subyace a nuestra sumatoria de actividades cotidianas y que estaría dado porque todo lo contingente. El mundo no sería más que una posibilidad entre otras, simplemente, porque no es independiente de la interpretación que de él hacemos.

El ensayo Por qué importa la filosofía nos deja en claro que la filosofía no nos aportará una manera de forjar concepciones del mundo, ya que su rol no tiene que ver ni con elaborar tales concepciones ni con ser la garante de su validez, aunque se relacione con ellas. Lo propiamente suyo es ir más allá y mostrarnos la contingencia del mundo y al hacerlo hacernos conscientes de la fragilidad de todo aquello que damos por sentado. En consecuencia, su presencia en las universidades sería el punto de equilibrio al endiosamiento de los saberes técnicos, respecto de los que no hay que olvidar se erigen sobre un cierto modo de entender el mundo que, como nos explica Peña es contingente.
En relación a esta contingencia, Peña nos advierte : “no es que los seres humanos nos hagamos mediante interpretaciones a discreción, como si tuviéramos libertad para dibujar lo que queremos ser en el sentido, por ejemplo, que decidimos que tenemos libertad para comprar esto o aquello. Cada ser humano nace en un momento en que cierta comprensión del ser ya ha coagulado en la cultura hasta adquirir el semblante engañoso, el disfraz de lo permanente, el desplante de lo necesario, de suerte que recuperar ese sentido originario, esa capacidad que nos constituye, supone un cierto esfuerzo”.

 

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