Notas y entrevista sobre la reedición de “Hijo de ladrón” con texto revisado y corregido, por Tajamar editores.

 

Tajamar Editores acaba de reeditar la novela cúspide de Manuel Rojas, Hijo de ladrón (1951), una de las más importantes que se han escrito en Chile. El trabajo estuvo a cargo de un equipo de especialistas y coordinado por Ignacio Álvarez, académico de la Universidad de Chile, a quién ya hemos entrevistado antes a propósito de su trabajo literario. Pero esta no es una reedición más.

El recorrido editorial de Hijo de ladrón resulta curioso. Se pensaría que a estas alturas debería tratarse de un texto ya fijado, sin embargo, tal cosa no existía y en buena parte debido a que el mismo Manuel Rojas corregía profusamente con cada nueva edición que se hizo de su obra, mientras estuvo vivo. Por ende, cada versión contiene modificaciones importantes respecto a las anteriores, capítulos cortados que se desplazan, variaciones sintácticas que no tienen que ver solo con el texto mismo sino con la visión integral que el autor tenía de cómo debía ser su obra literaria: con su propia poética. Es así como la reedición de Hijo de ladrón por Tajamar de editores en esta versión revisada, contrastada, que tiene la ambición de fijar el texto definitivo y que se da el lujo de rescatar la portada original de Mauricio Amster, no solo es el resultado de un trabajo hermoso e importante, sino que principalmente necesario y motivo de celebración para nosotros los lectores.

Aprovechamos la excusa para preguntarle a Ignacio Álvarez, coordinador y director del equipo a cargo de esta reedición, para acércanos a los pormenores de Hijo de ladrón.

 

¿Cuál es la principal motivación para abordar este trabajo que seguramente fue enorme, debido a la gran cantidad de ediciones que ha tenido en el tiempo Hijo de ladrón?

La idea fue de David Barrera y Diego Leiva, dos estudiantes de Literatura de la Universidad de Chile que sabían del trabajo edición crítica que yo había hecho y que tenían ganas de abordar un proyecto así. Esto ocurrió hace dos años; por el camino se fue sumando más gente. Mi propio interés por la edición crítica viene de los tiempos del doctorado: no había muchas obras chilenas que hubieran sido editadas de una forma rigurosa y cercana al espíritu de la crítica textual. Con mi amigo Hugo Bello, compañero del doctorado, escuchamos mucho a Cedomil Goic, que siempre mencionaba el punto, y a Hernán Loyola, que había editado a Neruda para Galaxia Gutenberg. De esa inquietud surgió la Biblioteca Chilena de la Universidad Alberto Hurtado, y de esa experiencia el trabajo con Hijo de ladrón. Para nosotros, como equipo, esta edición es un producto intermedio. Vamos por la edición crítica y genética, es decir, registrando las variantes.

 

¿Cuál es la última edición publicada en vida de Manuel Rojas de Hijo de Ladrón y cuáles son las diferencias más importantes que hay entre aquella y la que ahora se efectúa bajo el sello Tajamar Editores?

La última edición que se realizó en vida de Rojas es la que Quimantú sacó en 1972. Creemos, sin embargo, que no estuvo muy involucrado en ese trabajo. La última edición en la que Rojas introdujo modificaciones es la de 1961, la que se publicó en sus Obras completas, que casi inmediatamente se convirtieron en Obras reunidas, porque Rojas publicó mucho después de esa fecha. Ese es nuestro texto base, y nuestra edición no presenta muchas modificaciones con respecto a ella. Sí hemos intentado enmendar varios errores que se han ido acumulando en los casi sesenta años de tradición impresa que se han acumulado sobre esa edición.

Nuestro aporte ha sido, fundamentalmente, ofrecer un texto hasta donde es posible con la metodología académica, confiable, depurado de algunos errores que se habían ido transmitiendo de edición en edición. Recuerdo, por ejemplo, un adjetivo clave. Aniceto comenta la sentencia que recibe su padre cuando es encarcelado. Dice, ha dicho en todas nuestras ediciones, que le parecía, a él y a sus hermanos, niños todavía, que los años de esa condena sumaban una cantidad casi cósmica. Revisando las diferentes ediciones, los mecanoscritos, en fin, el material que teníamos a mano, llegamos a la conclusión de que se había metido una errata allí, que el adjetivo era en realida cómica, lo que cambia bastante el sentido del párrafo. Nuestro trabajo tiene que ver con ese tipo y nivel de detalle.

Otra cosa que hicimos fue ofrecer un cuerpo de notas muy liviano, que recolviera para el lector de hoy algunas alusiones que se habían vuelto oscuras. Es un trabajo muy liviano por dos razones: porque no es una edición erudita, en primer lugar, y luego porque la prosa de Rojas no es para nada alusiva y depende muy poco de referencias contextuales específicas.

 

Tengo especial curiosidad por los diálogos, ya que la primera edición de Hijo de ladrón está mucho más cerca de una eventual influencia criollista ¿Cambia de manera importante la forma en que Manuel Rojas afrontó los diálogos y voces de sus personajes entre las primeras versiones hasta la última? Si la respuesta es afirmativa, a qué crees que se deben esos cambios o correcciones del propio Rojas.

Tienes mucha razón con los coqueteos y hasta con el traslapamiento de la estética criollista con el proyecto de Rojas. Mi opinión, sin embargo, es que al iniciar Hijo de ladrón ya se había zanjado ese problema. Se lo plantea, de hecho, en un ensayo de 1930 que se llama “Acerca de la literatura chilena”, y creo que en los cuentos de Travesía, un libro de 1934 de textos publicados a lo largo de la década del 20, todavía es posible verlo. Probablemente Lanchas en la bahía de 1932, haya sido un texto clave para salirse de la órbita del criollismo, aunque haya quedado atrapado todavía en las garras del modernismo. El asunto en que en Hijo de ladrón ya estaba bastante claro para él que la imitación fonética de los modos de hablar de los campesinos o de las clases populares era una cuestión que más bien los denigraba, y no utiliza el recurso en la novela. Él lo piensa como un gesto universalizador, pero creo que también tenía algo de reinvindicación de clase.

 

¿Cuáles fueron las decisiones editoriales y de estilo más difíciles que debieron tomar para fijar un texto como este? ¿Hubo algo peculiar en los diferentes textos que puedas contarnos a manera de anécdota, en cómo variaba el texto?

Hay varias anécdotas como las de cómica/cósmica. Sin embargo, nuestros mayores descubrimientos hasta el momento pertenecen a la historia del texto más que a esta edición. Hay fragmentos a veces muy largos que Rojas decide sacar simplemente. Ahora también sabemos que introdujo modificaciones al comienzo de la historia editorial del libro, y muchas menos al final. Dato curioso, en 1951 no hay una sino dos ediciones del libro, que difieren entre sí. Los cambios tienen que ver con el orden de algunas de las partes y con la “escansión” de los capítulos en diferentes partes. En general estaba preocupado por que su texto alcanzara cierta “densidad” de la experiencia que estaba relacionada con el montaje vanguardista. Los cambios en el orden restablecen alguna inteligibilidad que se hacía difícil cuando el montaje era demasiado denso. Los cambios en la escansión, en la materia narrativa, funcionan en sentido contrario: se hace más difícil seguir la cronología en el nivel “macro”. En el nivel de la redacción, es bien claro que las intervenciones de Rojas, que son muy numerosas, van en el sentido de la claridad. Quiere ser siempre más inteligible. Se esfuerza mucho en ello, y no deja de revisar sus textos desde 1951 hasta 1960, cuando se publica Hijo de ladrón en sus Obras completas. Mi lectura es la siguiente: montaje y claridad de estilo son dos formas complementarias de lo moderno. Por un lado el desarrollo de una lógica propia y exclusiva de la obra de arte.cos Por otro lado la necesidad de hacer que esos objetivos y esos logros sean comprensibles para todos, incluso para el no especialista.

 

 

Extracto de la Conferencia sobre Manuel Rojas en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Gentileza de su autor Ignacio Álvarez.

 

 

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