El sol del Pacífico (Camilo Marks Alonso)

El sol del Pacífico (2018)

Camilo Marks Alonso (1948)

Lumen

ISBN 978-956-8856-77-9

454 páginas

 

El sol del Pacífico es el segundo libro de memorias de Camilo Marks. Si estamos atentos a lo que declara, se trata de una “biografía imaginaria” —parafraseando a Hemingway, según él ha indicado en alguna entrevista—, una reinterpretación de sus recuerdos a través de los remedos que hace su memoria de su propia biografía. El sol del Pacífico sucede a Indemne todos estos años y, como tal, uno esperaría que fuera la continuación de sus primeras memorias: pero no es así.

En esta nueva entrega Camilo Marks Alonso está lejos de retomar el hilo donde lo dejó, principalmente porque su modo de relatar su vida esquiva lo curricular, lo cronológico, y más bien se aviene a los devaneos de su mente, a sus idas y vueltas, a sus enojos, alegrías, rabietas y afectos. En eso, tanto el uno como el otro comparten territorio.

Esta segunda entrega tiene mucho menos de crónica y de anecdotario. Por el contrario, se trata de un libro mucho más divagatorio y es, sin lugar a dudas, muchísimo más chismoso, cosa que, para qué vamos a andar con cuentos, algo de morbo y mucho de entretención produce en el lector, especialmente considerando el humor negro y a ratos derechamente sardónico del autor, ello a pesar de que Camilo Marks ha tenido el buen criterio, casi en la mayoría de los casos, de reservarse los nombres reales de quienes son sus víctimas: los que siendo sus amigos no leen sus libros, los cuentistas que lo acosan ofreciéndole todo tipo de favores con el fin de que los consideren en una eventual antología, los nombre, los reseñe, etc.

Ni José Donoso se salva, de quien rescata una muy entretenida anécdota que vaya a saber uno cuánto tiene de exacta y cuánto tiene de distorsión de la memoria. En ella relata el primer encuentro entre ambos, poco tiempo después que el crítico literario hubiese reseñado, no muy favorablemente, la última publicación de José Donoso. El frío apretón de manos. Las palabras cortantes. El hecho de que Donoso creyera que el apellido de Marks era un seudónimo, demasiado extranjero para un chileno promedio. Lo que decía del propio Donoso tal suposición.

“En consecuencia, pensé que nos íbamos a aburrir. Sin embargo, nada parecido sucedió, porque enseguida quiso saber qué pensaba yo de este, ese y aquel escritor o escritora y, por precaución, le di respuestas moderadas. Pepe, por el contrario, los descueró a todos sin piedad, afirmó que la Nueva Narrativa Chilena, entonces en boga, iba a desvanecerse en un suspiro, que nadie se acordaría de nadie en poco tiempo más y que creía que ni siquiera a él se le continuaría leyendo” (página 196)

El sol del Pacífico es también un libro mucho menos apegado a los eventos nacionales que el anterior, mucho más íntimo, menos reservado. Si en Indemne todos estos años Marks brillaba cuando trasuntaba su labor de abogado de derechos humanos durante la dictadura, asumiendo una función mucho más grande que sus fuerzas, y en ese reconocimiento de su debilidad ante el aparato estatal de represión su figura se engrandecía a partir de sus escasas posibilidades de realmente contribuir a mejorar las cosas, en este libro, y de forma análoga, vuelve a crecer como figura cuando más se empequeñece, cuando desnuda sus limitaciones, inseguridades y miedos. En El sol del Pacífico ello ocurre cuando trata sobre sus relaciones afectivas: la familia, los amores sentimentales y los amores fraternales.

En esos casos Marks se despoja de sus barreras, consigue mostrar sus fisuras, sus temores, sus muchas dudas, y es justamente ahí cuando, a través de una fragilidad nada fingida, una sensibilidad no buscada sino que simplemente ocurrida, las páginas de este libro vibran en una tesitura que reúne una gran cuota de belleza y humanidad. Marks crece cuando el relato de su vida toma un cariz pequeño, doméstico, cuando se permite abandonarse a su propia sensibilidad, a sus dudas e inseguridades. En esos momentos el Camilo Marks personaje público se desmorona y deja paso simplemente al hombre con sus miedos, errores, mañas, alegrías y afectos. Deja de mirarse con los ojos de otro.

“No soy la imagen que, en las mentes de otras personas, recurre una y otra vez. No merezco que me castiguen por la circunstancia de ser un poco, un poquito conocido. Sobre mis hombros pesa una carga muy onerosa, la de trabajar a veces de modo obsesivo y la diminuta ambición de haberme convertido en el hombre que he llegado a ser, entre otras cosas, porque existe un escritor que lleva el mismo nombre mío” (página 292)

Este es un libro de memorias engañoso: no pretende abordar ninguna biografía como tal, sino que simplemente se vale de ella para conducir al lector hacia un lugar donde la simple humanidad todavía detenta un valor superior. Acá el recuerdo de una madre, de un hermano, de un puñado de amigos que simplemente hace bien en la vida se entremezcla con películas, operas, caminatas en Brasil, casas con vistas hermosas, libros y sus escritores, escritores y sus peticiones interminables, todo siempre bajo el humor cáustico del que Camilo Marks hace gala, todo lo que hace de esta segunda entrega de sus memorias un muy buen volumen con momentos de belleza ingenua y sencilla.

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