Hay un mundo en otra parte (Gonzalo Maier)

Hay un mundo en otra parte

Gonzalo Maier (1981)

Literatura Random House

ISBN 9789569766671

Páginas 110

 

Hay un mundo en otra parte es un libro presentado por la editorial como un volumen de cuentos pero, salvo alguna excepción, se trata de una serie de escritos que contienen más bien digresiones del autor sobre temas diversos en los que profundiza en distinto grado.

Se trata de ocho escritos en los que el autor vierte sobre el papel los pensamientos más disímiles y pedestres que pasan por su cabeza. Esto no es una novedad en la obra de Gonzalo Maier, quien en publicaciones anteriores ya ha dejado muy en claro que lo suyo no son las historias sino que las palabras, las listas, las largas enumeraciones sobre los asuntos cotidianos y menores. Que lo suyo no es la construcción, sino que el dejarse llevar por la digresión, como una especie de devaneo que va directo de la cabeza al papel, en un aparente acto libre.

«El final de la frase anterior es horrendo porque siempre he defendido las digresiones y el arte de perder el hilo, de irse por la tangente a lugares hermosos (…)» (págs. 63, 64)

Visto así, es un libro que no solo exhibe su propia poética, sino que además es un discurso sobre esa misma poética.

Por ejemplo, en «Un año más o menos largo» el autor comienza relatando su vuelta a Santiago, a un departamento de la comuna de Ñuñoa. Una de sus ventanas da hacia el patio vecino donde hay un gallinero, hecho que le resulta sumamente curioso al punto de abarcar todo el relato: cada una de las frases anotadas o pensamientos registrados a partir de ese descubrimiento giran en torno al gallinero y tienden a fugarse, inevitablemente, hacia su forma de entender la literatura, cuando llega a elucubrar acerca de las posibilidades de que un gallinero en medio de la ciudad siga siendo lo que era situado en el campo, y lo que pasa con la literatura cuando se modifican sus soportes:

«Con la literatura sucede otra cosa. Da igual el medio en que se escriba porque el resultado es el mismo: literatura, ni modo. Una palabra seguida de otra» (página 26)

Más tarde, en «Cuaderno adversativo» el ejercicio se vuelve aún más evidente, cuando toda forma de tiempo, todo transcurso o sistema cronológico desaparece para constituirse simplemente en anotaciones de un par de líneas que contienen un elemento que contradice la afirmación de la frase inicial:

«Cuando chico quería ser pintor porque pensaba que los artistas vivían en estudios grandes, bien iluminados, rodeados de manchas de colores y mujeres en pelotas, pero me hice escritor porque me pareció más fácil» (página 55)

Y el extremo de este mismo ejercicio:

«Hoy no tengo nada que decir, pero estoy aquí porque los libros no se escriben solos» (página 61)

Más tarde adopta otro pie forzado, que es el de escribir veinte líneas diarias. Por supuesto, dado que lo que importa es la consecución del objetivo, el lector se encontrará con la lucha diaria del autor para completar como sea esa meta:

«A falta de imaginación, pero decidido a no romper este ejercicio, acá va lo que como durante el día: un café (los granos —60% daterra y 40% yukro, leo en el paquete— los muelo yo mismo, todavía con los ojos medio cerrados), dos huevos revueltos a la ingresa (o, al menos, esa denominación de origen le daba Nigella en la tele: se baten los huevos en un pote , se les hecha un poco de (…)» (página 85)

Gonzalo Maier enfrenta al lector a una discusión con el texto, sobre la dificultad de catalogar qué es lo que tiene entre manos, si es un cuento, si es literatura incluso, o si es otra cosa; como si el mundo de la literatura contemporánea su hubiese dividido entre aquellos que se decantaron por las historias, y por aquellos que lo hicieron por las digresiones, o dicho de otro modo, como si la discusión fuera confrontar a 2666 de Bolaño con La novela luminosa de Mario Levrero, como dos formas irreconciliables de entender la literatura, una con su épica y otra con su carencia absoluta de esta. Maier se decanta en forma rotunda por esta última y con ello se adscribe a los intentos de hacer una narrativa sin narrativa, tan propios de la posmodernidad, que ha declarado la muerte de los grandes relatos del hombre, las grandes gestas, dejándonos nada más que con la ausencia absoluta de ellos o la construcción en base a pequeños relatos, nimiedades cotidianas, donde el hombre nada influye en la historia de la humanidad y que nos ha llevado a concebir o a convertirnos en espectadores de obras que parecen irreconciliables con nuestros conceptos tradicionales de música, literatura o arte en general, pero que, además de ser una punta de lanza, poseen el gran lastre de ser obras que no pueden repetirse, que se agotan en sí mismas, puesto que más que una construcción de la que asombrarse, parecen un artilugio que presenciar una única vez.

El ejemplo paradigmático bien puede ser esta obra famosa de John Cage:

 

 

En suma, Hay un mundo en otra parte de Gonzalo Maier permite ser leído principalmente como la construcción de un discurso sobre su mismo discurso, sobre el final de los relatos, del fin del hombre como ente principal del Relato Histórico, entendido este como decurso de la humanidad. Sin embargo, en estos momentos cuesta acomodarse a ese discurso que ha puesto, hace tantos años, al hombre como individuo fuera de su propia historia, dado que han sobrevenido acontecimientos que parecen revestir el carácter de mundiales: las oleadas migratorias, una escalada de tensión bélica entre potencias mundiales, la masificación del feminismo y con ello, la traslación de los centros de poder, el fracaso de la promesa basal del capitalismo, etc. Digamos que Hay un mundo en otra parte vale por la discusión que con su silencio plantea, porque como diría Jean Paul Sartre, hasta nuestros silencios son estruendosos, o con sus palabras: “No hablar es hablar. Callarse es gritar”.

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