¿Cuánto tiempo viven los perros? (Amanda Teillery)

¿Cuánto tiempo viven los perros?

Amanda Teillery (1995)

Emecé cruz del sur

ISBN 978-956-9956-10-2

146 páginas

 

¿Cuánto tiempo viven los perros?  es la primera publicación de Amanda Teillery, joven escritora al momento de la escritura y lanzamiento de este conjunto relatos. Es probablemente por ello que la mayoría de estos cuentos se asientan en un mundo juvenil y contienen una mirada desconfiada de los adultos, mostrando una especie de fracaso de los mayores en sus decisiones y maneras de confrontar el mundo.

«Últimamente, Osvaldo se ha estado admitiendo a sí mismo que Macarena no es tan linda como él quería creer. Si la miras rápidamente, es una adolescente más o menos atractiva, con su figura muy delgada y atlética (…). Además tiene el pelo —que originalmente era castaño oscuro— teñido de rubio brillante y la piel naturalmente tostada. Pero si Osvaldo observaba bien, tenía la nariz prominentemente aguileña, los labios demasiados delgados y las cejas gruesas y espesas. Sus amigas eran mucho más afortunadas genéticamente que ella, con la nariz fina y los ojos azules, el pelo claro y las piernas largas (…). Todos quieren creer que sus hijos están mágicamente por sobre el promedio» (página 26)

 

Se trata de nueve relatos que parecen responder a una serie de pulsiones similares en su origen, lo que produce un efecto de coherencia entre ellos. En «¿Cuánto viven los perros?», cuento que da título al conjunto y posiblemente el mejor logrado de todos, la búsqueda de una mascota perdida esconde una historia familiar donde subyace la idea de cosas que no permanecen, de una cierta inestabilidad familiar, de la imposibilidad de componer un todo armónico, y de algo que se oculta tras esa búsqueda; una pequeña historia que corre a la par del relato, disimulándose elegantemente.

«Conocer gente es fácil» es una pequeña historia sobre el arribismo de Osvaldo y de su esposa, de cómo este se traspasa a la hija común y cuáles son sus aspiraciones materiales en la vida, además de contener una venganza respecto a ese mismo materialismo. Ese mismo arribismo es tratado lateralmente en «Nunca más vamos a hablar de esto», que es la escena de la confesión de una violación juvenil y del cómo la familia de la afectada prefirió esconder lo sucedido, por las conveniencias sociales. En «Pokemón» se reitera el tema de la violación, en este caso inminente, a la que se exponen Trinidad, María Jesús e Isabel, tres adolescentes que andan por los trece años y que, en lugar de entrar a la fiesta del colegio privado al que asisten, se marchan en el auto de unos desconocidos que las invitan a irse de fiesta a otro lugar.

«Como los adultos», y «Teléfono» son relatos donde lo que prima es la inversión de los roles, donde el adulto que resguarda al menor, o a la más joven y supuestamente inexperta, es la persona que requiere protección y cuidado. «Hazte hombre» apunta a un lugar similar, con la variante de que es el adulto que es incapaz de asumir su rol de cuidado de un grupo de menores, quien los enfrenta a una situación para la que no todos estaban preparados: una casa de prostitución para obligatoriamente escoger una y acostarse.

«En Vacaciones de septiembre» un grupo de jóvenes, de camino de vuelta de la playa, recuerdan y se mofan de un hombre adulto que se ha suicidado, porque antes se unió a su grupo, los acompañó a una disco e intentó comportarse como el joven que alguna vez fue.

«Marina y yo» es el relato de una muchacha que comienza a enamorarse de una mujer, de la extrañeza que le produce esa situación y el atractivo que Marina provoca en ella y, nuevamente, de la incapacidad de los adultos de entender los cambios y latencias que la vida provoca en la joven protagonista.

Hay varios factores comunes en estos relatos. Sus personajes son los hijos de una clase acomodada, con sus problemas económicos resueltos o derechamente sin ellos. O dicho de otro modo, son la minoría privilegiada de Chile. Esta clase social es mirada y tratada con una alta cuota de desprecio, ya sea por sus pretensiones, por su inútil vanidad, por la nulidad de sus valores y por su supuesta moralidad acomodaticia. Esto que podría ser un punto de vista interesante, pronto comienza a volverse un problema, ya que más allá del discurso que construyen estos relatos sobre cierto espectro social chileno, la acumulación hace manifiesta la falta de profundidad en el desarrollo de esos mismos caracteres sin dobleces, como si las personalidades de estas personas acomodadas fueran necesariamente todas intercambiables entre sí, sin particularidad alguna más que el puñado de defectos que se les podría atribuir de forma genérica por el hecho de tener una buena vida en lo material. Es muy cierto que resulta tentador despachar a toda una clase social con algún comentario globalizante sobre sus defectos y eventuales virtudes, pero no es menos cierto que si son puestos en relieve como objeto literario es por sus posibilidades y particularidades, por lo que en ellos hay de especial —aun cuando se recoja precisamente lo negativo de sus particularidades— y no solo por lo que se puede tomar al voleo.

El otro rasgo común, bien trabajado en este caso, es algo que ¿Cuánto tiempo viven los perros? comparte con alguna literatura nacional: en ella son los adultos los que fallan una y otra vez, los que resultan incapaces para adaptarse a las necesidades y complejidades de los jóvenes. Son padres divorciados porque carecen de capacidad de relacionarse afectivamente, son madres inhábiles para asumir su papel frente a sus hijos, son papás que existen más bien por su ausencia y que son inútiles incluso para asumir un rol tradicional de proveedor. El mundo de estos relatos está conformado por adultos que se han alejado de esos roles «clásicos» y que se quedaron con ninguno; atrapados en una inmovilidad psicológica, en una falta de madurez intelectual y moral, que no dan ninguna estabilidad a los más jóvenes y a los niños. No son tanto adultos sino más bien niños crecidos que siguen intentando aprender algo y que parecieran tener muy poca experiencia que traspasar y mucho menos seguridad que proporcionar. Este punto resulta sumamente interesante y probablemente sea lo más destacado del libro, como relato común a una generación nacida después de mil novecientos noventa.

“Después me llevaron a una psicóloga que me daba remedios y cambiaba las palabras y trataba de confundirme, como cambiar mis recuerdos. Mis papás nunca hablaron de este tema frente a mí, pero escuché varias conversaciones a escondidas. Mi papá les pagó mucha plata a varios diarios para que no contaran nada de aquello. Hizo varias cosas de ese tipo para que lo que pasó no se supiera. (…) nunca han vuelto a hablar de lo que pasó. Hacen como si nada. Creo que piensan que ya no me acuerdo. Pero… sí, sí me acuerdo” (página 111)

Hay algunos ripios en la escritura que bien pudieron ser pulidos por un lector más atento en el proceso de corrección, como la insistencia en llamar «adolescentes» a jóvenes que incluso han superado los dieciocho años, o a calificar reiterativamente como «extrañas» a ciertas situaciones o cosas, lo que denota más bien un fracaso en la búsqueda de la imagen querida; por ejemplo, “puso una cara muy extraña” (página 19) “sus ojos se achinaban de una extraña manera” (página 30) “le producía una extraña ternura” (página 31), “junto a varias botellas de extraños y llamativos colores” (página  38), “de pronto tuve la extraña sensación de que mi corazón…” (página 133).

Como decía al inicio, se trata de una primera publicación y como tal vale más como anuncio de las posibilidades de esta escritora, de una nueva voz, que como un proyecto narrativo ya definido. Sería una torpeza esperar tal cosa en un momento tan inicial. Amanda Teillery demuestra tener muy claro su interés por examinar las historias íntimas de sus personajes, por ahondar en las relaciones sociales que los vinculan y separan, en cómo afecta el entorno socioeconómico en sus decisiones y moralidad, y en cómo los adultos se vuelven incapaces de asumir roles frente a hijos que están siendo educados o apenas condicionados por un manojo de valores poco estables y no muy definidos, sean o no correctos. Es en ese mundo ambiguo donde vemos que se repiten sus inquietudes, dicho esto ya sea como patrón de claridad en la construcción de su discurso o como leitmotiv, y que como terreno puede ser muy útil para levantar un mundo literario. Cabe confiar en que profundice en esas mismas inquietudes, para que sus personajes cobren cada vez mayor espesor y niveles, ya que hasta el día de hoy no parece haber una voz que se haya apropiado del lugar en el que Amanda Teillery da muestras de querer asentarse.

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