El infierno (Luz Arce)

El infierno (2017)

Luz Arce (1948)

Tajamar editores

ISBN 978-956-366-007-4

479 páginas

 

El infierno de Luz Arce es un libro testimonial lanzado por primera vez en el año 1993, en un momento en que nuestra democracia aún no se había asentado siquiera con firmeza. Es tal vez por eso no es posible pesquisar hoy exactamente qué recepción tuvo en esos años. Quizás simplemente, por problemática respecto al momento, se la pasó por alto, soslayándose su importancia.

Luz Arce fue, hasta el golpe de estado, una activa militante de la izquierda chilena, llegando incluso a formar parte del GAP (Grupo de Amigos Personales del presidente); estructura de seguridad de Salvador Allende. Fue detenida por la DINA en marzo del año 1974 portando una cédula de identidad falsa y  llevada a un centro de detención y tortura ubicado en Londres 38, antes sede del Partido Socialista y en ese momento reconvertido en el cuartel Yucatán. Desde ese momento comienza a vivir el cambio sufrido por Chile, y a presenciar cómo los órganos de represión y tortura de la dictadura se ensañaban y masacraban las antiguas organizaciones de izquierda para eliminar el «cáncer marxista» de nuestra sociedad.

«Me llamo Luz Arce. Me ha costado mucho recuperar este nombre. Existe sobre mí una suerte de leyenda negra, una historia imprecisa, elaborada al tenor de una realidad de horror, humillación y violencia. (…) No estoy hablando de justicia o injusticia. Ni siquiera de perdón. He dicho que pido perdón, pero no lo espero. Sí confío que en el fondo de cada ser, más allá de las cuestiones personales, hay un lugar donde radica la verdad. Confío en la responsabilidad de cada uno para enfrentar la propia historia” página 15.

Luz Arce fue detenida, golpeada, humillada, torturada y repetidamente violada por grupos de soldados. Una vez fue destruida como persona y de haber pasado por una serie de centros de detención donde esta historia cruenta se iba reiterando con regularidad (cuartel Yucatán, Villa Grimaldi, Terranova, Tejas Verdes, etc.), después, incluso, de que la soltaran solo para volver a detenerla, de que le dispararan en un pie y pensara que iba a morir en infinidad de ocasiones (o de que deseara morir, para detener el dolor de las constantes torturas), de que la enfrentaran al hecho de que su hermano también había sido detenido y estaba siendo torturado como ella y de la posibilidad de que le hicieran algo a su hijo pequeño Luz Arce decidió, en una elección que muy poco pudo haber tenido de voluntaria, comenzar a colaborar con la DINA. Fue así como empezó a dar nombres de gente de izquierda, intentando primero de hacerlo con gente que suponía fuera del país y con personas alejadas de las cúpulas, convencida de que si el eventual detenido tenía poco o nada que ver con las organizaciones de izquierda serían prontamente soltados. Muy pronto comenzaron a sacarla a la calle a «porotear», que no era más que reconocer a personas en las detenciones que se hacían ya fuera en las calles o entrando a las casas.

En su recorrido por el infierno que fue Chile en esos años, tuvo el horripilante honor de conocer e interactuar con insignes torturadores: Osvaldo Romo, Manuel Contreras, Ricardo Lawrence, Basclay Zapata, Krassnoff Martchenko, Moren Brito.

Ya en mayo de 1975 había pasado tanto tiempo detenida (y, cosa extraña, todavía vivía), había colaborado tanto con la DINA, estaba incluso condenada a muerte por el MIR que ella, junto a otras dos también tristemente famosas detenidas (la Flaca Alejandra, la Carola), fueron reconvertidas en agentes de la DINA.

«El coronel Contreras me comunicó que desde ese momento pasaba a ser funcionaria de la DINA. Agregó que era para mi seguridad, ya que el MIR nos había condenado a muerte a las tres y que viviríamos en un departamento cerca de ahí, donde Alejandra, María Alicia y yo estaríamos cómodas y bien cuidadas, porque quedaba ubicado frente a la guardia que el Cuartel General tenía por Marcoleta» página 288.

Y, sin embargo, hay un momento de la narración, un momento que es imposible determinar con claridad cuándo ocurre, en que su colaboración bajo el miedo y la tortura parece transformarse en otra cosa, como si su compromiso intelectual, sus reservas morales hubiesen también sido rotas y transformadas. Porque no bastando con lo anterior, e incluso antes de ser convertida en funcionaria de la DINA, se involucró en una relación con Rolf Wenderoth —fue su amante, sería más preciso decir, dado que él era un hombre casado— y desde ahí obtuvo una esfera de protección ante los demás militares que seguían sacándole en cara su carácter de detenida, a pesar de que ya era una colaboradora, habiendo cambiado manifiestamente de bando.

Es una historia sumamente compleja que sigue avanzando de esta manera contradictoria, en que la antigua militante de izquierda que ha pasado a ser parte del organismo de represión y tortura va dando cuenta de a quiénes denunció, a cuántos vio que fueron apresados, a cuántos reconoció fueran o no detenidos por su intermediación, del paso por los distintos centros de tortura, de cuántos jamás se volvió a conocer su paradero, sin que ella hiciera o pudiera hacer nada por ayudarlos. Finalmente, y con el tiempo, una vez la marea política de acontecimientos en Chile otra vez vuelve a cambiar, logra que acepten su renuncia de la DINA reconvertida ya en la CNI. Más tarde se acercará a la iglesia católica, de la que nunca fue parte, hará un viaje espiritual con el que buscará su propia expiación a través del perdón de este ser divino que no le exige nada más que arrepentimiento y hará su penitencia religiosa ayudando de forma muy activa en cuanta causa de Derechos Humanos se abrió e investigó, especialmente en la primera época del retorno a la democracia, permitiendo que aquellos mismos que fueron sus jefatura, su amante, sus superiores y en muchas ocasiones sus protectores, fueran enjuiciados y eventualmente procesados.

«Llorando, abrí las ventanas del departamento y también las de mi alma. No tenía sentido haber sobrevivido si no lograba intentar sanar. El olvido no existe.» Página 420.

El infierno de Luz Arce es un libro esencial dentro de la historia viva de Chile, de uno de sus capítulos más negros. Es, a la vez, un testimonio, un discurso que pretende construir una forma del pasado, su forma personal de «verdad» sobre lo ocurrido, un ejercicio que es el de constricción religiosa, de penitencia de un pecador que «ha encontrado a Dios» y que, desde la monstruosidad de las circunstancias y de sus propios actos —de cuantos murieron o fueron torturados por su delación y actividades— busca la penitencia. Porque, sin dudas, Luz Arce jamás obtendrá el perdón de todas las víctimas; la historia jamás podrá limpiar el nombre de quien hizo tres cambios  de bando con el fluir de los momentos políticos chilenos, y que fue responsable indirecta de la muerte y desaparición de tanta gente. Y es ante esa imposibilidad que provoca lo horroroso, de la sensación de culpa, de una expiación que no puede provenir de las víctimas —porque muchas de ellas están muertas— es que nace un libro y testimonio como este, deformado por la memoria, por el dolor que tanto ella como otros sufrieron, por la imposibilidad de contarlo realmente todo, porque Luz Arce también fue, aunque sea imposible saber cuánto o hasta cuándo, una víctima de la dictadura a la par que victimaria.

El infierno es un libro durísimo de leer, doloroso, terrible. Tal vez muchos ante el horror sean incapaces de recorrer sus páginas hasta el final. Pero en sus contradicciones, en sus blanqueos, en sus zonas oscuras, en su deformidad y en su anomalía posee una forma de verdad necesaria para esclarecer qué fue lo que nos ocurrió, cómo transcurrió nuestra historia. Es un rescate editorial que permite mantener viva la memoria, importante a tal punto que parece una obligación ser visibilizado. Lo único que se extraña en esta reedición es el trabajo de actualización del estado de los procesos judiciales de los torturadores involucrados, dado que al momento en que Luz Arce escribió y publicó este testimonio la mayoría estaba recién enfrentando la justicia y cada esfuerzo en tribunales parece una batalla perdida, sin embargo, a pesar de que más de alguno ha zafado o ha obtenido penas que pueden no parecer resarcir a las víctimas, buena parte de la cúpula de la DINA ha caído, enfrentando sucesivas condenas que cambian el destino de los esfuerzos de tantas personas que colaboraron con el esclarecimiento y consecución de justicia. Entre ellas, y otra vez la contradicción evidente, también estuvo Luz Arce.

 

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