Juegos florales (Vladimir Rivera Órdenes)

Juegos florales (2017)

Vladimir Rivera Órdenes (1973)

Emecé (ed. Planeta)

ISBN 978-956-360-388-0

200 páginas

 

Juegos Florales es la más reciente novela de Vladimir Rivera Órdenes, autor también de Qué sabe Peter Holder de amor (editorial Chancacazo, año 2012). Juegos florales transcurre en Parral y tiene como principal escenario la Escuela N° 14 República de Cracovia, colegio que además posee régimen de internado. Su protagonista es Vladimir, un joven colegial que es presentado en medio de un episodio que definirá el tenor del libro: Vladimir despierta perdido o desorientado en un gran dormitorio de la Escuela República de Cracovia, junto a otro muchacho que le habla con total familiaridad. Más tarde sabrá que se llama Recaredo a quien luego se irá encontrando persistentemente, confundiendo en su mente si se trata de alguien real o imaginario. Y su desorientación irá cundiendo.

Vladimir es un gran lector, tanto como su amigo Roberto, o como el mismo Recaredo, quien siempre parece ir hurtándole sus ideas, sus propios pensamientos. Todos parecen tener una constante pugna por decidir quién de ellos es la siguiente promesa de la poesía parralina, poblado lleno de una historia de poetas. Pero esta que, en un primero momento, aparenta ser otra novela sobre jóvenes que sueñan con ser escritores, otra novela de aprendizaje y literatura, comienza a machacar con insistencia sobre una misma tecla, y es el desconcierto de Vladimir, sus idas al médico para entender qué le ha pasado a su memoria y cómo va viviendo y creciendo desde esa limitación, sin jamás dejar de lado su afán de convertirse en un poeta.

“Y pensó en una frase muy sabia de Ray Loriga: «La memoria es como un perro, le tiras un hueso y te trae cualquier cosa». Qué tipo ese Loriga. Los recovecos de la mente: la memoria, el recuerdo, borrar recuerdos, agregar recuerdos, suplantar hechos y personalidades; quitar vida, agregar vidas. Sí, la mente como género literario, porque en sí misma la mente es literatura, como en el caso de los «lectomutantes»” (pág. 161)

Es así como esta novela de crecimiento, un bildungsroman si se quiere, posee este mecanismo de una memoria estropeada e insuficiente que quiebra el relato, que lo lleva a un punto sin retorno donde el protagonista mismo está fracturado por su imposibilidad intelectual, provocando que aquel desarrollo pretendido en cualquier novela de aprendizaje acá no se produzca más que en el mundo de la poesía. Es, como artefacto, una ruptura ingeniosa de un sistema más bien normado en este tipo de novelas y, al mismo tiempo, es el relato paralelo de la imposibilidad de asentarse en un mundo deseado, de crecer más allá de la niñez, el fracaso en una intención de avanzar, y de cómo el mundo alrededor de Vladimir se cierra y lo constriñe, en parte para protegerlo, pero al mismo tiempo cercenando sus posibilidades.

La forma misma en que está narrada la historia aprisiona el relato, ya que limita el punto de vista del narrador casi a la misma información que el protagonista logra captar —y luego perder—. Así, el relato se va autocercenando, sin existir realmente un progreso en su protagonista, sino que siempre una imposibilidad. Provoca también que los Juegos florales, el concurso literario que se repite anualmente y al que los jóvenes aspiran, sea también una suerte de espejeo, en su reiteración, así como la obligación de Vladimir de repetirse en el curso al que va, y por ende, de leer año tras año los mismos libros que recuerda y olvida, en un ciclo que no llega a hacerse angustioso, porque por la condición del protagonista este se torna desprendido de emociones, o más bien, produce su falta de apego con su contexto.

“Un día le preguntó a su mamá por qué los demás niños se iban, menos él. La señora Mercedes no supo qué responder.” (pág. 191)

Hasta el mismo Vladimir se convierte en una historia repetida; en la de su abuela Luisa, que muere también afectada por algo que podría ser una trombosis que la lleva a perder la memoria y a no repetir mucho más que el nombre de una bebida de fantasía, la misma que nombra el pequeño Vladimir cuando nada más que esa palabra se queda en su memoria, cuando esta finalmente se ha agotado, y esa jugarreta del cerebro se ha convertido en poesía.

Se trata, en suma, de una novela ambiciosa que desde el molde de una novela de aprendizaje produce un quiebre y un desacomodo de la realidad, en la que Vladimir se cree el hijo imposible de Vicente Huidibro, y en el que su hermano no es más que un fantasma olvidado, y que lleva su crecimiento hacia un derrotero fallido. Es en ese gesto donde esta novela se asienta, en ese desacomodo y en esa imposibilidad, y como tal, en la entrega parcializada y hasta poco fiable que hace su narrador del relato, contaminado del punto de vista ineficaz de Vladimir. Es, desde esas mismas reglas y contornos difusos que se autoimpone es que logra sostenerse y triunfar en su construcción.

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