La vida secreta de los números (Vladimir Rivera y Ales Villegas)

La vida secreta de los números Vladimir Rivera

La vida secreta de los números (2017)

Vladimir Rivera (Ilustrador: Ales Villegas)

Por: Sara Bertrand

La historia que narra La vida secreta de los números comienza con una premisa: a Valentina le gusta enumerar. Podríamos estirar las cosas y decir que es adicta a hacer listas, pero lo concreto es que Valentina cuenta pasos, marcas en el piso, segundos en el reloj. Ella cuenta. ¿Qué sucede con los números que la cautivan tanto? Lo descubrimos a medida que avanzamos en el relato, porque La vida secreta de los números vida es un cuento de iniciación. No como los que conocemos habitualmente, aquellos en que el protagonista (un niño, niña) sorteando un montón de obstáculos, logra destruir al monstruo de tres cabezas, que amenaza con aniquilar la faz de la Tierra, para volver a casa convertido en otro, como los perros cuando salen de la caja y por más que la mamá perra los lleve de vuelta, ellos vuelven a salir, irremediablemente.

No es ese tipo de iniciación el que cuenta La vida secreta de los números.

La iniciación de Valentina es la rebeldía que manifiesta cada niño/niña que descubre algo. Porque no crecemos de un día para otro. Crecemos a medida que descubrimos el secreto de las cosas. Como cuando nos enteramos que existe el universo, lleno de estrellas y hoyos negros, que las estrellas, por mucho que brillen, están muertas hace miles de millones de años. Ese espacio gigantesco nos avisa que existe algo allá afuera que nos trasciende y, claro, nos asusta también. Uno no crece a punta de alegrías, también hay momentos de terror, sentirnos atrapados en una cuenta infinita.

Asimismo, descubrimos todo tipo de cosas: que hay semillas que parecen perlas y que sabemos que no son perlas porque si las aplastamos, sale jugo. O que las cosas cambian debajo del agua. O que existen diferentes maneras de tejer, de saltar, correr, reír. Que podemos construir un mundo de papel o cartón. Así descubre Valentina que los números tienen vida propia, que, si comenzamos a contar, podemos llegar al infinito. Que no se puede volver a casa en un minuto.

Valentina ha puesto los ojos allá afuera. Esa es la historia de La vida secreta de los números: que el mundo es gigantesco; que las calles y los edificios son tan distintos unos de otro, que podemos conocer sus nombres y numeración, hacer todos los días el mismo camino a casa y cada vez será diferente. Que hay luces y sombras, que hay formas de mirar peces, conejos, pájaros. Que todo es lo mismo y nunca es igual.

La vida secreta de los números nos dice que para crecer hay que disponerse a mirar. Que para crecer hay que ser valiente: no todo lo que vemos nos gusta. Hay cosas que dan miedo, que nos producen unas intensas ganas de volver a casa.

Hay algo entrañable en la dupla Rivera Villegas y es esa elegante observación de la infancia. Digo elegante porque es sutil, delicada, porque ahí donde las palabras se detienen, la imagen se expande, ahí donde el dibujo exagera, las palabras ordenan. Pabla y Borja, sus hijos, son niños afortunados, sus padres no solo han querido donarles historias que los acompañen a crecer, también, pueden estar seguro de ello, se han tomado la infancia en serio.

Saben que crecer no es cosa de niños, que existe el miedo a la oscuridad, a la noche, que existe consuelo en las historias narradas antes de acostarse.

Conocí el trabajo de esta dupla gracias al maravilloso libro El gato que ilumina, una historia sobre miedo, abandono, sombras, noche. En esta nueva entrega La vida secreta de los números logran esa misma potencia, un lenguaje que mezcla lo real y onírico gracias, precisamente, a ese juego perfecto entre imagen y palabra. No siempre los libros ilustrados resultan delicados, no siempre producen ese efecto hipnotizante. En el juego que proponen Ales y Vald se complementa el lenguaje escritural y gráfico de tal manera que el efecto del libro se amplifica. Las imágenes de Villegas nos aseguran que existe un universo más grande que lo aparente, que la ciudad de Santiago, sus edificios y casas, un escenario perfecto para la fantasía, que un edificio puede ser una pecera. Hay en sus imágenes una ciudad que contiene, que refuerza la narración de Rivera. Sus palabras, justas, delicadas, apelan a las preguntas, a los vacíos, a la sorprendente forma de mirar que tienen los niños y nos recuerdan la contención que es capaz de generar la literatura. Su poder ordenador. Como ese abrazo de la mamá en una noche de lluvia, como esa canción que nos adormece.

Rivera convoca un mundo de imágenes, Villegas las explora con maestría. Debemos agradecerles por su mirada, por haberse animado a mostrar lo que ocurre dentro de esta familia.

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