Christiano: “Es fácil encontrarse con gente en redes sociales que confunde cómics y memes”

Por: Denisse Valdenegro Durán

Christian Gutiérrez, más conocido como Christiano, es un incansable historietista sanmiguelino. Comenzó a publicar su trabajo a fines de los años 80 en la revista Barrio Sur, y actualmente publica en la nueva revista Chuflai. Ha sido ilustrador o portadista para la editorial La Calabaza del Diablo. Sus tiras cómicas han sido publicadas tanto en medios oficiales como La Nación hasta en medios como The Clinic (con el colectivo La Momia Roja), y en diversas revistas chilenas y extranjeras durante los últimos 30 años, por mencionar un par de cosas. En la siguiente entrevista nos enfocaremos más en los libros que ha publicado como autor, dado el carácter prácticamente inabarcable de sus otras publicaciones.

Luego de leer Christianología (La Calabaza del Diablo, 2012), pensé que hiciste un buen uso del humor gráfico: no lo limitaste a la caricatura del político, también usaste fotografías y montajes, por ejemplo. Esta forma se aleja, de cierto modo, del humor gráfico político tradicional (desde Hervi hasta Malaimagen). ¿Por qué decidiste trabajar tus chistes así?

No sé si sea muy nuevo dentro del espectro humor político el hacer fotomontajes, pero sí: tengo el pulso de experimentar gráficamente y darle una vueltecita mayor a la visualidad, asunto que a veces no importa mucho en los receptores de tal o cuál chiste bueno, en algunos dibujantes tampoco, ya que, en ciertos casos, lo gráfico es un mero acompañante del contenido que quieren mostrar. Creo que el dibujo sí importa, lo que no quiere decir que todos tengamos que ser Andrew Loomis en cada viñeta satírica.

En la entrevista introductoria del libro del Pato Lliro te muestras entusiasta con respecto al género del humor político. ¿Sigue siendo tan fascinante para ti? ¿Qué te ha parecido la evolución de este género –si es que la ha habido– entre que publicaste “Christianología” y hoy?

Mi interés ahora con el formato es como público, como lector. La factura, la realización de piezas de humor político me aburrieron un tanto (por un proceso personal, y porque yo empecé dibujando cómic de largo aliento, y hace rato estaba prácticamente abducido por el humor coyuntural, las piezas de tiempos gráficos mínimos). El humor político que usa la imagen y semejanza de los políticos de turno hace el mismo chiste hace cien años, y no creo sea culpa de los dibujantes implicados, sino simplemente es que el mundo no ha cambiado nada y los estereotipos del milico golpista, el cura cómplice o pedófilo, o el banquero sátrapa vestido con sombrero de copas siguen haciendo de las suyas… Afortunadamente, el humor gráfico puede ser mucho más que eso, puede haber temas más específicos abordados de forma sincera… Como te decía, yo quería volver al cómic largo y es lo que estoy haciendo ahora, por supuesto que eso es mucho menos popular que un chiste de Piñera o Bachelet.

El año en que salió “Christianología” aún no explotaba la cultura de los memes, aún no se usaban para comunicar –casi– todo. Últimamente, es fácil encontrarse con gente en redes sociales que confunde cómics y memes, sobre todo con aquellos que incluyen fotografías y montajes. ¿Cuál es tu punto de vista, como humorista gráfico, con respecto a los memes (que funcionan como herramienta para el humor sin mucho trabajo gráfico)? ¿Ves ahí una herramienta útil para la crítica, el humor, independiente de que le quite identidad al cómic?

Primero, yo sentaría la diferencia entre cómic/historieta y humor gráfico que, aunque sean primos hermanos, son instancias diferentes; hasta son oficios que se pagan distinto y especialidades que inclusive no se involucran (hablo en países donde hay un mercado más “sano” que el nuestro). Respecto a los memes, creo que están más emparentados con el humor gráfico por su corta extensión y mensaje directo. Hay cosas buenas, hasta geniales; hay mucha porquería y chistes de baja calaña; eso pasa en el cómic y en el humor gráfico también. Otra cosa que me llama la atención es el carácter anónimo de los memes: por un lado minimiza el ego del realizador, y por otro aplasta la posibilidad del derecho de autoría, por ende, merma la posibilidad de oficio, de darle valor pecuniario a tu trabajo. Los memes o la internet han gratuitizado (no sé si existe esa palabra) todo, es una ley no escrita pero latente en la actualidad.
Respecto a que sea válido, todo está por verse, ya que ahora todos pueden ser humoristas a través de un meme; también todos pueden ser poetas o fotógrafos a través de Facebook, o Instagram. Si me pongo paranoico podría divagar mucho más, pero de ahí a ponerse latero hay un paso.

Tienes un chiste con Sebastián Piñera viendo sus condoros en televisión, con una voz gritándole que es un “hueón, rehueón”, y remata con: “mientras me compran por hueón, yo no vendo Chilevisión”. Me gusta esa vuelta que le diste, porque contiene una crítica sutil hacia los chistes sobre Piñera, el efectismo que hay en señalar que es un tonto. También lo hiciste en la tira “Corrección política, sal de mí”, donde queda claro que al final ese es el camino fácil. ¿Qué te parecen el efectismo y la comodidad que hay en el humor gráfico político hoy en día?

Pero claro que estos personajes terribles ven donde está el elemento de distracción de la gran masa: si hay una torpeza inicial en el aludido, éste la usa hasta el cansancio. Es terrible que puedan existir asesores que le digan a Piñera cuando caerse o cuando pronunciar mal. La política partidista es muy sucia: la gente común, el ciudadano de a pie no alcanzará jamás esos niveles de suciedad. Todo lo contrario: es un ingenuo que se detiene en lo torpe o ahueonao que es el gobernante… Cuando haces esos chistes son para apaciguar a la galucha enardecida. Seguro serás popular y si te tientas estarás toda tu vida en eso. El humor político es como se dice en jerga futbolística muy lauchero.

Veo el nombre 1993 como una forma de enfatizar en el hecho de que ya llevábamos tres años en democracia y seguían repitiéndose hechos brutales que eran naturalizados por el gobierno en democracia. Ese año en particular, como dibujante, publicaste Crónicas del barrio sur del Pato Lliro. ¿Qué representó para ti 1993 como año y como libro?

Un año de transición de vida: terminaba una relación de muchos años (el primer pololeo); Jorge González sacaba disco solista; edité el primer libro del Pato Lliro; pasa esto de la micro en Apoquindo. Hay un antes y un después del 93 para mí. Bueno, de todos estos eventos hice un cómic años antes de la edición del libro. Fue un tiempo de cambiar la piel, con dolores y tristezas, pero muy necesario.

Respecto al libro 1993, tiene un origen completamente distinto a la elección autoral de temas, porque los dibujos fueron encargo de un canal pontificio para ilustrar una recreación, en un programa periodístico que abordaba el hecho; por supuesto que toda la documentación que la productora me entregó me fue atrapando y me involucré en la investigación. Fui a la biblioteca a revisar los diarios de la época, mi pasión fue mayor a la de un encargo de dibujo comercial. La pega fue pagada y pasó el tiempo y el programa nunca salió.

Un año después ubiqué a la realizadora y me contó que le significó peleas grandes con el canal, que trataban de suavizar todo. Al final terminó renunciando y uno de los ítems de rechazo de parte del canal era que “los dibujos eran muy violentos”. Bueno, quiero destacar la probidad de la mina de luchar por su proyecto hasta el final. Los culiaos les querían cambiar todo, y ella fue capaz de mandarlos a la mierda antes que el contenido inicial -violento y crudo-, fuera edulcorado por unos ejecutivos de porquería. Joana Reposi se llama ella, y me acabo de enterar que en 2018 estrenará su documental LEMEBEL, un biográfico sobre el destacado escritor. Espero estar ahí apoyando, como espectador más que sea.

Tengo entendido que fuiste compañero de liceo de Mauricio Maigret, asesinado por carabineros durante la dictadura. ¿De qué forma influyó ese hecho al momento de hacer este trabajo?

Su muerte fue un bautizo a sangre y fuego, un golpe de realidad para mí que era un muchacho semi jipi, semi punk que aún creía en el pacifismo. Ahí, precisamente, dejé de ser un pacifista. Me puse a leer más, a dibujar más, mi mirada cambió radicalmente.

Hace unos años dibujo una historieta sobre Mauricio y nuestra amistad. Es un tema que me cuesta, termino agobiado, me gana la pena infinita y debo abandonar cada tanto. Entendí que es un proceso que necesita de mis entrañas y vísceras, y eso nunca es gratis. Ya lo terminaré, nadie me apura.

Ahora, si este evento fatal influyó en 1993, no sé… Aunque los temas se me cruzan siempre, hay cosas que se repiten, por lo que es probable. La llamada lucha armada tiene un discurso que bordea una épica de izquierda bastante irresponsable: la de dar la posibilidad heroica a gente desarmada. Eso es desde el Golpe en que los militantes, voluntariosos, extremos por defender a Allende, se encontraban con pistolitas “mata-gatos” para enfrentar a tanques y aviones. La historia de Mauricio, la de Apoquindo tienen mucho de eso.

Hay un video en Youtube de “Eugenia” de Fiskales Ad-Hok que contiene imágenes de 1993, antes de que fuera publicado como libro, como parte del trabajo que hiciste en la revista “La Ronckanblus”. ¿Siempre supiste que la canción hablaba de la misma masacre policial?

Sí, está realizado con el material audiovisual que me pasaron para documentarme, más mis dibujos. Fue un clip re pirata que mantiene un flujo de vistas importantes. Respecto a la canción, no la conocía demasiado hasta que un colaborador de la revista, La RonCKanblus, Roberto Contreras, llegó con un texto para el número del punk. Allí hablaba sobre la canción “Eugenia” que está dedicada a Tatiana, prima del vocalista y letrista Alvaro España. Me acordé del material que tenía y como en cada número hacíamos un clip sobre los grupos mencionados, dijimos: “¡Esta es!”.

¿Cómo llegaste a la idea de incluir los recortes de prensa que cierran el libro, qué lo motivó? Porque el libro parece ser muy silencioso, ya que expone los hechos sin emitir juicios, pero cuando se contrasta con la realidad que indica la prensa de la época, todo cambia.

Como dije antes, los recortes de diarios fueron parte de lo que yo investigué y busqué. Incluirlos en el libro fue precisamente para darle ese toque de insoportable realidad que los dibujos no tienen. Son las únicas palabras escritas en el libro. Hay gente que le gusta, otros no, pero no es un libro fácil, nunca pretendió serlo. Aún así me ha dado grandes sorpresas en lo afectivo.

Las críticas de la gente a la que no le gustó esa sección de libro, ¿a qué apuntan? Porque incluso sirve para entender cómo funcionaba la prensa de la época. Me llamó mucho la atención, por ejemplo, que hubiese fotografías de cadáveres descubiertos.

No sé bien, siempre hay gente que no le gusta algo de lo que hiciste, también hay algunos más lateros aún que enaltecen demasiado esa parte de los recortes de prensa, casi que la quieren como intro y extendida, que se explique más el contexto. Eso viene generalmente de personas que vienen de las letras ; el periodismo que –aunque no lo digan- desvaloriza el dibujo como vehículo narrativo de algo, eso me pasó siempre, desde el primer Pato Lliro que un editor quería textos sociológicos que justificaran que no era una apología a la delincuencia y las drogas. Afortunadamente, nunca pesqué.

En el caso de 1993, así se pensó el libro y así se queda, tampoco es que existan muchas ofertas para re editarlo. Respecto a las fotos de los cadáveres: era el tono de la prensa de la época, fue como la última pata de los diarios chilenos mostrando imágenes así de crudas, por ejemplo una década antes yo me enteraba de la muerte de mi amigo Mauricio Maigret por la prensa, con el Mauro reventado a balazos en la portada de La Tercera.

Nosotros nos conocimos en el lanzamiento de un libro de poesía; hace poco descubrí que la portada de Criminal de Jaime Pinos (La Calabaza del Diablo) había sido ilustrada por ti; dentro de tus grandes personajes está El Antipoeta Sanhueza. Cuéntanos cuál es tu relación con la poesía. ¿Qué importancia tiene en tu vida, cómo influencia tu trabajo?

Soy lector desde niño. Me formé con Verne, Salgari, El Mampato y muchas revistas. En mi casa había muchos libros. Tempranamente, llegó la poesía Béquer, García Lorca, Neruda, Parra. Leía teatro, ciencia ficción, terror, por supuesto. Es un escenario conocido y surgió naturalmente, como tema en mis guiones: ya sea como espejos de contenidos literarios o para abordar la picaresca de los poetas, la chimuchina implicada en el qué hacer literario. Ahí nace El Antipoeta Sanhueza. A veces hay gente del mundo del cómic que se burla o denosta este gusto mío, por encontrarlo demasiado intelectual, pero sabes: me resbala, sobretodo porque he constatado la cantidad de ahueonaos circulantes en el medio. No es mi problema que no les guste, ellos sin duda deberían leer más, pero tampoco ese es mi problema, afortunadamente.

En agosto pasado apareció una nueva revista de historietas, llamada Chuflai, de la cual formas parte. ¿De qué se trata esta propuesta?

Es una revista que tiene tres autores principales, y que son tres generaciones de dibujantes, donde yo soy el más viejo. La idea es hacer una revista de historietas de autor, cuyo principal fin es el impreso, o sea: volver al espíritu originario de la revista de cómic, la página como gran protagonista, el uso de los planos con conocimiento de causa en lo narrativo, volver a la maravilla del blanco y negro. En la realización: volver al original grande, entintado con pluma y pincel; el trabajo a tres manos, que no quede duda que hacemos historietas, no caer en el camino fácil. Estamos contentos con el primer número, ahí vamos con el segundo que viene mejor.

¿Y cómo ha sido trabajar con estas generaciones más jóvenes? Deben manejar referentes distintos, aunque el fin sea el mismo.

Para nada en el caso de Chuflai. Está Ronny que es un tipo grande ya y que su gusto está fuera de cualquier modernidad, escucha Pérez Prado, ve películas de Tin Tan o de Mikio Naruse, y Felipe, el más joven y gestor del proyecto, también tiene un notorio interés sobre los clásicos de la historieta… Todos disfrutamos revistas como Makoki, Cimoc, la Chiva y autores como Vásquez, Azagra o Robert Crumb.

¿Te acomoda más proyectar tu trabajo para ser publicado en revistas antes que en libros? Porque has publicado muchísimo en ese formato, más que en libros (que según mis cálculos son cuatro).

Me formé leyendo revistas, de ahí vengo como espectador. En los 90s se empezó a decir que las revistas no iban más, y así como espíritu de la época, sin ponernos de acuerdo, muchos autores empezamos a hacer libros o especiales de un solo personaje. No sé si me gusta más uno u otro formato, el libro tiene lo suyo también, el sueño es que Chuflai tenga su colección de libros algún día.

Después de todos estos años que llevas trabajando en este medio: ¿Dónde crees que se encuentre realmente el cómic chileno? Lo digo porque los “booms” de los que se habla cada cierto tiempo suelen tener a los libros más vendidos como referentes, y la alta producción de zines, o revistas suele ser ignorada. ¿Se puede armar un panorama teniendo sólo como referentes a los libros publicados? Y, ¿qué significa un libro dentro de un medio cuyo “espíritu originario” de difusión han sido las revistas o diarios?

Ay, me pillas en un momento de tanta reflexión sobre el oficio, y los alcances que el trabajo de cada uno tenga. Me siento algo decepcionado a veces. De los booms he estado como en tres, nunca les he creído demasiado. A principios de los 90s, alguien me dijo que diera todas las entrevistas posibles, así lo hice y la realidad personal es que estaba muy, muy desempleado… Debía tener una coherencia entre la difusión y la pega remunerada. Ahora la burbuja es atroz, como que todo el mundo quiere ser famoso, estar en “el éxito” y si no, que lo parezca. Tal vez lo que quede de esa llamada “edad de oro” es que hay un interés de muchos jóvenes con el oficio. No sé cuál es el oficio tampoco. Ahora le dicen ilustrador a cualquiera, antes el ilustrador era básicamente el portadista, y era un tipo con un amplio dominio técnico, la técnica mixta era su aliada fiel. El historietista estaba en otro flanco, lo mismo el humorista gráfico, lo que no quitaba que algunos hicieran más de una cosa, pero los límites estaban fijados. Ahora es un charquikán al que no le encuentro muy buen sabor que digamos.

Yo por mi parte me siento cómodo con la autogestión, con los bajos tirajes y tratar de saltar al intermediario. Escucho muy seguido gente denostando los fanzines, como si fuese a llegar el papá editor a salvarlos, y que más encima les va a hacer libritos lindos: ¡Pura bullshit! Cada cual debe estar donde se sienta cómodo.

El Pato Lliro es tu personaje más representativo, y puede que sea uno de los más icónicos dentro de la historieta chilena. ¿Cuánto ayudó el Pato Lliro en tu formación como dibujante? ¿Qué cosas aprendiste haciéndolo?

¡Aayy, el Pato! Fue en cierta forma mi debut y prueba a mi porfía, porque al principio fue muy censurado, y de a poco ganó algunos adeptos. Al verme publicado y expuesto me sirvió para ver los puntos débiles de mi trabajo. Sin duda en esa época había más corazón que técnica, pero yo no quería quedarme ahí: seguí buscando, investigando, tratando de no perder el lado salvaje, pero mejorando el oficio. En lo personal me ayudó a conocer más gente, a crear una red de suscriptores a mi trabajo, vigente hasta ahora. También me ayudó a tener una novia interesante, que leyó el Pato y le gustó a pesar de no leer historietas (momento frívolo).

Leí que tenías ideas sobre historias del Pato Lliro, pero en su adultez. Ahora que estamos en la época en que las series vuelven, ¿crees que se materialice un trabajo de ese tipo, con ese personaje?

Tengo un montón de escaletas gráficas de historias del Pato y otros personajes. Entre esas, la de hacer un relato con el Pato ahora. Empieza todo cuando sale de la cárcel: después de cumplir una condena media brígida se tuvo que instruir física y mentalmente para no enloquecer, es como un OLD BOY. Vuelve a su barrio y su casa ya no existe; su padre ya murió; su amigo y yunta enmendó su camino y ahora trabaja en un mini market -negocio familiar- y le hace la desconocida al Pato, pero siempre hay algún conflicto posible que los vuelve a juntar. De que se materialice, no sé. Trato de editar yo lo que produzco, con las editoriales no tengo ningún vínculo. De momento, el CHUFLAI es mi casa matriz, ese es mi parámetro. Mis compañeros querían esa historia del Pato allí. Cuando termine una trilogía- que ya empezó en el primer número- veremos.

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