Yo recordaré por ustedes (Juan Forn)

Yo recordaré por ustedes (2017)

Juan Forn (1959)

Laurel

216 páginas

 

 Corre el año 2002 y Argentina sigue recibiendo los coletazos de una crisis económica aguda. Juan Forn, que hasta entonces había publicado tres novelas, un volumen de cuentos, dirigido el suplemento cultural de Página/12 y fungido diversas labores en Emecé y Planeta, sufre una pancreatitis que lo obliga a dejar su vida porteña y lo deposita en Villa Gesell, una localidad costera al este de la Provincia de Buenos Aires. Una típica zona turística que en sus temporadas bajas está apenas poblada por un puñado de personas y el sonido del mar. En esa soledad de balneario es donde surgen estos textos.

En una crónica sobre el autor, Damián Huergo cuenta: «Durante el fin de semana, Forn leía como un adicto todo lo traído de las librerías de Buenos Aires o lo que conseguía en la baulera de Alfonsina, la librería clavada al principio de la Avenida Tres que atraviesa Villa Gesell. Al lunes siguiente, en la biblioteca, como si replicara un rito ancestral, les contaba sus lecturas, los mundos donde había andado, a profesores, jubilados, lectores furtivos. Lo que escuchaban en esa cueva metida adentro de la biblioteca, lo leerían los viernes siguientes los lectores de las contratapas de Página/12».

Forn concibe cada texto como una especie de ventana a través de la cual oímos el ruido de la Historia condensada en pequeños singles. Una mezcla entre el Marcel Schwob de Vidas Imaginarias y las crónicas radiales de Walter Benjamin de La caza de brujas y otras catástrofes. A medio paso entre el orador en la fogata y el historiador que rastrea en las carpetas perdidas de la biblioteca. Los 47 textos de Yo recordaré por ustedes son un paseo por la vida familiar de Kenzaburo Oé, la Rusia de Ajmátova o la Lituania natal de Jonas Mekas. O datos escabrosos como el de Sada Abe, la musa cruel detrás de El imperio de los sentidos de Nagisa Oshima: «En mayo de 1936, una mujer llamada Abe Sada ocupó la primera plana de los diarios cuando fue atrapada por la policía en una posada cercana al volcán Oshima, luego de vagar por las calles de Tokio durante cuarenta y ocho horas con los órganos genitales de su amante envueltos en papel de diario. Abe y su amante y patrón Kichi Ishida habían sido vistos juntos por última vez registrándose en un hotel por horas de Arakawa. En su declaración a la policía, Abe Sada dijo que había estrangulado a su amante en el clímax del coito, y luego de cortarle los genitales había dejado escrito con sangre sobre el pecho del muerto las palabras Abe y Kichi unidos para siempre».

«No tengo nada en contra de las autobiografías, siempre y cuando el que escriba tenga un pene en erección de treinta centímetros. Siempre y cuando la escritora haya sido puta y a la vejez sea moderadamente rica» escribió Bolaño alguna vez. Al momento de elegir el material de sus contratapas, Forn juega a hurguetear en vidas que están siempre al límite. Joseph Brodsky escapando de Rusia, Eisenstein probando suerte en Hollywood, Walser muerto en la nieve. Cada texto es una estampita que, con un máximo de economía, ilustra estas vidas que arden en su luminosidad. Un mapa de nuestros dos últimos siglos lleno de flechas que se cruzan en un esquema enloquecido. Diletante militante, Forn practica también con especial destreza el arte de irse por las ramas para encontrarse con esas historias que crecen como musgo o maleza alrededor de las grandes estatuas. En Medio centímetro de tristeza, por ejemplo, se nos cuentan las circunstancias en que Marie Bonaparte, aquejada por la incapacidad de alcanzar el orgasmo, acude al despacho de Freud, quien luego de ese encuentro se transformaría en su tutor. La frigidez de miss Bonaparte, provocada por los tres centímetros de distancia entre su clítoris y su vagina, encontraron en el padre del psicoanálisis una válvula de escape. Pero, «así como Freud no llegó a leer los libros de la princesa, la princesa no llegó a enterarse del estatus de pionera que le adjudicaría poco después de su muerte la sexología: Kinsey primero, y Master & Johnson después, reivindicaron los estudios de Marie Bonaparte, en especial la importancia de clítoris en el orgasmo de las mujeres». O en La baronesa y el orinal, donde se nos cuenta parte la vida de Elsa von Freytag-Loringhoven, más conocida como la baronesa Elsa, femme fatale, proto dadaísta, verdadera autora del orinal que le valió a Duchamp la medalla de General de la Vanguardia del Siglo XX, porque «en aquella época, como bien sabemos, si un hombre hacía un ready-made era un artista y si una mujer lo hacía era mera extravagancia menstrual».

Yo recordaré por ustedes podría ser una frase del Funes de Borges. O el eslogan de un almanaque. Quién sabe: puede que en algún momento podamos hacer un calendario donde cada día del año tenga una contratapa con una alguna anécdota alusiva a un día específico: el día que Tim Maia desayunó café con leche y pan con miel junto a Joao Gilberto, el día que murió la madre de William y John Faulkner, el día que un salvavidas, en Gessel, le dijo a Juan Forn «La biografía de un escritor vendría a ser como la historia de una silla, ¿no?» y Forn se volvió, sin querer, un mueblista excepcional.

¿Te gustó este artículo?
More from Jonnathan Opazo

Discursos desde la juventud contemporánea (Álvaro Bley)

Discursos desde la juventud contemporánea (2015) Álvaro Bley (1990) Los Libros de...
Read More

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *