Terriers (Constanza Gutiérrez)

Terriers (2017)

Constanza Gutiérrez (1990)

Editoriales Hueders y Montacerdos

ISBN: 978-956-365-047-1

98 páginas

 

Terriers es un conjunto de relatos, siete para ser más exactos, que componen el segundo libro de Constanza Gutiérrez, quien antes publicó Incompetentes (2014, La Pollera).

Son cuentos más bien breves, en que sus historias adoptan el punto de vista de algún niño o adolescente que las protagoniza, sin que por ello sea esa voz —la de un niño o un adolescente— la del que los relata. “Chiquita linda” abre el conjunto, en ella se narra la historia de una niña que viaja con su madre a La Tirana, a la celebración del mismo nombre. La anécdota transcurre entre la extrañeza de la niña protagonista y la que ella misma provoca, con su pelo rubio, en la gente de aquel pueblo nortino. Pero el principal gatillante de extrañeza para el lector es el comportamiento de su madre, que deja de cumplir el rol que se esperaría de un adulto —el de protección o cuidado hacia su hija— y la deja entregada a dos desconocidos con intenciones que la niña no logra captar en su corta edad. “Arizona”, menos logrado que el anterior, narra la historia de unos niños que se ven desplazados de su lugar de juegos por un grupo de gitanos que se toman el terreno eriazo que antes era sus dominios y cómo luego, de forma más bien artera, los enfrentan, no sin antes lograr confrontar la réplica del rechazo del mundo adulto, que se repite en el de los niños. “Marrón Glacé” narra la experiencia de una niña pequeña frente a la celebración de un matrimonio, su miedo a bailar y sobre ciertas expectativas o reglas que ella espera entender del mundo adulto. “No te vayas dentro” por su parte, cuenta la historia de un adolescente homosexual que se ve enfrentado al descubrimiento que su amor juvenil ahora tiene un pololeo hetero, todo enmarcado en la fiesta de celebración que hace la abuela del protagonista, una especie de despedida en vida al saber que le queda poco tiempo de subsistencia. Es, de esta forma, por un lado un desencanto de la realidad juvenil y por otro, una celebración triste del término de una vida, con todas sus pequeñas ridiculeces. “Caza de Conejos” y “Descubre tus poderes” son dos relatos donde la familia, más incluso que en los relatos anteriores, se vuelve el punto central de la historia.”Mowgli” también explota la misma raíz, aunque reduciendo la multitud que antes fueron esas mismas familias, y poniendo una cuota de desencanto en las relaciones, de una fea aceptación que mantiene el statu quo a pesar de los sentimientos de los personajes.

“Lo único que quería era volver a mi vida normal, a mi ciudad donde la gente no se abrazaba ni besaba y todos los días eran igual de aburridos y planos, sin demostraciones de cariño ni familias iguales a las películas. Cómo podría enterarse cualquiera de lo terrible que es ver que existen familias felices” página 38

Hay algo en este conjunto que no termina de convencer y, paralelamente, hay otra que funciona muy bien. Lo que falla es la indeterminación del desde dónde se narra: sí, siempre pareciéramos estar enfrentándonos a un relato desde el punto de vista de un niño —a excepción del último cuento, que se trata de una adulta joven— narrado en primera persona, sin embargo, jamás pareciera que estamos escuchando la voz de un niño. Hay algo en la construcción de ese narrador que no termina de dar con la voz precisa y que nos hace leer el relato como si este estuviese contado desde un momento temporal muy lejano al que transcurren los hechos, desafectándolos de emoción, cuando no hay ninguna marca en ellos que nos indique que se esté narrando un pasado remoto. Pero, sin embargo, sí funciona muy bien la fractura que estos relatos contienen, la ruptura familiar que significa este mundo de niños desprovistos de adultos o, para el caso en los adultos figuren, lo hagan solo como personajes rotos o fallidos, padres incapaces de resguardar a sus hijos de los peligros mundo (como en el caso de “Chiquita linda” probablemente el mejor del conjunto), o como adultos que repiten las taras e inequidades infantiles de sus hijos (como en “Arizona” y “No te vayas dentro”). En este mundo donde los adultos apenas pasan por monigotes se produce un quiebre profundo, una incerteza en el mundo de los niños, donde hay algo que limita entre la libertad y la falta de estabilidad, y que está muy bien creada en este volumen y que por sí mismo, más allá de los defectos que se le pueden achacar, que existen, lo hacen un conjunto valioso.

Este libro carece, quizás en absoluto, de la crítica política en boga: le falta del (loable, necesario) movimiento feminista, le falta la rebeldía del mundo homosexual ya cansado de estar encasillado en ciertos lugares al margen, y un poco de lucha de clases. Y si incorporara a propósito esos temas (con sabio oportunismo), sería un irreprochable producto de nuestros tiempos, pasaría cualquier censor. Sin embargo, todo lo anterior, toda esa “literatura de grandes ideas” es el discurso a partir del cual puede leerse este o cualquier libro, no el que deberíamos exigirle que el autor lo escriba. A este debemos exigirle el talento individual de la autora, que está en Terries, que existe en varios de estos relatos, y no medirlos acaso si en ellos ondea o no una bandera. Cito a Nabokov a este respecto, puesto que él, claro está, lo dice mucho mejor que yo:

Jamás admitiré que el oficio del escritor consista en mejorar la moral de su país, en señalar ideales elevados desde las enormes alturas de una tribuna callejera, administrar los primeros auxilios escribiendo libros de segunda categoría. El púlpito del escritor está peligrosamente cerca de la novela barata, y lo que los críticos llaman novela fuerte es generalmente un penoso montón de lugares comunes o un castillo de arena en una playa populosa: y no hay nada más triste que ver deshacerse su foso fangoso cuando se han ido los domingueros y las frías olas empiezan a roer las arenas solitarias. (Vladimir Nabokov, “Curso de literatura europea”, Ediciones B, Zeta bolsillo, pág. 546)

 

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