La biblia de barro (Julia Navarro)

Por: Mónica Vásquez Vetterlein

 

La biblia de barro (2006)

Julia Navarro (1953- )

Penguin Random House

ISBN 10: 9875662097

 

Un médico jubilado, un profesor de física, un concertista en piano y una empresaria, todos ellos frisando los 70 años de edad. Exitosos en sus áreas, respetados, adinerados y sobre todo buenas personas, han vivido para cumplir un juramento profesado cuando tenían entre cinco años, la menor, y diez de edad el mayor. Matar a un hombre.

La biblia de barro es una novela que mantiene el interés, porque la razón de esta venganza se intuye justificada desde las primeras páginas. Solo se revela cerca del final del libro, cuando el lector deberá juntar aire, detener la lectura y hacer acopio de fortaleza interna para conocer la verdad.

Alfred Tannemberg, el hombre que cuatro niños juraron matar, es un hombre de mirada azul de acero, de ojos crueles que reflejan la maldad que lo constituye. Nadie le sostiene la mirada y sale indemne. No es simplemente un hombre malo, es la encarnación del mal.

La novela se desarrolla principalmente en Bagdad, en los días previos a la guerra del Golfo, donde una arqueóloga, Clara Tannemberg, nieta y único afecto de Alfred, intenta llevar a cabo uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes de la humanidad: la biblia de barro. Clara está segura de su existencia, pues hace sesenta años su abuelo obtuvo en la zona de Jarán una de las tablillas que la componen y que dan cuenta de que el patriarca Abraham, habría dictado el génesis a su escriba Shamas. La novela es también, un viaje a la conciencia de que ese Irak a punto de ser bombardeado, es Mesopotamia y que destruir la historia es perder las bases que nos ayudan a entender quiénes somos.

Clara cuenta para su propósito con la fortuna y poder de su abuelo, que desea dejarle como legado un lugar en la historia. Tiene la protección de Sadam Husein, pero desconoce que el pasado de su abuelo y los intereses económicos que lo rodean, cimentados en negocios tan oscuros como él, son una cuenta pendiente. En medio de la lectura, nos conmovemos con la figura de Gian María, un joven sacerdote que, cargado con el peso de una confesión, busca evitar el mal a toda costa.

El relato trabaja historias paralelas, a la usanza de William Faulkner en Las palmeras salvajes, o de J. M. Coetzee, entre otros. Eso son los capítulos en que se recrea la relación entre Shamas y Abraham, a mi juicio lo menos logrado de la novela. Asimismo, se habría agradecido más detalle o matices en el personaje de Alfred Tannemberg. Sabemos que el demonio palidecería ante él, pero no comprendemos cómo o por qué llega a ser eso que es, o cómo alguien vive más de noventa años con una conciencia sorda sin tener jamás un atisbo de duda.

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