Desconfianza (Jorge Marchant Lazcano)

Desconfianza (2017)

Jorge Marchant Lazcano (1950)

Tajamar editores

ISBN 978-956-366-085-2

202 páginas

 

Desconfianza es el más reciente libro de Jorge Marchant Lazcano. En él, el autor acierta al abordar temas poco explorados en la literatura chilena, como la vejez, la vida de los artistas una vez acaba el reconocimiento, la envidia, el rencor y principalmente la vanidad, o más acotado todavía: la vanidad artística.

 

“Quiso creer, tratando de ser positiva, que era una privilegiada por tener un lugar como aquel adonde ir. Pero sabía, en el fondo, que no era ninguna privilegiada, sino más bien, una mujer derrotada. La vejez era una derrota.” (página 60)

Son temáticas difíciles las que aborda Marchant Lazcano, quien en lugar de caer en la pomposidad las afronta en contexto doméstico, casi pueril. La anécdota se basa en un grupo de viejas actrices que viven en una casa de reposo recientemente inaugurada por el Sindicato de Actores. Ahí, los egos y las antiguas peleas se adueñarán de la convivencia una vez que Marta Bernales llegue al hogar, no solo con la vanidad que lleva consigo la alguna vez condecorada Premio Nacional de Teatro y que chocará con la de su antigua rival, la elegante Rosario Huidobro, sino que principalmente con ocasión de un gran retrato suyo que donará a la casa, cuadro semidesconocido hasta entonces en Chile, que le hizo y regaló en particulares condiciones el pintor chileno de renombre internacional Tobías Villalba, lo que provocará inauguraciones ministeriales, paseos de la prensa, entrevistas, y todo aquel juego de la soberbia y el orgullo.

Colgar aquel cuadro en el salón principal de la casa es, además y para efectos de la novela, una afrenta directa de Marta Bernales a su rival Rosario Huidobro, algo que ayudará a desencadenar la historia.

“Ni que me lo digan. Los seres humanos convirtiendo a sus amigos en enemigos a partir de la desconfianza. Los hijos desconfiando de las enseñanzas de sus padres, y los padres desconfiando de lo que sus hijos hubieran podido aprender.

En medio de todas esas negaciones estaban Marta y Rosario, y todas las demás, incluida ella misma, para desconfiar las unas de las otras hasta que no quedara ninguna en pie para seguir desconfiando” (página 154)

Una de las principales dificultades que sortea con tremendo éxito Jorge Marchant Lazcano es hacer verosímiles las voces de estas mujeres en el ocaso de su vida, dar con la tesitura adecuada para mostrar su odio viejo sin caer en la grandilocuencia, a pesar de sus olvidos y del tiempo pasado. La construcción de personajes ancianos, quizás tanto o más que la construcción de niños, siempre roza el riesgo de caer en estereotipos planos, pero no es el caso. El autor hace personajes furiosos, con motivaciones egoístas, singulares y que, además, están tan seguras de estar en la postrimería de su vida que poco les importa lo que piense el resto. Eso mismo posibilita otro gran acierto, y es la alta carga de humor de esta novela, que no solo se encuentra en la anécdota sino que también en los diálogos, en la forma en que se expresan estas mujeres con grandes rabias pero que, finalmente, son personas de carne y hueso, capaces de pequeñas e infantiles mezquindades. Como en aquella oportunidad en que la administradora del asilo o casa de reposo le pasa diez mil pesos a una de ellas para que puedan volverse a casa tomando un auto.

 

—Quiero irme —dijo enérgica—. Tomemos un taxi. Tú tienes dinero.

—Sí, vamos mejor. Hace frío. No sea cuestión que nos agarremos una bronconeumonía. Qué plata más mal gastada por tu estupidez —añadió Rosario—. ¿No te animas a irte en el Transantiago? Nos repartimos las diez lucas.

—¿Sabes dónde bajarte?

Rosario adelantó el paso por el camino de tierra, dejándola atrás.

—Claro que lo sé.

—Vamos entonces —dijo marta, absorta, como si se lo estuviera diciendo a sí misma.

(página 122)

El lenguaje, el contexto, la anécdota misma que luego trueca en algo inesperado o al menos suficientemente oculto en el relato como para que sea hasta cierto punto una sorpresa para el lector, la calidad de la prosa; todo hace que en un primer nivel esta novela pueda ser leída como una simple pelea de viejas, divertida y ocurrente, pero que en una segunda capa contiene grandes temáticas, que son abordadas por el autor con aquella inteligencia de las más difíciles: esa que no se ufana de sí misma, que se mantiene oculta detrás del artefacto que ha construido, y que por lo mismo es más bella de apreciarse.

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