Arenas (Ernesto Guajardo)

Arenas Ernesto Guajardo

Por: Roberto Parra Ponce

 

Arenas (2014)

Ernesto Guajardo (1967)

Editorial Altazor

ISBN 978-956-9205-26-2

33 páginas

 

Huellas a la deriva. Trozos de papel, vidrio y plásticos enterrados. Un cuerpo provocando el vértigo entre las corrientes marinas. Extendiendo los brazos sobre las carreteras, los caminos resecos, la greda de invierno. En la orilla, una silueta observa la humedad del aire sobre los pinos. La arena entre los dedos. Por la noche, cualquier oleaje figura en un verso que nos lleva la oquedad de la memoria.

Arenas, de Ernesto Guajardo, resulta un libro de suma observación. Una imagen que busca obstinadamente lo irreversible: aquellos paisajes –huellas invisibles– que se saben perdidos hace mucho tiempo. Cada poema nos conduce a la geografía más íntima del autor. Aquel lugar donde las siluetas despojadas provocan los últimos murmullos y la brisa marina es solo una triste nostalgia hacia el atardecer. Un ejercicio que pretende descarnar los gestos que el tiempo deposita entre una pila de roca.

Un hombre solo entre las rocas.

Noche y lluvia.

Sin refugio posible,

salvo la proximidad de los pinos

que se inclinan sobre las arenas.

Un hombre que espera,

la paciencia en cada gota que humedece playa y roquerío.

Realiza lo necesario.

Porque él ya no es él, ni su casa es ya su casa.

/(Un hombre solo entre las rocas)

 

Hundir las manos entre las figuras rígidas es rescatar fragmentos perdidos. Trasladarse al pasado, entre carreteras, alambres de púas, pelícanos crucificados y barcos hundidos. Ese exterior solo aparece en un plano lejano, que nos vuelve a llevar una y otra vez a las fracturas en las arenas del autor. La palabra termina siendo lo único que se sostiene.

Todo ello es lo que impide nombrar:

se aúlla en nombre de la leve brisa que inflama las arenas

y solo se obtiene silencio,

leve árbol que se despliega hacia lo salobre.

Esa es la sabiduría de lo que ronda.

/(Azul que hiere los ojos)

 

Gran parte de los poemas apela a un estado de silencio absoluto, tal como en “Nombre Propio”, “Un hombre solo entre las rocas” y “Azul que hiere los ojos”. Esa tranquilidad, muchas veces inquietante, nos obliga a mirar en todas direcciones y a darnos cuenta de que cualquier detalle que se pronuncie es vital para dar una forma coherente al relato. Al final, cada poema resulta parte de ese castillo a la espera del viento y de las aguas.

Arenas se edifica en escenarios frágiles, tomando esa misma delicadeza como hilo conductor a los grandes poemas que presenta. Resulta un libro sereno, intenso y atrayente, como una gran huella en el suelo que no se quiere borrar con facilidad. Una isla en medio del océano. Una lengua de sal y tierra que, frente al sol, busca rescatar todas aquellas postales de un tiempo anterior. Nosotros, desde el otro extremo, conformamos las siluetas que respiran sobre la superficie y contemplan los cuerpos en el horizonte. Esa geografía extensa que poco a poco se hunde bajo la espuma y las sombras de algunas gaviotas.

Los niños,

los enamorados,

los ancianos dejan leves templos sobre la superficie:

figuras comprensibles solo en los dedos,

cuerpos a la espera del viento y las aguas.

Todo es fragmento o desecho:

resecas caparazones,

mustios hüiros, piedras, muchas piedras.

/(No anida mitología en estas arenas)

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