Apuntes para intentar pensar menos en Mainländer y un poco más en Simone Weil o Marx

Philipp Mainlander

Por: Rodrigo Fernández (@corrersolo)

Vivid en la casa y la casa existirá.

Arseni Tarkovski

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Finiquito las últimas páginas de Filosofía de la redención de Philipp Mainländer en la Catedral de Plaza de Armas. Antes de sentarme, y como si no estuviese solo haciendo hora mientras me desbloquean el celular en las cercanías, le doy la vuelta entera a la iglesia. Cedo a los movimientos lentos e inusitadamente cansados de los feligreses. Las manos entrelazadas tras la espalda, como carabinero que pasea. Me detengo ante las estatuas y las miro a los ojos: una eternidad que me interpela estéticamente, pero que no me tienta. Tres hombres circulan en unos andamios cambiando ampolletas allá en las alturas y cuando los miro parecieran formar parte de los imponentes vitrales. Distraído así, subrayando y garabateando encima de las teorías de Mainländer, me doy cuenta que este es el sujeto más deprimente que he leído en toda mi vida. Propuso la virginidad y el suicidio como medios para apurar el exterminio absoluto de la humanidad. Esto como consecuencia directa de una cosmogonía en la que Dios habría escogido el no ser, vuelta larga que solo se consigue a través de la creación agotándose y destruyéndose a sí misma. Toda la fuerza donada por Dios, lejos de la potencia, presencia y atención divina a la que nos acostumbró el cristianismo, sería la de una retirada: como una roca sacada de golpe desde una poza y el vacío siendo progresivamente llenado por un breve oleaje, o más exactamente, como la ley que rige ese movimiento físico; en eso y solo en eso consistiría, para Mainländer, nuestra existencia.

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Simone Weil, al igual que Mainländer, consideró que Dios se había retirado, que el mundo estaba dominado por la necesidad y que, en definitiva, esta existencia era prestada y había que devolverla, no necesariamente con el suicidio, pero sí con una destrucción mística del propio yo, aquí y ahora, en este mundo, a través del sufrimiento y una lectura más bien sobrenatural de la bondad. Allí donde Mainländer sostuvo firmemente que la vida, dado su carácter de medio, no merecía ser vivida, Weil sostuvo (y se sostuvo) en el otro extremo: si el ser de la finitud es una promesa que solo puede cumplirse en la muerte, es nuestro deber recorrer el camino con los ojos y los brazos abiertos. A los 25 años abandonó la enseñanza para trabajar en las fábricas Renault y estudiar en carne propia la opresión. En plena guerra española y pese a ser pacifista, se enlistó como cocinera en la Brigada Internacional, pero se quemó con aceite hirviendo y tuvo que devolverse. Luego, en 1942, pidió ser arrojada en paracaídas sobre la Francia ocupada y propuso, además, un Proyecto de formación de enfermeras de primera línea que consistía básicamente en demostrarle a Hitler que también podía haber una locura en la bondad. Por supuesto, ambas ideas le fueron amablemente negadas. Finalmente, y al igual que Mainländer, a los 34 años, Weil, que ya arrastraba ciertas enfermedades, murió de inanición tras asignarse para vivir la suma correspondiente al subsidio cotidiano de quienes estaban en paro, distribuyendo el resto del sueldo entre los demás.

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En una de las escenas finales de la película Waking Life el director, Richard Linklater, aparece como actor secundario junto al protagonista (un soñador lúcido que no consigue despertar) dándole a un pinball, hablando sobre Philip K. Dick, el mundo de los muertos, los sueños, Dios, el tiempo, etc. En ese contexto, y casi al final de un largo monólogo, Linklater nos dice —citando a una mujer que se le apareció en sueños—: “Nos negamos continuamente a la invitación de Dios, y eso es la vida, esa negación, ese «no, aún no quiero retornar». Actualmente, solo hay un instante y es justo ahora mismo. Y es la eternidad. Es el instante en que Dios nos está haciendo una pregunta… Y la pregunta es, básicamente, «¿Quieres ser uno con la eternidad?, ¿Quieres estar en el paraíso?» Y todos estamos diciendo, «No, gracias. Todavía no». Y el tiempo es, actualmente, este constante decir «no» a la invitación de Dios. Eso es el tiempo”.

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Un querido profesor de una universidad recientemente fallecida nos dijo una vez, o quizá muchas veces, que es preferible una teoría imperfecta que permite ver (y hacer cambios) antes que otra teoría perfectamente delineada que solo sirve para legitimar conocimientos en la exclusividad de la academia. Pues bien, de Mainländer nos sirve su consecuencia, su prosa y solo la primera parte de su cosmogonía. El resto, ponerse en el lugar de Dios, ayudarlo a que llegue a su preciada Nada, apurar y devaluar esta vida, ¿no es acaso la definición del peor cristianismo posible? Y más importante aún: ¿qué relación tiene todo aquello con las urgencias que me plantea este cuerpo, esta época, el pasado, la historia y sus miserias? ¿Me sirve acaso Mainländer para plantearme críticamente frente a una dominación capitalista que se ha diversificado y ante la que nos fragmentamos cada vez más? Pero no es solo que no nos sirva, la teoría de Mainländer tiene, además, una debilidad interna, pues no es cierto que de un universo dominado por la necesidad se siga directamente la imposibilidad de la libertad. Nuestro querido profesor, pensando en el horizonte de un marxismo posible, aclaraba este punto más o menos así: “Que haya necesidad implica que el concepto es movido, auto construido, dentro del horizonte de la posibilidad. Es decir, que entre el determinismo y el azar, es posible pensar a la posibilidad como posibilidad determinada. La necesidad del proceso histórico no es sino esto: nuestra reconstrucción racional de la posibilidad determinada, y nuestra tarea por hacerla real”.

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