Mi vida junto a Sasha Grey (Christopher Rosales)

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Mi vida junto a Sasha Grey (2017)

Christopher Rosales (1989)

Abducción Editorial

ISBN 978-956-9673-10-8

94 páginas

 

Mi vida junto a Sasha Grey es un conjunto de ocho relatos breves que transitan en la cotidianeidad de las poblaciones, la vida e intereses de los jóvenes, la cultura pop y el consumo de masas, echando mano a un lenguaje coloquial, hasta destemplado, donde el registro oral se impone en el tono y hace juego con el contenido de sus textos.

“Las películas de Tony Jaa” es la historia de un colegial que admira al artista marcial Tony Jaa. Brian —o Mike, como prefiere que lo llamen— es un joven que intenta emular a su ídolo, entrenándose en la precariedad de su hogar. El evento central del relato es la paliza que le dan cuando se enfrenta a un grupo de muchachos que golpean a un cachorro, la que rápidamente se traslada a él y lo devuelve a su propia realidad. En “El último gol” presenciamos el funeral del hijo de un narco, con balazos al aire e hinchada colocolina incluida, mientras el relato va siguiendo al llamado Sicópata de las Plantas, un muchacho del barrio, al parecer de pocas luces, que se cuela en el entierro mientras va soñando con ser aceptado dentro de aquel contexto patibulario. “#Babymetal” es un relato más bien experimental, que reproduce lo que tal vez sea el chat a una sola persona de un videojuego, y narra de esa forma precaria el enamoramiento de un joven con otra chica a la que conoce dentro de un juego en línea. “La vendedora de hamburguesas de soya” usa la excusa de la relación, o carencia de relación, entre el narrador y Francisca Ceroni, una de las principales seguidoras del culto dirigido por Antares de la Luz, aquel que fue descubierto cuando perpetró la quema de un recién nacido. “Cosplayers”, por su parte, cuenta el pequeño lío amoroso entre un par de muchachas probablemente otakus, o al menos seguidoras del mundo nipón, los videojuegos y comics. “Paraíso” y “Payaso” son dos escenas de sangre, una en un night club y otra contra un payaso de cumpleaños, ninguna de las cuales establece muy a las claras sus motivos, aun cuando esta última se funda más bien en un argumento de defensa de los niños contra los pedófilos, en ambos casos se trata más bien de un simple asesinato sin un motivo directo entre quien muere y el asesino. Finalmente, el relato que titula al conjunto, “Mi vida junto a Sasha Grey”, el más largo del conjunto, cuenta la historia de un joven que se escapa de su casa luego de la muerte del padre y se va a vivir a una casa okupa, sin ser anarquista siquiera, mientras se obsesiona por su amor a la actriz porno Sasha Grey, coincidentemente en la época en que esta deja de grabar películas.

Los argumentos de los relatos son en general harto sencillos y se agotan apenas en una o dos escenas, existiendo escasa o nula progresión tanto en sus eventos como en los caracteres retratados. Con ello, fuera de la anécdota, no hay mucho más en lo que el narrador haya conseguido profundizar, quedándose más bien en la superficie de estos personajes. “Las películas de Tony Jaa”, “El último gol”, “#Babymetal”, “Cosplayers” y “Mi vida junto a Sasha Grey” podrían fácilmente leerse como cuentos de adaptación juvenil, de una búsqueda de pertenencia, sin que exista realmente esa búsqueda, es más bien un abandono donde sus personajes no consiguen afiatarse a su propio entorno y fracasan al adaptarse al mundo del que forman parte. El factor común en todos ellos es justamente esa precariedad tanto ambiental como en la capacidad de sus personajes, en la exposición de la insignificancia y de sus derrotas. La banalidad es el factor común: deliberadamente el autor se ha centrado en los sueños pequeños de sus personajes, en sus fracasos más banales, como si fueran caracteres secundarios de sus propias vidas, unos eternos derrotados. “Paraíso” y “Payaso” escapan un tanto de esa norma y conforman una dualidad del crimen del justiciero. Desde ese punto de vista están ligados a los anteriores quizás como una represalia por la ruptura provocada por la sociedad, atribuible tal vez a aquel mismo desencaje que propone la otra serie de cuentos.

Como conjunto, Mi vida junto a Sasha Grey posee un altísimo riesgo del que no logra zafar: ha sido escrito escogiendo deliberadamente lo más pedestre de las vidas pequeñas que ha decidido observar. En ese intento de poner la mirada sobre lo que parece no tener ninguna importancia, se asienta en una materia volátil que no logra hacer de base para sostener los relatos, simplemente porque la anécdota no tiene ningún interés y, por ende, la narración yerra al asentarse en la anécdota misma y no en aquello, sea poco, mucho o nada, de lo que están hechos esos personajes de sueños mínimos.

Porque no es lo cotidiano lo que imposibilita el relato, no es lo pedestre ni el día a día, sino que la forma en que los personajes no han logrado constituirse con propiedad, que se muestran apenas con un trazo grueso, despachándolos con uno o dos clichés, lo que imposibilita verlos en su real miseria o pequeña-grandeza. Y no es que la literatura no tenga excelentes ejemplos de personajes miserables muy bien logrados, como el extraviado alcohólico Geoffrey Firmin de Bajo el volcán, o banales como Ignatius Reilly de La conjura de los necios, de nada más que motivaciones mezquinas. Por el contrario, en este libro es el narrador el que se hace cargo de meramente enunciar las características de sus personajes, y estos quedan apenas esbozados. Sí cabe destacar el lenguaje utilizado, que consigue emular la oralidad sin caer en una torpe imitación, resultando convincente y a ratos bastante bien logrado.

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