Las armas que no disparamos (Mario Guajardo Vergara)

Las armas que no disparamos (2017)

Mario Guajardo Vergara (1985)

Barravento Editores

ISBN 978-956-368-441-4

111 páginas

 

Las armas que no disparamos es el primer libro de ficción de Mario Guajardo Vergara. Antes publicó, según informa la solapa, un ensayo sobre la obra de Roberto Bolaño titulado Y aquí me voy a quedar (2013).

Las armas que no disparamos es un conjunto de seis cuentos, además de un anexo explicativo del autor, que, aunque situados en un ambiente común, poseen cierta diversidad de temáticas interesantes. Los dos primeros, “El comandante, la puta, el detective y el testigo” y “Camino al cielo” abren el libro con ajustes de cuentas dentro de poblaciones santiaguinas, mezclando el primero de ellos razones políticas y el segundo la infamia de la corrupción de las policías. Hasta ahí el libro parece presentarse simplemente como un conjunto que bien podría enmarcarse dentro de una literatura de márgenes sociales, o derechamente de bajos fondos.

Sin embargo, el libro comienza a abrirse y ganar espesor con el tercer relato, en “Sol de perros”, una pequeña historia en forma de diario que narra el enamoramiento de un joven con una mesera, ambos trabajadores de un hotel; ella por necesidad, él por juntar algo de plata para sus vacaciones. Se trata de un relato que se va construyendo progresivamente y que se sustenta en esos personajes bien construidos que permiten mantener la historia. El desenlace, algo abrupto, acusa que estaba destinado a seguir creciendo, algo que se ve confirmado hacia el final del libro, lo cual habla más de la potencia del relato que de sus defectos.

El siguiente cuento es “Betiane”, un relato brevísimo que tal vez sea lo mejor del conjunto; dos niños haitianos contemplan y sufren el trato que reciben en una sala de clases chilena, cómo son tratados por otros niños, el modo en que rápidamente sacamos la bestia que tenemos en alguna parte en nuestro interior. “Las armas que no disparamos”, que da nombre al conjunto, se parea en cierta forma con el primer cuento, “El comandante…” pero logra mayor vuelo gracias a no contar con la persecución detectivesca y la casa de prostitución, ambos argumentos que parecen un tanto manoseados a estas alturas. Así, en cambio, asienta su fondo en los despojos que quedan en aquellos que sufrieron la dictadura, en los restos anónimos en las poblaciones, rotos por un evento que los golpeó pero que no pudieron evitar. Algo de eso también hay en “El comandante..”, sin embargo, su tratamiento no consigue el mismo éxito.

Finalmente “El lenguaje del tapir” parece ser un relato sumamente inspirado por la lectura de la obra de Borges: el encuentro periódico entre el narrador y un haitiano pone en conocimiento del primero la obra inconclusa de semiología del profesor H, que resulta una especie de laberinto sin salida en su inconclusión, y se parea en cierta forma con el laberinto consistente en la desaparición del haitiano de la micro y de la obra misma del profesor, precedida de su muerte en el terremoto del año 2010 en Haití.

Mario Guajardo Vergara tiene un comienzo auspicioso en el mundo de la ficción. Las armas que no disparamos es un conjunto que va creciendo en ambición a medida que avanza y cuyas pretensiones no decepcionan. Más allá de algunas adjetivaciones extrañas, que parecen propias de un malogrado ánimo esteticista, la obra posee un lenguaje desenvuelto que ayuda a conducir sus cuentos hacia buen puerto.

Dos grandes temáticas parecen abarcar todo el conjunto, por un lado el de los despojos de la dictadura en nuestras poblaciones, fuera de toda epopeya, y por otro lado la inmigración y la pobreza, no como caricatura, sino que desde la extrañeza del choque entre dos mundos. El gran logro en esto último está en la total ausencia de caricaturas. La niña de “Betiane” sufre no necesariamente por ser migrante, sino por la estupidez en el trato de nosotros los chilenos. El haitiano del último cuento está puesto ahí no como objeto de examen, sino como origen de una extrañeza, de una diferencia, una que es más cultural que otra cosa, y que así significa el aporte de una mirada distinta y sirve para romper una cotidianidad, para repensar lo cierto. “Sol de perros” escapa, un tanto, de esta dualidad, aunque se desarrolla en un mismo escenario que hubiese merecido seguir siendo desarrollado. Así, consigue crear dos personajes de una profundidad de carácter importante, y en ese sentido está muy bien conseguido.

Es, como conjunto, un libro ambicioso con un buen par de puntos altos que sugieren la gestación de un proyecto escritural.

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