Eduardo Plaza: “Todos tenemos que convivir en esta sociedad cuyo habitus está definido por la hegemonía masculina”

Eduardo Plaza ha sido recientemente elegido para conformar la lista de autores latinoamericanos Bogotá 39 (que en 2007 contó con autores como Junot Díaz, Volpi, Bisama y Zambra) y hoy comienza a alzarse como una de las voces de la literatura chilena de provincia, más allá de los escabrosos límites centralistas de un país que encierra a muchos de sus autores en la ciudad de Santiago.

A su haber, este escritor joven solo ha publicado Hienas, un libro de cuentos con críticas favorables cuyos personajes se pasean entre las relaciones afectivas y  la decepción, con un mundo que recién empiezan a comprender y que funciona como el microcosmos en el que se desarrollan las emociones de sus protagonistas.

Los personajes de tu libro son niños. Algunos buscan su camino mientras otros empiezan a sentir qué es vivir un trauma. ¿Hay algo de tu vida en el volumen de cuentos?

Hay elementos biográficos. Yo nací en La Serena y viví hasta los veintisiete años en Coquimbo. Eso lo llevo conmigo y no voy a intentar despojarme de lo que soy para camuflarme en Santiago, donde estoy viviendo ahora. Mucho de ese sustrato está en las historias de Hienas. Si bien no es autoficción, sí tiene algunos elementos biográficos.

Conocemos de sobra Santiago y la literatura de la capital, por eso zonas como la Región de Coquimbo parece ser menos top al menos para los medios masivos. ¿Por qué este sitio como contexto?

¿Por qué no hacerlo? ¿A los escritores santiaguinos les hacen la misma pregunta? No me gusta la uniformización de la literatura, esa que nos pide hablar en español neutro y centrarnos en las capitales para contar historias que al final terminal pareciéndose todas. Mis personajes caminan por el llano de Coquimbo, van a tomar cerveza al Negro el cero de Guanaqueros y se esconden entre los pasajes de la población Covico porque pueden hacerlo. Y claro que es menos top. Y también es un ejercicio personal: escribo de mi espacio porque tomé distancia de él.

Como dijo Patricia Espinosa, Hienas se aleja de la tan manida ficción autobiográfica y “rechaza el solipsismo”. ¿Crees que el hecho de que los personajes sean sujetos anónimos y ficticios ayuda a esta percepción de tu obra? ¿Qué piensas de esta tradición literaria vigente en Chile?

Hace poco, en una lectura donde me invitaron junto a otros escritores, escuché a Leonardo Sanhueza defender la llamada “literatura de los hijos”, a propósito de una entrevista a Lorena Amaro donde hablaba de que quizá se había abusado de ella. En realidad, creo que no era una defensa a ese registro en particular sino al derecho del escritor a querer hablar de su época. O a hablar de sí mismo. El tema en sí no puede agotarse. Tal vez sí lo hace la forma en que te aproximas a él. Sobre la autoficción, Hienas no lo es y creo que hubo un interés particular de mi parte en que no lo fuera, independiente de que sí usara material biográfico. Mientras lo escribía me fui dando cuenta de aquello. Recuerdo que por esos días leí La comemadre, del argentino Roque Larraquy, a sugerencia de otro escritor. Y pensaba ¿quién está escribiendo La comemadre en Chile? Por supuesto que yo no. ¿Pero no debería alguien estar haciéndolo? Muy probablemente alguien ya lo hizo, estoy seguro, pero no tuvo la atención de nadie. Porque, claro, no es autoficción. Entonces, si la autoficción o si la “literatura de los hijos” ya aburrieron a todo el mundo, ¿por qué se siguen escribiendo reseñas o críticas sobre los mismos libros y autores en los medios? ¿Dónde está la labor del crítico de tender esos puentes?

En la portada se puede ver a una hiena a punto de engullir a un pequeño acongojado, un instante preciso que seguramente lo marcará. ¿Están hechas estas historias de momentos?

En la ilustración original de Hienas el animal salía con un gesto más parecido a una sonrisa, menos amenazante. En el camino la cambiamos y, ahora que me preguntas, creo que debimos haberla mantenido. Porque esos momentos amenazantes nunca se anunciaron así, mostrando los dientes. Fueron más bien engaños, trucos. Hienas está lleno de momentos, de hitos que nos intentan explicar que no hay nada de heroico en sus personajes. Y de hecho, pueden intentarlo, intentar ser heroicos, solo para reforzar la idea de que es inútil, porque todos vienen con un peso encima que no les permite moverse. Como un gran pie que alguien puso y nadie se molestó en quitar. Y ese peso siempre es una herencia que el protagonista aprenderá a dejar intacta para el que venga después. Todos aprenden eso.

La sociedad actual evidencia todo pilar mal construido, como lo es la falta de equidad de género. Esto también pasa en la literatura. ¿Buscan tus creaciones aportar a esa noción de que los hombres también son afectados por un entorno que no les permite mostrar sus emociones? ¿Son los niños de nuestra generación individuos dibujados por su contexto?

Creo que siempre es bueno hacer ese contrapunto sobre el tema del feminismo, porque siento que a veces nos quedamos en las consignas y la gente sale a marchar por lo urgente mientras olvida lo importante. Por supuesto que las están matando, y vaya que es horrendo, es urgente y es importante. Pero el tema no acaba ahí. Todos tenemos que convivir en esta sociedad cuyo habitus está definido por la hegemonía masculina. Y aprendemos reglas implícitas o explícitas desde pequeños, las que incluyen, en el caso de los niños, suprimir toda emoción, poner a prueba permanentemente su masculinidad, estar a la altura de un estereotipo de virilidad ridículo, en resumen, “ser bien hombrecito”. Una mierda. Creo que varios de estos personajes están cruzados por el resultado de esa crianza. Están contagiados, de alguna forma. Pero claro, tampoco es que los hombres podamos salir y poner sobre la mesa esos temas con tanta facilidad, si no somos capaces de hacernos cargo de nuestros privilegios. De despojarnos de ellos.

Háblame de tus jornadas de lectura y escritura: ¿lees muchos libros en paralelo? ¿Tienes un momento preferido del día o de la noche para sentarte a escribir?

Antes tenía esa costumbre de leer dos o tres cosas simultáneamente, pero supongo que dejé de hacerlo cuando bajé la frecuencia de lectura. Ya no leo tanto como antes. Y es porque ya no me concentro como antes. Terminé cediendo ante el mundo de hoy y a veces me sorprendo revisando WhatsApp mientras veo una película en el cine. Una vergüenza. La culpa es mía y de la sociedad. Y sobre los momentos para escribir, no creo tener ninguno, aunque últimamente he estado viajando un poco y he descubierto que me resulta muy cómodo escribir en los buses. Escribo muy poco para mí. Más para el resto. Pago las cuentas escribiendo para otros y esos otros exigen fechas y números de páginas, así es que no puedo ser tan flexible como quisiera.

¿Existen las crisis de los escritores? ¿Crees que sea verdad eso de tener un “oficio” que implica ser constante y responsable con los horarios?

Conozco algunos que escriben más de lo que comen o duermen y otros, como en mi caso, a los que les cuesta parir dos o tres páginas. Quiero decir que la constancia a veces viene por defecto y otros tenemos que construirla. O no. Porque es un proceso súper personal. ¿Qué significa tener una crisis de escritor? ¿No escribir? ¿Cuánto debería escribir un escritor para no considerarlo en crisis? ¿Un libro al año? ¿Uno cada diez años? Qué sé yo. ¿Será que está en crisis cuando él o ella dicen estarlo? ¿O será que ese proceso aparentemente infértil puede producir, con el tiempo, una gran obra? Todos te van a decir que hay que ser constante, no detenerse. Yo no soy constante porque no puedo, no porque quiera creerme otra cosa. Hago lo que está a mi alcance.

En este mismo sentido, ¿pueden los talleres literarios enseñar a escribir a cualquiera si es que se lo propone?

Personalmente he sido parte de varios talleres. Donde más estuve fue en el de Pablo Simonetti, pero también he estado en los de Claudia Apablaza, Camilo Marks y Matías Correa. Cuando llegué a Santiago intenté asistir al de Jaime Collyer, pero los dictaba los sábados como a las diez la mañana. Imposible. Y más que aprender a “escribir”, agradezco haber podido sentarme a compartir. Es muy raro esto de ser lector y más todavía querer escribir. Entonces lees un libro que te vuela la cabeza y ¿con quién lo compartes? Está bien, el gusto por la literatura suele ser más íntimo que, por ejemplo, el gusto por el fútbol. ¡Pero con alguien tienes que conversar! En mi casa en Coquimbo nadie leía. En la universidad, una persona. Los talleres pueden ser esos espacios. No sé si aplica para quienes han vivido toda su vida en ciudades grandes como Santiago. Pero a mí, de una pequeña pero significa forma, me salvaron un poco.

¿Lees crítica literaria chilena? ¿Crees que va bien encaminada?

Trato de leer todo lo que tengo a mano. Es chistoso. Cada tres años se discute por lo mismo. Me entretengo. En lo personal, no me gusta cuando predominan los argumentos ad hominem (no digo que no se puedan usar. Qué seríamos sin ellos), las reseñas meramente descriptivas y el poco pudor de no abstenerse cuando hay evidentes vínculos editoriales o de amiguismo. Y también creo que a veces lo que hay es un poco de frustración de las editoriales: publicaste a tu autor, llamaste a tus periodistas o blogueros amigos para que te ayudaran a mover el libro, conseguiste una página completa en la revista del amigo de tu polola, lo reseñó este cabro buena onda con el que te encuentras en todos los carretes y cuando tienes todo andando, llega el crítico y te mea el asado. Se entiende la frustración. Me pasa a mí también, que soy parte de lo mismo. Es un palo para todos nosotros. Como te digo, trato de leer todo. Menos a Vial, por supuesto. O más bien lo leo para no creerle. Cuando Piglia dice que el crítico escribe sobre su vida cuando escribe sobre sus lecturas, pienso en la vida de Vial.

Parece haber cierto consenso en torno a ciertas obras decisivas en la formación literaria en general (las de los clásicos de siempre: Cervantes, Homero, Borges, etc.): ¿podrías nombrar cinco títulos que no entren en esta categoría que hayan sido fundamentales para ti?

Los cuentos de El vaso de leche, de Manuel Rojas y “La mariscadora”, de Baldomero Lillo. Más que grandes lecturas fueron experiencias de vida, como cuando vives tu primer terremoto. Muy por debajo de ellos: Nueve cuentos, de J. D. Salinger;  todo lo de Carver, con y sin edición de Lish (aunque más sin); La ciudad, de Millán, y Hermano ciervo de Roncone. La lista cambia siempre, excepto por los primeros dos.

Cuéntame qué estás leyendo ahora.

Falsa calma. Un recorrido por pueblos fantasma de la Patagonia, de María Sonia Cristoff. Psicogeografía. Una reivindicación de la no ficción actual. Hay capítulos geniales. Me gusta cómo expresa la identidad de los pueblos en la forma en que se expresan sus personajes. Muy recomendado.

Si existen otros autores que crees que debamos entrevistar, ahora es el momento.

Iba a decir Natalia Figueroa, pero vi que ya la entrevistaron. Definitivamente al poeta Marcelo Guajardo. Los celacantos y otros hechos extraordinarios es uno de los mejores libros que leí el año pasado.

Has sido seleccionado en Bogotá 39, una lista de autores latinoamericanos representativos. ¿Qué significa para ti figurar en esta lista? ¿Consideras que Hienas puede ser una buena carta de presentación para los lectores del continente?

Cuando recuerdas quiénes estuvieron presentes en la selección 2007 de Bogotá 39 no puedes dejar de sentirte honrado de que te incluyan a ti. Como toda selección, siempre queda gente fuera y no es mucho lo que puedes hacer al respecto. Nada, en realidad. Creo que es una súper buena oportunidad para leer a gente que no conocía. Creo que, pese a ser muy local, Hienas puede leerse en todos lados. Eso me deja tranquilo.

Un vídeo de YouTube que hayas visto últimamente

https://www.youtube.com/watch?v=pPD2RYfV6M0

Maravillosa historia sobre cómo no saber lidiar con los problemas amorosos: para dejar de discutir con su mujer, el tipo le inventó que se había ganado la lotería. Ocho millones de libras. Y durante seis meses tuvo que ingeniárselas para vivir una vida de millonario sin un peso. Un genio y un gran pelotudo a la vez.
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