Thoreau dixit o cómo no errar el camino

Aunque por razones obvias el barullo que emana desde las instituciones culturales no es comparable a aniversarios como los de Cervantes o Pablo Neruda, este 2017 es especial: se cumplen doscientos años del nacimiento del filósofo y escritor estadounidense Henry David Thoreau. Sin duda, una efeméride imposible de ignorar  si se quiere hablar del esquivo concepto de “libertad”.Desobediencia civil y otros ensayos Thoreau

El autor de Desobediencia civil se desempeñaba en varias actividades, pero lo que más le definía era su oficio de fabricante de lápices y agrimensor. Para él nada era comparable a pasear un poco entre los árboles, excepto pensar e inventar a partir de ello. Por eso le sorprendía tanto que algún vecino pensara que las notas que tomaba al caminar fueran ideas, no ganancias, no cálculos. Una noción que, por cierto, sorprendía en una sociedad norteamericana que se dirigía inexorablemente hacia el “desarrollo”, algo parecido al éxito.

Sería maravilloso ver a la Humanidad descansando por una vez. No hay más que trabajo, trabajo, trabajo. No es fácil conseguir un simple cuaderno para escribir ideas; todos están rayados por los dólares y los céntimos.

Más que un empleo, su capacidad de observar y medir la extensión que ocupan los árboles y las largas extensiones de terreno constituía su estrategia para llegar a conclusiones tomándose el tiempo necesario, sin horarios, evitando la obligación de tener que relacionarse con otros innecesariamente. Así lo expresa en “Una vida sin principios”, uno de sus escritos más certeros y a la vez una reflexión sobre la sociedad de los resultados y los acuerdos:

En la misma medida que nuestra vida interior fracasa, vamos con más constancia y desesperación a la oficina de correos. Puedes estar seguro de que el pobre tipo que se aleja con el mayor número de cartas, orgulloso de su abultada correspondencia, no ha sabido nada de sí mismo desde hace tiempo.

Resulta aterrador embarcarse en el experimento de reemplazar a aquella oficina con las actuales redes sociales, semilleros de baja autoestima y aprobación. Pero enfocándonos en su contexto histórico, cada una de sus actividades se enlazaban con su descontento hacia la opresión de la vida en sociedad, un sentir retratado en su respeto por la naturaleza, aquella que experimentó en su esplendor al sobrevivir dos años junto al lago Walden. Es este el lugar que da el nombre a su libro más conocido, donde se puede comprobar de qué manera el filósofo intentó concretar su trascendentalismo espiritual al construirse una cabaña y buscarse la existencia.

Tanto en esta obra fundacional de la literatura estadounidense como en sus textos más breves, se percibe que fue el tipo de autor cuya creación es inseparable de su vida privada, aquella que defendió ante cualquier imposición del Estado; ya sea en forma de impuestos, procesos electorales o la mantención de la esclavitud como algo normal. Tal como expresa en muchos de sus diarios, la vida pública se caracterizaba por la mentira constante y una concepción productiva que daba vuelta la espalda a los conceptos que propugnó. Uno de estos, el abolicionismo a través de las armas encarnado en la figura divina del Capitán John Brown, el protagonista del ataque a Harper’s Ferry y a quien dedicó una apología. Además de no soportar la vida ajetreada en los despachos, Thoreau no aguantaba las injusticias.

Deseo saber algo; deseo perfeccionarme. Deseo olvidar durante buena parte de todos los días a todos los hombres triviales y mezquinos (y eso normalmente requiere olvidar también todas las relaciones personales); por eso vengo a estos lugares solitarios, donde el problema de la existencia se simplifica. (Diarios. 1880-1890)

Thoreau Walden cabanaLa vigencia de las ideas de Thoreau en esta época de potencias industriales resulta impactante. Si el escritor evitaba el ruido de la locomotora porque no le permitía disfrutar de los domingos, ¿cuán cómodo estaría en una sociedad en donde las grandes ciudades gozan de un zumbido a todas horas? ¿Cómo conciliaría su idea de “cultivar una pequeña cosecha” cuando los alimentos viajan miles de kilómetros para ser consumidos y obtenidos en supermercados de otras partes del mundo? ¿Dónde se escondería del dominio de los gobiernos que han encontrado alianzas inesperadas en marcas y transnacionales enfocadas en producir sin tregua? ¿Calificaría como esclavitud la producción de ropa cara con sueldos irrisorios en países del tercer mundo? ¿Entendería la proliferación de periódicos solo con el fin de funcionar como “órganos” —como él les llamada— de ciertas facciones políticas?

No merece la pena acumular bienes; con toda seguridad se los volverían a llevar; es mejor emplearse o establecerse en alguna granja y cultivar una pequeña cosecha y consumirla cuanto antes. Se debe vivir independientemente sin depender de nadie más que de uno mismo, siempre dispuesto y preparado para volver a empezar y sin implicarse en muchos negocios.

Mahatma Gandhi y Martin Luther King fueron algunos de los visionaros del siglo veinte que han encontrado inspiración en una obra que descabezó las instituciones que coartan la libertad del individuo. Sus disquisiciones sobre el papel de la prensa a la hora de defender a los terratenientes y gobernantes, la falta de fuerza de voluntad de los legisladores o la liberación inmediata de los esclavos constituyen un eje todavía heterodoxo que sin embargo encuentra hoy su espejo en modos de vida en pleno desarrollo, como el de la autogestión, las asambleas populares o el ecologismo.

Si Thoreau despertara de pronto en esta era se encontraría con que tenía razón; los problemas que lo aquejaron aún pululan por ahí, provocando la congoja de la Humanidad.

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