Leer en español y la cámara de eco de las traducciones

Piedra Rosetta traducción
Piedra Rosetta (Ibex73)

Soy reacio a la primera persona, pero se hace estrictamente necesario.

Hace unos ocho años trabajaba en una librería en el centro de Santiago de Chile. Era verano y cerca de la hora de almuerzo, a pesar del calor y el ajetreo del Paseo Ahumada, era mejor estar fuera que adentro, con un aire acondicionado cargante que habríamos de soportar ocho horas si queríamos cobrar.

Durante esos meses tuve un compañero de lo más erudito, aunque al mismo tiempo el más avasallador que conocí. Una de esas tardes de canícula, entró por la puerta de la tienda el entonces rector de la Universidad de Chile, Víctor Pérez, humilde e incógnito en su andar. Waldo, así se llamaba mi compañero, encendió algo así como una alarma interna y solo se dedicó a seguirlo con la mirada fuera donde fuera; desde Libros Técnicos hacia Novedades, desde Infantil hacia Derecho. Buscaba un libro en específico, pero mi compañero, que evidentemente no compartía sus cualidades, se abalanzó para hablarle de su suficiencia como sujeto intelectual y de lo mucho que le convenía establecer contactos con él, un diamante en bruto de la cultura filosófica y literaria.

Mi par era alguien que no pasaba desapercibido y parecía que siempre despertaba en las mañanas para ir a trabajar y dejar en claro que existía. Otra de esas tardes, antes de siquiera intentar venderle en serio un libro a un lector avezado frente al estante que rezaba “Literatura Universal”, con la segunda palabra en mayúsculas, para recalcar, decidió comentar sin miedo que las ediciones coloridas del primer anaquel estaban mal diseñadas y pensadas, feas, mal editadas, etc. Así dijo.

El hombre solo quería leer a Schopenhauer y a Dickens, pero no tuvo más alternativa que enterarse sin quererlo del ingenio de un vendedor de librería que propugnaba que aquello no era, sin embargo, lo más horrible de la editorial: sus traducciones eran de lo peor en el mercado en español. El “cliente” —que así nos obligaban a decirles— se escandalizó debido a la afirmación, sí, pero mucho más por el desaire paradójico de mi querido compañero, que al parecer daba tres pasos hacia atrás a cada oportunidad que estaba a punto de dar un paso hacia adelante para vender. Sin duda era un excelente personaje para admirar sobre un escenario, pero con seguridad no era un vendedor.

¿Cómo lo sabes? Es que lo sé, he leído a Tolstói y Mary Shelley, y lo sé. ¿Pero cómo sabes eso particularmente? Me lo dijeron sus propios dueños, sus editores, ellos, en una reunión. ¿Sus propios dueños? ¿Pero cómo? Sí, los conocí en un lanzamiento (por supuesto mi colega también era muy sociable laboralmente hablando y adoraba acercarse a los peces gordos), y me dijeron que las traducciones que hacían eran malas, descuidadas.

Nuestro cliente estaba hundido en la sorpresa, como no cayendo en cuenta, y decidió mirarme a mí. ¿Qué más se podía hacer? Entretanto yo me relamía con la situación y tenía solo mis ojos para cobijarme, así que lo miré de vuelta como diciéndole “no sé qué hacer, vete, mejor vete”. El lector, ahora confundido ante tamaños expertos del comercio libresco, se quedó sin literatura rusa y sin la responsable de Frankenstein, y se marchó sin mirar atrás.

Desde ese día todavía no aprendo cómo distinguir una buena traducción de una mala, pero sí he avanzado en el camino para detectar cuándo podemos relacionar una mala edición con una mala traducción. O viceversa.

La cámara de eco de las traducciones

Vivimos en círculos pequeños. Nuestras opiniones son cúmulos de arena que apenas se topan con otros, sin saber o sin querer saber la composición de aquel mundo paralelo, los otros cúmulos, en donde las opiniones son distintas y no comparten todos los fines de semana ante una mesa de conversaciones complacientes.

En el lenguaje de medios de acción masiva, la cámara de eco representa ese sistema cerrado de información e ideas endogámicas en donde nada sale de ahí, reforzando la ilusión de que nuestras creencias no encuentran oposición en la vida real. Según esta teoría, vivimos protegidos por nuestras redes que nos muestran lo que queremos ver y, sobre todo, aquellas opiniones que calzan con nuestra ideología.

Algo medianamente similar ocurre con las traducciones de lenguas extranjeras a la literatura en español. Existen mercados editoriales en Latinoamérica, y por tanto lectores, que alimentan su hambre literaria nutriéndose con traducciones importadas hechas en España, pero ignoran aquel trabajo arduo más allá de la evidencia en la página de créditos de cada libro. Flota el espejismo de que leemos independientemente en nuestra variante sin soporte de nadie.

documental La mujer con los cinco elefantesAl momento de aprehender aquella lengua traspuesta, la nuestra y la de tantos países más, ignoramos al responsable de la traducción porque no figura en la portada, a menos que sea Cortázar traduciendo a Poe. De esta manera, reina la inconciencia sobre la cantidad de detalles que nos perdemos del japonés de Murakami o de los intraducibles juegos de palabras de Shakespeare o Joyce. Muchos escritores jóvenes empiezan su carrera escribiendo en ese heteróclito “español neutro” aprendido gracias a Anagrama, cuidándose de que la comprensión se haga transversal cuando lleguen al estrellato.

Más que una conversión, traducir es hacer una recreación, casi una reescritura que intenta ser lo más vital posible para no extraviar nada. Así lo deja claro, por ejemplo, la historia de Svetlana Geier, la mujer que protagonizó el documental Die Frau mit den 5 Elefanten y que aprendió alemán para sobrevivir durante la invasión nazi. Svetlana tardó veinte años en traducir desde el ruso al alemán las novelas de Dostoievski, minuciosamente, con obstinación, seguramente sufriendo el rigor de la lengua eslava. Una de las imágenes del filme es una mesa polvorienta llena de libros y apuntes, un escenario frío con un aura de despliegue intelectual gracias al cual existen secciones de Literatura Universal en las librerías del mundo que pueden contar con la obra del ruso, más allá de la desidia de libreros mal entrenados.Bukowski 100 poemas traducción argentina

¿Existen buenas o malas traducciones o solo existen traducciones convenientes al contexto? ¿Es acaso el prestigio de una editorial el único factor a considerar a la hora de distinguir entre una traducción aceptable y otra escabrosa? ¿Cómo detectarlas? Por ahora queda conformarse con que haya algunos que se sientan cómodos con el “jolines” de Ignatius y otros que dejan pasar el “si querés descubrir quiénes son tus amigos/ andá a un manicomio/ o a la cárcel” de 100 poemas, la traducción argentina de los poemas de Bukowski. Pero ello no quiere decir que la literatura se filtre correctamente de una lengua a otra solo por recurrir a localismos.

Vivimos en un momento en donde la diversificación y la globalización contribuyen a que en cada país de habla hispana se puedan hacer traducciones directas al español desde lenguas indoeuropeas o asiáticas, ojalá cada vez más africanas. Sin embargo, estamos muy lejos de reconocer que gran parte de lo que hemos leído de literatura del mundo lo hemos hecho gracias a que mercados más abarcadores, como España y México, han distribuido sus traducciones con éxito.

Como siempre, la lectura fiel al original será tesoro de aquel que eluda los conflictos tras Babel y pueda leer sin problemas a sus predilectos en idioma original.

¿Te gustó este artículo?
Tags from the story
More from Luis San Martín

Cuentos para una futura niñocracia (Juan Pablo Sáez-Gil)

Cuentos para una futura niñocracia (2015) Juan Pablo Sáez-Gil Editorial Muchas Nueces...
Read More

Agregar un comentario

Su dirección de correo no se hará público. Los campos requeridos están marcados *