Gonzalo Hidalgo Bayal: La literatura en la que nada pasa

Conversación 2011 Hidalgo Bayal

Antes de convertirse en el prolífico escritor que es, Gonzalo Hidalgo Bayal tuvo que nacer. Este suceso afortunado ocurrió en 1950 en Higuera de Albalat, un pueblo de Extremadura que hoy no tiene más de doscientos habitantes. Como es normal en los pueblos pequeños, más allá de las inclemencias del tiempo o las fiestas calendarizadas, nada pasa. Nada sustancial, es decir, nada nuevo. El ruido es algo raro y no una constante. Las calles están vacías a la hora de la siesta. Los niños salen del colegio y van a comer a sus casas. Los comercios no rebosan ni siquiera para Navidad.

Campo de amapolas blancas Hidalgo BayalEsta es la atmósfera que parece respirarse en sus últimas novelas y recopilaciones de relatos. En los cuentos de Conversación (2011), por ejemplo, sus protagonistas no suelen actuar; más bien acostumbran a reflexionar, pensar, sacar conclusiones, conjeturar y vacilar, sobre todo vacilar. Una condición que muchas veces entrega el exceso de la soledad y la falta de contacto, el tener poco que hacer y mucho que decidir. Tal como aquellos enemigos vitalicios que se necesitan mutuamente y buscan las maneras de no ser abandonados por el otro.

Casi ninguno de sus personajes se mueve realmente o hace algo en el sentido citadino del término. A lo más caminan, que es otra forma de pensar sin detenerse, y generalmente en el fondo de la naturaleza como el protagonista de La sed de sal (2013) o los exploradores en “Corzo”. Lamentablemente esta es una forma de no hacer nada en un mundo encaprichado con los resultados. De hecho, el principal de “Reparación” ni siquiera se levanta de su sillón y solo dedica sus horas a descubrir por qué un hombre sigue una rutina de salir y entrar en un taller cuyo aviso reza “Reparaciones”. Reparaciones que son, al fin y al cabo, modos de aprehender lo que pasa más allá de su ventana en un marco de ficción y realidad que recuerda “La continuidad en los parques” de Cortázar.

Bien es verdad que comprobar si se trataba de una desaparición definitiva me llevó tiempo, porque podía no ver al transeúnte un día pero esperar o temer verlo al siguiente, algo que ya me había pasado con los cinco anteriores y de lo que, por tanto, tenía experiencia, de modo que me dediqué con esmero y con energía (dirá usted que con pasividad y con paciencia, pero yo creo que poseo una gran dosis de energía pasiva y que la paciencia es la forma de energía suprema) a comprobar la hipótesis, la profecía, el vaticinio.

Las artes y las humanidades, y no los deportes extremos, son en gran parte las aficiones de sus personajes. No por nada la literatura de Hidalgo Bayal está repleta de referencias filosóficas, filológicas y lógicas; y con esto intentamos un homenaje a su manejo de los retruécanos, una de las muchas figuras retóricas a las que echa mano el cacereño. Amad a la dama (2001), Saúl Olúas o La sed de sal no son denominaciones en vano. No, estos juegos con el lenguaje no son mera casualidad. Son producto de una literatura que se ha planteado desde la observación, mucho menos Kerouac, mucho más Borges.

Esto es algo que al parecer se ha dado gracias a dos factores: el tiempo que ha pasado desde sus primeras incursiones literarias y el desarrollo mismo de su ars poetica. En un principio, allá por el año 97, se publicaba Campo de amapolas blancas, un libro en el que dos amigos, que por supuesto se conocen desde su infancia en Murania, un pueblo pequeño, se alejan después de confluir en experiencias cruciales: la expulsión del Real Colegio de San Hervacio, algunas noches fumando y viajando por París en donde aprenden felices el español latinoamericano de los setenta… En su sólido argumento, pasan los años y cada uno elige derroteros distintos. Es una narración que fluye de forma muy distinta a como lo hace en sus publicaciones de este milenio, entre axiomas y presunciones. Junto al catálogo de sustantivos propios identificables en la realidad, aquí la división de los capítulos es sistemática y correcta, e incluso llega a brillar una temporalidad que no está cubierta por un caos de párrafos y comas sin descanso. Un estilo que sin embargo constituye una de las mayores atracciones de la literatura del español.Nemo

Es Nemo (2016), su último libro y otro de los editados por Tusquets, en donde su forma de escribir ha alcanzado su punto más álgido. En la historia la narración gira en torno al silencio y sus infinitas consecuencias, tema que el autor lleva al extremo el no-hacer a partir de la llegada de un hombre a un pueblo —de nuevo— en el cual los personajes y los lugares que lo conforman son nombres genéricos. En esta maravillosa novela, al narrador se le va la vida contando cómo se les va la vida a los habitantes de aquel conjunto de casas al tratar de descubrir qué es lo que pasa con Nemo y por qué no dice “ni mu”. Los comensales en un bar y hasta los niños quieren descubrir por qué provoca tanto asombro y admiración un ser extraño que, según parece, piensa todo el tiempo en asuntos sublimes.

Desde que empezó a publicar, la escritura de Hidalgo Bayal no ha sido la misma. Es cierto, la literatura de nadie lo es tras el paso de las décadas. Asi y todo, lo que permanecerá será casi sin ninguna duda ese modo en el que, a la vez que se retrata la naturaleza humana con estupenda precisión, el narrador se evade de las emociones —como ha dicho Luis Landero hace veinte años— para dar vueltas; exquisitas, por cierto, pero vueltas al fin y al cabo. Una estrategia que desemboca directamente en el mar del cerebro, un lugar en el que nada pasa y todo ocurre.

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