Ciudad en llamas (Garth Risk Hallberg)

Ciudad en llamas (2016)

Garth Risk Hallberg (1978)

Literatura Random House

ISBN 978-84-397-3116-0

1040 páginas

 

Ciudad en llamas es una novela coral, épica e inmensa. Inmensa no solo por su extensión, que roza las mil páginas, sino que principalmente por la hazaña que, hoy por hoy, significa emprender y conseguir con éxito la aventura de diseñar la arquitectura de una novela de esta envergadura, que es al mismo tiempo el retrato de una época, la del Nueva York de los setenta, con toda la movida punk fluyendo desde los bajos de Manhattan.

El argumento de por sí es difícil de resumir. Un pequeño evento —el intento de asesinato de Sam Cicciaro en el Central Park— produce una serie de consecuencias que afectan, directa o indirectamente, en un cúmulo de vidas dentro del Nueva York de la época, como si en esa ciudad todas las vidas tuvieran una correspondencia mutua, una interdependencia.

Los personajes, como es de esperar, son múltiples así como sus historias. Está la familia Hamilton-Sweeney, poseedora de una de las grandes fortunas de la época y capaz de modificar el trazado de la ciudad con su poder e influencia, así como con sus malas artes. Entre los Hamilton-Sweeney destacan, por una parte, William, el hermano desadaptado, gay, artista plástico para mayores referencias, y por otra Regan, quien luego de intentar con el teatro es atraída hacia la gran empresa que constituyen sus apellidos. Otro personaje relevante es Mercer Goodman, un buen hombre, negro, venido de Georgia a Nueva York, pareja de William, con quien establece una relación de tira y afloja. Por su parte, William posee o poseyó una especie de alter-ego, llamado Billy Tres Palos, cantante de punk de la desaparecida banda Ex Nihilo, banda que termina mutando en una especie de secta incendiaria autodenominada los Post Humanistas dirigida por Nick Caos.

Despierta, hermano. Mira a tu alrededor. Toda la puta ciudad es una fábrica de injusticias. Puede que te hayan comprado con un poco de algo que te dé miedo perder, un salario o un televisor en color, pero nunca llegarás donde están ellos. Entretanto, mi hermano se pudre en una celda en alguna parte. Tu hermana prepara los cereales de los niños con agua porque no puede permitirse la leche. ¿De verdad tengo que repasarlo todo, en medio de unos disturbios? La versión corta es que estás pillado de algo que nunca te corresponderá (página 928)

Y, a pesar de la descripción anterior, quedan afuera un cúmulo de personajes con historias importantes para la masa del relato. Sin embargo, podría reducirse todo a la historia detectivesca sobre el intento de asesinato de Sam Cicciaro, la estudiante de fotografía, punk, que resulta estar ligada de alguna manera a los Post Humanistas, ello como motor principal de movimiento del relato.

La historia está repleta de música, de imágenes. Además, no solo no está contada linealmente (o no completamente, al menos) sino que además se encuentra intercalada por varios documentos o incisos que nos muestran de primera mano las construcciones o relatos de sus personajes: fanzines, correos electrónicos, ensayos o notas para reportajes, cartas, todo lo que contribuye a colorear el sinfín de historias secundarias que abundan en la novela y que nos adentran en las subculturas neoyorkinas de la época: no solo el punk, sino que también los graffitis, el mundo okupa, el desencanto social, la rabia, los asesinos seriales.

“Más recientemente (ya que, según Sontag, tanto daba una cosa como la otra) sus gustos se habían decantado hacia el reggae y la música disco, dijo William (…). El punk rock, la verdad, era demasiado blanco (…) Los términos genéricos carecían de sentido para Mercer, pero supo que este último comentario había sido para él. Miró a William arrancar trocitos del bollo de pan para tirárselos a una paloma. Miró a un universitario, de unos veintiún o veintidós años, entrarle a una mujer mayor. Miró el sol saliendo desde detrás de una nube y las ramas de los olmos extendidas como los brazos de unas bailarinas y las prendas verdes que tendían al viento. Todo ello incidental, por supuesto, pero era lo que esa ciudad ofrecía que las novelas no podían dar: no lo que necesitabas para vivir, sino lo que hacía que, para empezar, vivir valiera la pena”.

Todas las historias terminan convergiendo en un único momento, que es el famoso apagón eléctrico del año 1977 que dejó a oscuras la ciudad de Nueva York durante toda una noche y gran parte del día siguiente, momento en que turbas se tomaron las calles, asaltaron locales comerciales y destruyeron todo a su paso, como si solo hubiesen estado esperando ese momento para desencadenar un acuerdo mucho antes concebido, en una reacción insólita, de la que hasta el día de hoy se comentan sus causas. Porque, dicho sea de paso, fue una época inestable, de grandes especulaciones, donde hombres como Donald Trump hicieron su fortuna gracias a la adquisición de terrenos anexos a enormes beneficios fiscales.

Hay además, un interesante subtema en el relato: uno de sus personajes tiene la pretensión de escribir la gran novela estadounidense. Mercer, el aspirante a escritor, recurrentemente se imagina interrogado por un entrevistador acerca de esa novela una vez publicada. El entrevistador le pregunta, en este libro de aproximadamente mil páginas, la razón de escribir un volumen tan extenso cuando lo que está en boga es el minimalismo. La respuesta del personaje me parece brillante, ya que explica dicho minimalismo desde la crisis de la confianza de las generaciones actuales: en la política, en las iglesias y en los mercados, en el escepticismo sobre la capacidad de cualquier institución, incluso la novela, para contar “la verdad”. Es así como esta novela extensísima puede al mismo tiempo entenderse como un gesto de oposición no solo al minimalismo tan de moda, sino que a esa falta de confianza que ha abarcado incluso a nuestra propia memoria como medio suficiente para sustentar un relato. Es una forma de volver a construir confiando en las verdades de la ficción, incluso aunque estas sean subjetivas. Y en ese gesto, me parece, existe una profunda belleza.

En suma, se trata de una novela veloz, absorbente, que logra no solo recrear la ciudad sino que principalmente la atmosfera de la época en que se sitúa, y muestra con éxito el conjunto de hilos comunicantes entre las muy distintas capas que la conforman, como si el Nueva York de los setenta se tratara de una única tela de araña que responde a la más mínima vibración terremoteando toda la superficie; el ataque a una joven en el Central Park.

Claro que el relato posee sus bemoles: algún estancamiento hacia el tercer tercio del libro, cuando la narración por momentos parece detenida  a la espera de que algún nuevo evento rompa la inercia de toda esta maquinaria, que podría haberse resuelto tal vez con unas tijeras más feroces. Sin embargo, esto no opaca el resultado final, porque como he dicho, son muchas y más profundas sus virtudes que sus carencias. Y si consideramos que se trata de una primera novela de este autor, las expectativas son aún mayores para el futuro.

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