Matar al Mandinga (Galo Ghigliotto)

Matar al Mandinga (2016)

Galo Ghigliotto (1977)

Lom Ediciones

ISBN 978-956-00-0829-9

148 páginas

 

Matar al Mandinga es una novela que tiende a la fábula. Toma como punto de partida la historia de un joven karateca que, una vez su sensei es asesinado  por agentes del Estado Chileno durante la dictadura militar, asume la misión de asesinar al Mandinga.

—Pero qué me estay preguntando, cabrito, ¿no sabís quién es el Mandinga? El maligno poh, hueón…

Miguel tenía un leve tono de chanza.

—¿El diablo? —musité.

—Sí poh, mamerto, el demonio, el diablo, el Mandinga… Pinochet poh, quién más, si ese conchesumadre es el diablo en la Tierra. (página 43)

La novela está dividida en cinco capítulos o secciones que constituyen el camino que recorre este karateca, cinturón negro, en su aprendizaje y vía para convertirse en alguien capaz de enfrentar al mismísimo Mandinga e intentar acabar con él. Su vía está conformada por una serie de “cicatrices” como se titulan varios de los capítulos, momentos formativos en los que, de una manera u otra, sufre duros golpes que lo irán obligando a crecer.

En principio la novela parece ser una especie de alegoría sobre la dictadura. Y claro, ese es el punto de partida, con el karateca uniéndose a los grupos que intentan rebelarse contra los militares, contra la represión y contra tanto asesinato que presencian y sufren. El karateca es parte de la formación de desprolijas guerrillas armadas que serán desbaratadas por los militares con facilidad y, finalmente, del atentado o intento de ajusticiamiento a Pinochet camino a El Cajón del Maipo. Hasta ese capítulo, el cuarto, titulado “Tercera cicatriz” la novela puede pensarse como una suerte de epopeya contra la dictadura, como una manera de reimaginar la represión militar y las variantes que permiten volver a contar esa historia, convirtiéndola en un mito personal sobre la violencia, las imposibilidades y un escape sólo irreal de una época de agonía y fracasos, donde todos esos años no son más que una gran cicatriz, sea que se recorra el norte o el sur del país, tal como lo hace el karateca en su propio descubrimiento. Y en ese imaginario están los días que bien puede valer olvidar, o construir una nueva historia, totalmente despegada de una realidad nefasta.

—Es el olvido… Datas borradas de la memoria del mundo, perdidos en la succión del demonio… Todo lo allí acontecido fue tachado, su memoria raída de la faz de la tierra, irrecuperable, como si no hubiesen sucedido esos días. Es el daño más oneroso de los demonios, su verdadero triunfo: borrar un círculo de tiempo. Así, pueden hacerse de todo el resto. El hombre no es nada cuando olvida. (página 137)

Porque a pesar de que bien puede ser cierto que el hombre no es nada cuando no reconoce su propia historia, quizás la parte más dolorosa es saber que hay grandes zonas de ella que —aun sabiendo lo anterior— quisiéramos olvidar o reconstruir, o que jamás hayan ocurrido, sea cual sea el procedimiento.

El capítulo final dispara la narración. Titulado simplemente “Z”, hace fugarse esa historia imposible de un karateca que pretende matar al Mandinga, llevándolo a otro plano de existencia donde su enfrentamiento ya no es contra Pinochet como representación terrenal del mal, sino que contra el mal mismo, como entidad constituida en un lugar onírico. Es para aquello que el karateca se ha preparado toda su vida, y sólo tras su muerte está listo para hacerlo. En ese momento la historia crece o muestra su real dimensión: exceder la temática de la dictadura militar y encarnar la idea de mal como algo que ha estado presente en todas las épocas de la humanidad, como una entidad unificada que maneja a sus marionetas, sea cual sea el nombre que adopte en los distintos estadios de la humanidad. Y es el protagonista, el karateca que ha olvidado su nombre para constituirse en nada más que en misión, quien lo enfrentará.

¿Pero qué es la guerra contra el mal? Otra vez, una imposibilidad.

Matar al Mandinga, como decía, es más una fábula que una novela, al tener como centro una propuesta ética, al figurar al mal como una entidad superior que atraviesa las épocas, en constante lucha contra los más desvalidos, contra los hombres de rodillas, los derrotados y muertos de cada masacre. Se trata de una novela ambiciosa en sus intenciones, original, que probablemente sea situada como otra novela sobre el Golpe Militar y la Dictadura pero que, sin embargo, propone una mirada distinta sobre dichos acontecimientos, una mirada que evita ceñirse a los supuestos hechos establecidos y que, por el contrario, prefiere con inteligencia remitirse al imaginario de un personaje ficticio, transformando una época en mística y a la intención liberadora de un pueblo en epopeya heroica, donde el karateca es una suerte de Dante vagando por el infierno en que se ha convertido Chile, de sur a norte, hasta llegar a enfrentar al mismísimo Mandinga. Es una novela que podría haber fracasado fácilmente en los clichés del género al que echa mano, a la historia manida de formación del karateca, pero que desde aquel absurdo —que es utilizado de forma totalmente deliberada por el autor— le permite reimaginar una época que también podríamos llamar absurda, incomprensible, y tratar de explicarla desde un punto de vista mayor. Y ese procedimiento solo es posible gracias a los medios que inteligentemente ha escogido el autor y que, más aún, permiten discutir con el libro.

Uno de los últimos capítulos de La dimensión desconocida, de Nona Fernández, esboza también un punto que esta novela afronta por otra vía. En esa escena el marido de la protagonista recuerda la novela Frankenstein, como parangón del mal causado por la Dictadura Militar, por todos su agentes. Recuerda que el monstruo se autoexilia al Ártico al final de la novela, luego de haber cometido todos los crímenes. La protagonista apunta que el monstruo “no eligió ser lo que es” y que, más todavía, su arrepentimiento debe tener algún valor. Su marido indica que “Puede tenerlo (…). Pero eso sólo lo convierte en un monstruo arrepentido”. Porque esta novela permite peligrosamente juguetear también con esa idea, desde su propuesta ética. ¿Es el mal algo superior al hombre? ¿Una entidad separada pero unida en lo cotidiano? Y desde ahí, cabe preguntarse entonces por la responsabilidad de sus ejecutores, una pregunta peligrosa por cierto, pero que este libro pone al frente de la discusión.

 

 

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