El spleen del desierto: sobre “Pinochet boy” de Rodrigo Ramos Bañados y “Geometría del desastre” de Jorge Cifuentes Castillo

“Aquí los apellidos sirven de etiqueta para saber quién eres, de dónde vienes o por último si tienes el dinero o el respaldo (lo llamaría prestigio) suficiente. De lo contrario serás un bastardo, como me lo han dicho, insulto a que estas alturas me resbala por la grasa acumulada”, anota Ramos Bañados al comienzo de su novela. En la novela de Cifuentes Castillo leemos: “¿Sabes lo que me pregunto?, le dije a Quinsacara. Si nosotros, Carbonell, yo o tú mismo terminaremos siendo parte de ese tipo de escritores infames. La pregunta me paraliza. ¿Sabes? Estoy parado en medio de ese abismo, el que separa a los eternos emergentes a los poseros y a los escritores de verdad”. “Pinochet Boy” y “Geometría del desastre” comparten un territorio común: mientras en la primera tiene Iquique como centro de operaciones de un periodista que, en su intento por moverse más allá de los registros propios de su ámbito académico, se transforma en una versión extraña de Frank Serpico: un paria en medio de una tropa de sujetos infames; en la segunda, es Antofagasta el lugar donde el narrador y su cofradía deambulan jugando a ser escritores, interrogando desesperadamente a la literatura desde el corazón mismo del desierto, con todo lo triste y caricaturesco que eso puede tener. El norte, en ambas novelas, se configura como un lugar en donde los círculos literarios muestran su faceta más grotesca: poetas de cuarta, escritores dizque famosos financiados por la gran Minería, entre otros.Pero vamos de a uno.

portada_pinochet-boyGeometría del desastre es la primera novela de Jorge Cifuentes Castillo. Antofagasta, en este caso, es una excusa para desplegar una narración que merodea en torno a la pregunta por la escritura. El narrador, joven típicamente provinciano atormentado por ciertos clichés literarios —la frontera entre arte y vida, el tedio de vivir fuera de la ciudad cosmopolita donde todo sucede, la fauna de escritores como un mundo miserable lleno de canallas—, deambula por bares con Quinsacara y Carbonell, voces que le permiten a Cifuentes intentar registros, armar una sala de operaciones. En una “Nota de Carbonell”, por ejemplo, leemos: “El azar de las calles es inevitable. Nada ni nadie puede sustraerse a él en algún momento. No es un misterio, ni un absoluto, ya que está determinado por el choque de voluntades por la yuxtaposición de imágenes que la conforman. La ciudad es una suerte de entramado, una especie de mosaico incomprensible, semejante a un animal creado con partes de diferentes animales muertos. Algo así son las ciudades para mí”. Geometría del desastre, en este sentido, puede leerse bajo el lente de lo que Tabarovsky postula en Literatura de izquierda: Cifuentes Castillo va ensamblando interrogantes para hacer de literatura “un descanso, un pasatiempo, un extravío”.

Ese extravío, deriva de la escritura, permite también preguntarse por la pérdida de las narraciones totales y totalizantes. En el fragmento 11, por ejemplo, leemos: “Pasé más de una hora sentado en el sillón escuchando “Unknown Pleasures” y leyendo el capítulo de “El gran inquisidor” de Los hermanos Karamazov. La lectura me hizo pensar que, a partir del actual estado de cosas, no tendría sentido hacer literatura a partir de esas grandes visiones”. O este otro: “Lo creo firmemente, pero también es cierto que la literatura está llena de historias tremendas. El problema es la forma que le das a la historia para que le haga justicia a las ideas que la sostienen. Y la forma no es sino otro nombre para la resistencia del escritor frente al acto de escritura”. La novela de Cifuentes se mueve en esa constante interrogación, despojada completamente de cualquier ingenuidad en torno a la escritura y sus procedimientos. Una geometría de un desastre que no es otro que el de la literatura misma. 

En Pinochet Boy, Ramos Bañados hace del Chile posdictadura un páramo donde germina un tedio que crece como úlcera o cáncer en plena metástasis. El procedimiento es sencillo: “No es Mirko ni Pedro quien redacta esto lo aclaro para quienes me conocen o conocieron, sino Leonidas, como el héroe espartano, la última esperanza”. La novela se sirve de esta suerte de personalidad escindida para armar el Bildungsroman de la transición: la decepción hacia el proyecto democrático que administró el modelo político-económico que se gestó en dictadura, la expansión del arribismo como ethos y el sálvese-quien-pueda brutal del neoliberalismo. Por Pinochet Boy, entonces, deambula lo peor del bestiario nacional: la clase alta cocainómana, publicistas carroñeros, escritores que son como pequeños tumores enquistados en la institucionalidad cultural chilena, evangélicos que hicieron del protestantismo latinoamericano una forma de conjurar la miseria con el delirio mesiánico y el éxtasis dominical. Leemos, por ejemplo: “El abuelo, hijo de la viuda de un veterano de la guerra del guano y con seis hermanos mayores, entró a la Iglesia Metodista, la iglesia del barrio, en busca de chicas, y encontró a la abuela. Ignoro si fue un amor fulminante, pero al poco tiempo el abuelo de Mirko pidió la mano de su abuela y ambos se casaron en la Iglesia metodista. No pasaban los 25 años. Para la abuela —que aborrece la imagen relajada de la juventud, a la que califica de alcohólica y drogadicta, quizá esto sea por Mirko—, la vida después del matrimonio se partió en dos prioridades, ordenadas así:

  1. Atender al marido.
  2. Criar a los hijos.

portada-geometria_chLa iglesia, en tercer lugar, era para las relaciones sociales”. O también: “El hombre desciende del mono, mamá. Lea la historia criminal del cristianismo de Karlheiz Deschner, mamá. La mamá tenía claro que Mirko se iría al infierno y se lo hacía saber. Para ella era triste no poder encontrarse con su hijo en la vida eterna. Por esa razón, insistía en que estaba equivocado. La imagen del infierno de la mamá era clásica: el diablo en medio del fuego esperando a los malos, pero los malos pueden arrepentirse en el último segundo e irse al cielo. Pinochet, quien dijo: si hubiera sido dictador todavía estaría gobernando, se pudo haber arrepentido, claro está, y hoy sería uno más en el cielo”. Contra la ilusión postideológica que se instala con la política de los consensos, Ramos Bañados dibuja un panorama donde los maniqueísmos parecen ir radicalizándose en formas sublimadas a través del mercado o la religión. Pinochet Boy podría ser una “novela de hijos”, pero de hijos desgarrados y rabiosos, sin concesión alguna a la emocionalidad tipo Los 80 o, al menos, en búsqueda constante por escapar a ese molde donde el país aparece pintado en tonos vintage.

Hay en ambas novelas ciertos vasos comunicantes que las hermanan en su, digámoslo así, spleen: tanto Ramos Bañados como Cifuentes encuentran en sus respectivas ciudades un lugar despojado de cualquier añoranza, desangelado a fuerza de aburrimiento, golpeado en igual medida por el abandono centralista y los pequeños desastres que la industria minera ha ido sembrando. Pinochet Boy y Geometría del desastre son ejercicios de guerra, pero una guerra solitaria y triste librada contra un país enfermo. Ambos autores intentan lidiar, a su manera, con la literatura como desarraigo, la escritura como gesto que descoloca y busca descolocar.

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