La dimensión desconocida (Nona Fernández)

CUB CHILE El diario de Tita.inddLa dimensión desconocida (2016)

Nona Fernández (1971)

Literatura Random House

ISBN 978-956-9766-27-5

233 páginas

 

Durante este año se han publicado varias novelas que, como esta, tienen su temática en la dictadura militar vivida en Chile. Antes de leer La dimensión desconocida, ya habían pasado por mis manos tanto la novela de Marcelo Leonart títulada El libro rojo de la historia chilena, así como la última publicación de Cynthia Rimsky El futuro es un lugar extraño. Cada una tiene sus atributos. Cada uno de estos escritores aborda su propia forma de ver y haber vivido la dictadura desde un punto de vista valioso, subjetivo como lo es cualquier experiencia personal. Sin embargo, creo que ninguna de esas novelas consigue lo que esta La dimensión desconocida logra con tanta largueza. Y es que Nona Fernández, como siempre en sus libros, logra construir lo doméstico, aquello que reviste el carácter de íntimo, cosa que no es para nada simple considerando que aborda un tema que posee el caracter de nacional, algo que de cierta forma nos ocurrió a todos en distinto grado y que hasta el día de hoy tiene reverberaciones en nuestra vida.

Un hombre se acerca a una periodista. Va hasta la misma revista donde ella publica, revista Cauce. Esto en plena dictadura militar, cuando aún se logra mantener un velo sobre la veracidad de las muertes, asesinatos y violaciones que hoy son por todos conocidas. Es un soldado. Se presenta. Se identifica como miembro de las Fuerzas Armadas. Aquello no es tan simple, la periodista teme, especialmente considerando que la revista Cauce es una revista con publicaciones contra la dictadura. El hombre, el soldado va con ella porque ya no lo soporta más. Como hombre, como ser humano ya no puede más con la culpa y con el silencio. Se confiesa ante ella como un torturador, como parte del brazo represivo del Estado. Como testigo, también, de tantas muertes injustas, tantas torturas que no ejecutó él mismo pero que vio, que supo, que quizás no ejecutó pero que contribuyó de cierta forma a que se ejecutaran. Es un hombre roto. Es Andrés Antonio Valenzuela Morales. Fue la primera persona que, desde su posición como funcionario de las Fuerzas Armadas en Chile, habló y reconoció las torturas del Estado chileno a sus ciudadanos. Y lo hizo dando nombres y apellidos, referencias de lugares y métodos. Y lo hizo ante la prensa, lo hizo público. Esto no es ficción, esto ocurrió así en nuestra historia. Y de ese hecho cierto Nona Fernández se afirma para sostener todo un relato sobre la vida bajo el régimen militar.

He dedicado gran parte de mi vida a escudriñar en esas imágenes. Las he olfateado, cazado y coleccionado. He preguntado por ellas, he pedido explicaciones (…) He saqueado cada rincón de ese álbum en el que habitan buscando las claves que puedan ayudarme a descifrar su mensaje. Porque estoy segura de que, cual caja negra, contienen un mensaje. (página 65)

Pero este no es un texto periodístico, y aunque puede ser enmarcado perfectamente dentro del esquema de una novela, es simple detectar a la propia autora en la narradora en primera persona, en su vida de niña que reconoce este mundo en el que le tocó nacer, en su extrañeza y perplejidad, en su dolor juvenil, en la represión que vio en su entorno, en el dolor de todo un país.

Andrés Antonio Valenzuela Morales en el libro funciona como la excusa perfecta; es una especie de activador del recuerdo más que el protagonista, es su Magdalena de Proust. La protagonista es la narradora sin nombre, es esta “actriz decadente y solitaria que toma whisky el día entero intentando descifrar imágenes añejas que se repiten y repiten” (página 75), es esta mujer que ve a su hijo con sus amigos e intenta imaginar la vida de ese otro muchacho de apenas quince años que perdió a su familia, que transitó de casa en casa siempre escapando de los organismos de represión, y que escapó de entre las balas en un acribillamiento que ante las cámaras de televisión fue puesto como una lucha contra extremistas, extremistas que no se defendieron, que ni siquiera tenían armas.

La belleza de este relato no es el cómo enfrenta la temática de la dictadura, que sí está ahí desarrollada a cabalidad, sino que es más bien este mecanismo claramente expuesto al lector a través del que la narradora va desenmadejando sus propios pensamientos e imaginación sobre todo aquello que conoció y vivió, sobre esas velas que en recuerdo se encienden en una esquina, sobre su compañera de colegio que un día jamás volvió a clases, sobre el hecho de reconocer al padre de esta otra niña frente a las cámaras de televisión como autores de un degollamiento, todo por motivos políticos, inhumanos, como lo es cualquier asesinato.

Cuánta vida se pierde cuando se vive así, cuando se nace en los albores de una dictadura y cuando toda nuestra juventud y con ello nuestro carácter se forja en ese ambiente enrarecido, duro y falso. La narradora va exhibiendo sus propias llagas, no las de las inmensas y horribles matanzas, sino que sus pequeños miedos de mujer, madre, pareja, y con ese gesto que siempre sirve de contraste entre su “pequeña historia” contra esta otra gran historia de nuestra dictadura, es que logra una cruel belleza, consigue darle perspectiva a los hechos ocurridos, y así los muestra en su inmensa magnitud. Insisto, el gesto de saltar desde lo más domestico a esto que es tan grande que no es posible mostrarlo sin insensibilizar al lector es de una profunda sensibilidad y belleza, valga la redundancia.

“En una vida que no tuvo, lo sentaríamos a nuestra mesa para que comiera un pedazo de torta y le diríamos que se quedara en esta casa el tiempo que quisiera. Que no es necesario seguir trepando más y más muros.” (página 154)

Creo no equivocarme, pero este conjunto de recuerdos quizás ficcionados, quizás imaginados o reconstruidos desde la obsesión de quien vivió y tuvo ojos y oídos para realmente ver y oír, se enmarca seguramente entre las obras más importantes sobre nuestra dictadura. Han pasado más de treinta años. Y ha sido imposible olvidar, es más, no queremos olvidar, quizás queremos sólo recordar. Pero ahora, por fin, algunos parecen tener la distancia suficiente como para ampliar el campo de visión y mostrar el dolor de toda una época, desde la ficción tal vez, desde las verdades personales, desde la subjetividad. Pero qué más verdad se puede pedir, que aquella que se ha construido desde la experiencia personal.

Nona Fernández consigue construir un relato de una belleza terrible, de toda una época también terrible, del que no se pasa la última página muy bien parado como lector, sin haber sido golpeado en algún lugar profundo. Porque nos demuestra que sí, que tal como dice la novela de Hemingway citada hasta el hartazgo —sin que por eso hayan perdido ni una pizca de su sentido—, las campanas doblaban por todos nosotros, y siguen retumbando.

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