Entre lutos y desiertos (Gonzalo Hernández S.)

tumbas Entre lutos y desiertos (2016)

Gonzalo Hernández S. (1978)

Tajamar Editores

ISNB: 978-956-9043-99-4

282 páginas

 

Gustavo Huerta, el protagonista de esta novela  —quien ofició de detective en la primera publicación de Gonzalo Hernández, llamada Colonia de perros— es un hombre de treinta y tantos, que la mayor parte del tiempo pasa drogado, volado, curado, empastado o en vías de proveerse los medios para hacer cualquiera de las anteriores cosas. Es más, cuando la novela parte, lo acompañamos a Ovalle con el fin de conseguir marihuana en cantidad; porque ha aprovechado de profesionalizar su afición, así que ahora su sustento es la venta de yerba. Y no es que vaya, compre y vuelva, no es que se preocupe tampoco porque en su casa está su pareja esperándolo. No, él va y empieza la conversa, luego aparecen las piscolas, alguien enrola un pitito y empieza la fumarola a la que siempre llegan otros amigos, y ya pasa un día, una noche, total, qué más importa volver ahora o mañana. Así, desde el primer capítulo sabemos con qué calaña de personaje nos estamos metiendo para convertirlo en héroe, y adivinamos que nada podrá resultar muy bien.

Pero al volver a Copiapó se da cuenta de que Francisca, su pareja, no está en el departamento. Desde ahí comienza la intriga de esta novela negra, que con cada paso va profundizando en la pérdida y búsqueda de esta exestudiante de Derecho, carrera que abandonó ya que le era imposible seguir pagando su crédito universitario.

Francisca es o era una activista política, participaba activamente en una ONG que buscaba echar por tierra los intentos de explotación minera de Pascual Gold, una megaempresa que ha conseguido, a través del coimeo, la compra de voluntades y el callar disidencias, cosa que lamentablemente suena muy familiar, echar a andar su proyecto sin contemplar las consecuencias ecológicas y de salud en los lugares donde se instala. Nos enteramos más tarde que, desde su trabajo en la ONG, Francisca ha conseguido, dentro de sus escasas posibilidades, demorar y entorpecer las actividades de la empresa, al punto de significar un riesgo real en conjunto con dicha organización.

Pero la protagonista no es Francisca, ella es simplemente la ausente. El protagonista es Gustavo Huerta, un tipo más bien perdido en la vida, “nihilista” si nos aferramos a la propia definición que hace él hace de sí mismo. Sobre Gustavo se sustenta todo el relato y sobre la sucesión de errores y horrores que comete, porque Huerta es un imbécil la mayor parte del tiempo y lo sabe, y actúa en consecuencia.

Camilo Marks ha dicho en más de una entrevista, y creo que también en alguna de sus publicaciones, que el gran problema de la novela policial en Chile es que acá nadie cree en el sistema de justicia, es decir, agrego yo, que acá nadie esperaría que las policías capturen al culpable de un asesinato, o que los tribunales —luego de un juicio digno de Harper Lee— encierren para siempre y sin posibilidades al corrupto de turno. Y ahí hay un aspecto de verosimilitud que entrampa las posibilidades de dicho género. ¿Qué hace, entonces, Gonzalo Hernández, más o menos consciente de esta limitación? Crea este personaje nefasto, que ni siquiera merece resolver el secuestro y sus motivos, y lo pone a luchar contra una fuerza que sabe en todo momento que es mayor que él. El libro está construido de forma tal que hasta los métodos para avanzar en la búsqueda resultan viables. Por ejemplo, los policías acá no son un medio fiable de resguardo, sino que las únicas veces que es posible recurrir a ellos es porque alguno de los personajes tiene algún contacto o pituto que lo ayude a destrabar una situación en particular. Tampoco los personajes se las dan de héroes intentando echar abajo a la gran empresa, saben que la sola idea es desproporcionada y ridícula, que ese tipo de compañías está tan enquistada en el mecanismo político que no solo es inútil intentarlo, sino que perjudicial para sí mismos.

Y en ese contexto la construcción de Huerta, el narrador y personaje principal, es un gran acierto. Porque Huerta es un miserable, no solo por sus escasos recursos sino que por sus poquísimos principios, por su acomodarse a la vida tal como esta viene, sin ningún tipo de moralidad que lo entorpezca; no es que sea un encantador-desvergonzado-con-carácter, ni siquiera un personaje misterioso: es más bien un patibulario, el microtraficante del barrio, alguien que reniega de la sociedad pero que sabe muy bien que antes la sociedad ha renegado de él y de los de su tipo.

Se trata, en suma, de una excelente novela que logra con efectividad construir un relato muy actual, y que cumple con la principal promesa que un lector espera ver cumplida de una novela negra, y esta es que a través de un relato ágil, veloz, el autor no solo consiga desenmarañar un misterio o delito con inteligencia, sino que mientras hace tal cosa, sepa ser reflejo y crítica mordaz del estado de las cosas en un país, tratando en Entre lutos y desiertos temas que van desde la corrupción política hasta la indolencia de quienes hemos llegado a ser, pasando por la imposibilidad doméstica de pagar los estudios de quienes acceden a la universidad con mayor dificultad, a los modos en que las grandes empresas desarrollan sus explotaciones sin el más mínimo respeto de cómo destruyen los recursos y sus consecuencias, todo ello con la aquiescencia de las clases políticas y dominantes.

Y Huerta, bueno, quizás él no sea el peor de todos nosotros. Quizás no es más que lo que buenamente esta sociedad, con sus vicios y escasas virtudes que le reconoce el libro, le ha permitido a duras penas ser.

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