Dramas pobres (Claudia Rodríguez)

Dramas Pobres

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Dramas pobres (2016)

Claudia Rodríguez

Ediciones del Intersticio

97 páginas (más fanzine)

 

♦ Hay una escritura que no cabe en una editorial boutique ni se expone en la sala de relaciones públicas que llaman librería. Una que viene desde la pobreza y la calle, que no ha sido domesticada ni puesta de moda. Quién sabe si eso llegase a ocurrir. La Editorial del Intersticio ha abortado su primer “monstruo”, como lo llaman, un volumen que cruza la estética del fanzine con el de la poesía caligramática de Claudia Rodríguez, performática poeta travesti, activista transterrorista.

♦ Claudia Rodríguez dice que este, su primer libro, es una “producción del fracaso”. Nada más alejado de la verdad, al menos en lo que a la presencia de este objeto se refiere, otra cosa es la pérdida y bestialidad que representa su pluma travestida, cáustica y llorada.

♦ Por un lado está el libro y al final un fanzine que lo replica, con sus muletillas: el collage, la fotocopia, el texto vertical, las ilustraciones monocromáticas, el tamaño inferior. Un hermano menor que ha parido una bestia, una economía (de la feria, del mimeógrafo) que invierte la referencia y vomita en vez de tragar. Hay un juego que esta escritura permite, la misma posibilidad del horror y lo bello, del equilibrio del capital permitido por la periferia (a la que lo institucional niega relevancia), justo ahí entonces viene y dice sobre la travesti que hace la calle: “Permanecer siempre dispuesta es participar en la economía del cuidado (…) por ello, podríamos estar sosteniendo, sin recibir nada a cambio, al capitalismo y las revoluciones”.

♦ Un libro como falla, confeccionado por una escritora que se autoflagela a cada página, que se da caricias que parecen cuchillazos a las muñecas. “Cuando vi morir a King Kong supe que era a mí a quien la industria estaba matando. No se puede ser tan grande, tan fea y vivir en el centro de la ciudad”, dice Rodríguez usándose como sparring.

♦ Por un lado, está el libro cuya tapa ilustra flores que a la vez son falos y vaginas, y por el revés no hay más.

♦ Todo lo que hay detrás de la poesía de Rodríguez es ciudad, y esta funciona tanto como medio y distancia de sí misma y de sus amantes y de su trabajo: “Caminar por Vicuña y bailar y tomar un copetito mientras pasa la hora”. La ciudad que centrifuga y deja a los personajes nocturnos en el extrarradio una vez amanece, las calles que hablan “del espacio baldío que implica ser travesti”, vampiros que chupan y comen cuando las familias duermen, pero que atienden a los padres saciando un hambre secreta con esos cuerpos artificiales porque zurcidos en el quirófano.

dramaspobres_pag39♦ Cuenta Germán Marín que no podía escribir luego del 11. Algo similar refiere Juan Balbontín. Rodríguez añade: “Cuando hablo de ser analfabeta, también estoy hablando del miedo que ha significado tener una voz después del Once de Septiembre, porque también nacimos aquí”.

♦ Quizás el fracaso sea de parte del mundo que la levantó en la clandestinidad, que no se la pudo con ella ni con el monstruo que creó. El sistema como fracaso, como máquina fallada que teje sujetos trastornados y dolientes, con la médula pobre y el hambre a cuestas: “El progreso del Estado no chorrea hasta la periferia. A los pobres el sol veraniego no nos bronceará parejito”.

♦ “Dicen que no sé contar historias y desde que me diagnosticaron de incomprensible, enmudecieron la ciudad que llevo dentro”. ¿Qué será tener una voz que no puede contar más que la grieta que es el mundo –que es el cuerpo? Es también contar un amor maltrecho, un imbunche que desea también a ese Rucio que conoce en las visitas al carrito del mote con huesillo, al que le escribe y previene, al que reconviene y cela, al que quiere mantener cerca pero luego aleja.

♦ Refiere Piglia, hablando de la posibilidad de transmitir la verdad: “Hay que tener, decía Brecht, el valor de escribirla, la perspicacia de descubrirla, el arte de hacerla manejable, la inteligencia de saber elegir a los destinatarios. Y sobre todo la astucia de saber difundirla” (“Una propuesta para el próximo milenio”, en Antología personal, FCE, 2014). A lo que habría que agregar que la verdad, si existe, no puede ser sino la fantasmagoría de la añeja, de esa que era única e inamovible. Si hay verdad esta no puede sino existir en su mismo desplazamiento, en la misma huella que dejó. “Mi tema es escribir de la forma y de las cosas que según el mundo nacieron maltrechas”, dice Rodríguez. Una vindicación de la monstruosidad y de la pena llevada con el brillo del maquillaje, que cubre la carne fatigada y canta las pequeñas glorias de soportar el horror cotidiano del pueblo invisible que habita el borde.

♦ “Él me mintió, pero yo le dije toda la verdad: soy travesti”.

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