La construcción de los destrozos (Egon Álvarez)

13933049_975517359225884_571049898_nLa construcción de los destrozos (2016)

Egon Álvarez (1979)

La Polla Literaria

145 páginas

 

“Prefiero no saber”, el primero de los relatos de La construcción de los destrozos de Egon Álvarez (editorial La Polla Literaria, 2016), marca el tono y los temas de las siguientes piezas del libro. Su personaje, un fotógrafo famoso por conseguir instantáneas artísticas en medio de escenarios bélicos, es contratado para hacer una foto publicitaria en un país en estado de catástrofe. Este fotógrafo, cínico y cómodamente olvidadizo, desarrolla su relato y su pensamiento respecto a lo poco bondadosas o derechamente sucias que son a veces las llamadas causas humanitarias, y respecto a las cosas que, según él, conviene pasar por alto.

A diferencia de los personajes un tanto victimizados de su anterior libro de cuentos, El show de los incompletos (Contracorriente Ediciones, 2012), acá las historias tratan sobre hombres superdotados o, mejor dicho, con un don. Pero de algún modo ambos libros se complementan. En ellos hay una inclinación clara hacia el tema de lo roto, y pueden considerarse una indagación sobre el mal, o más precisamente sobre la injusticia, aunque vistas desde perspectivas opuestas.

En el segundo relato, “Sin mirar atrás”, el lector asiste a la trama de un asesino a sueldo. En el tercero el personaje es un francotirador que no falla un solo tiro. En otro cuento es un farmacéutico que terminará usando las facultades que le da su oficio para otro fin. Así, casi todos los personajes están lejos del hombre común o al antihéroe. Son todos, pues, una especie de hombres idea, o hombres que encarnan algún tipo específico de poder. Y como tales, es inevitable que a ciertos lectores nos parezcan algo emocionalmente distantes. A veces, de hecho, por el tono muchas veces neutro que toman los relatos, da la impresión de estar leyendo una traducción, y esta sensación se refuerza extrañamente con el formato físico del libro, que parece una versión pirateada de sí mismo. Y en este detalle me detengo un poco: quizá se echa de menos un manejo de los detalles que nos los acerque y cree una sensación de realismo, pero por lo visto a Egon Álvarez no le interesa que nos parezcan humanos, o al menos creíbles. Lo que parece interesarle es desplegar una especie de conceptismo o puesta en marcha de una reflexión en medio de relatos con tintes fantásticos. Para eso están estos hombres-idea, para mostrarnos las historias retorcidas que algunos poderosos se cuentan a sí mismos para convencerse de que sus intenciones son buenas. Todos estos despliegues tienen algo de fábula para poner en escena una suerte de ensayo ficcionalizado sobre ciertas ideas. Sin embargo, no dejan de funcionar como cuentos.

Hay dos piezas que se desmarcan de esa descripción: “Un encierro irremediable”, cuyo humor me recuerda en algún grado a Swift, y “Coro de ballenas”, que vendría a ser el más poético de sus cuentos y podríamos considerar el tributo o versión de Egon Álvarez para Todos los fuegos el fuego.

En general las ideas –o los plots– de Álvarez son, no exagero, desternillantes, y su imaginación es hermanable con la de otro escritor chileno poco conocido, la del José Edwards de La imposible ruptura del señor Espejo, un libro notable cuyos cuentos suelen partir con ideas brillantes y lamentablemente muchas veces terminan malogrados por cierta timidez de última hora de Edwards, cosa que no suele pasar con los de Álvarez. Ambos son, a su modo, unos moralistas, pero Álvarez lo disimula mucho mejor, y ciertamente cierra mejor sus relatos; no tiene cuentos mal rematados o con finales dizque abiertos.

Por otro lado, quizá sea importante señalar que así como Álvarez es algo pariente de Edwards, también hay otros narradores chilenos recientes que, aunque en rigor no califican como autores de literatura fantástica, sí utilizan elementos de ese género. Entre ellos están, por ejemplo, Federico Zurita (Lo insondable y El asalto al universo) y José Luis Flores (Las bestias). Sería bueno verlos como una generación o un conjunto o algo así. Podrían ser un contraveneno interesante para aquellos que sufren por el supuesto imperio de eso que llaman autoficción.

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