Roth desencadenado (Claudia Roth Pierpont)

1459272789_349341_1459275073_album_normalReseña por

Pablo Cabaña Vargas

 

Roth desencadenado (2016)

Claudia Roth Pierpont

Random house

ISBN 978-84-397-3112-2

427 páginas

 

Casi al término de la primera biografía escrita sobre Philip Roth, Claudia Roth —su autora, quien comparte sólo por coincidencia el apellido con el autor—, deja caer una frase al azar, como una pista abandonada en el camino: ésta es sólo la biografía literaria, pues más adelante viene la real, la convencional, la de su vida.

Todos quienes hemos tenido un acercamiento con la obra del autor norteamericano, nos surge de inmediato la siguiente inquietud: ¿será necesario conocer esa segunda biografía? A primera vista no, ya que en pocos autores su obra y su vida están así de unidas, indiferenciadas, mutuamente influenciadas. No sólo porque Roth ha creado distintos alter ego para contar sus historias —Nathan Zuckermann, David Kepesh o él mismo como protagonista de sus narraciones—, sino que debido a que cada uno de sus libros responde y da cuenta de alguna de sus etapas vitales: irrupción con polémica, búsqueda de la consolidación, aprendizaje emocional con ocasión de experiencias traumáticas, enfermedades inhabilitantes, escepticismo político y cercanía del abismo.

Con Philip Roth ocurre algo similar que con The Beatles: si se hace una encuesta entre sus admiradores acerca de cuál es su disco preferido, habrán tantas respuestas como discos editaron. Pues bien, en el caso del novelista, la misma pregunta puede arrojar múltiples respuestas: la explosión inicial de “El mal de Portnoy”, la fuerza de “La Contravida”, la crudeza de “Patrimonio”, la perfección de “Pastoral Americana”, la sátira pesimista de “El teatro de Sabbath”, la hilarante inteligencia de “Operación Shylock”, o la representación de la masacre en que se convierte la vejez de sus novelas finales, agrupadas bajo el título de “Las Némesis”.

Uno de los méritos de Claudia Roth, radica en saber diferenciar con claridad los hitos o momentos claves de la biografía literaria (y vital) de Philip Roth, dedicándole casi con exactitud un capítulo a cada una de sus obras. Así, queda bastante claro que todo comenzó con el “El mal de Portnoy”, ajuste de cuentas temprano con su tribu, a través de la representación caricaturizada de una familia judía sospechosamente parecida a la de sus vecinos y parientes, con una madre castradora e histérica, y un hijo, Alexander, neurótico y detallista al extremo en cuanto a sus perversiones y dotes amatorias.

Esa novela preparó al autor para las acusaciones que más adelante recibiría ya que, luego de su publicación, un prominente rabino de New York exclamó “¿Qué se está haciendo para silenciar a este hombre!. Los judíos de la edad media habrían sabido que hacer con él”, pues no consideraban moralmente prudente ni racionalmente adecuado que apenas 18 años después de la Segunda Guerra Mundial, un autor de origen judío describiera descarnadamente a otros judíos, alimentando la batería de prejuicios y odio que llevó, durante dicho conflicto, a que uno de sus participantes quisiera exterminarlos. Esa experiencia lo blindó contra quienes más adelante lo rotularían como un autor misógino y excesivamente preocupado por el sexo, críticas provenientes de las Universidades, cuyas Facultades de Ciencias Sociales fueron cooptadas durante los años 60 por académicos que entendían la literatura como un instrumento de reivindicación o de expiación de la culpa social o, como los denomina el crítico Harold Bloom, por la “escuela del resentimiento”, olvidando que el oficio de Roth es la ficción y su vocación provocar, y que si bien sus personajes femeninos caen en la histeria y la irracionalidad con facilidad, los masculinos no son precisamente ejemplos de virtud, además de seres hipocondríacos, pusilánimes y egoístas.

Los matrimonios del biografiado parecen ser en sí mismos una de sus obras. El primero, se verificó debido a que Maggie quedó embarazada, motivo por el cual Philip Roth le señaló que accedía a casarse con ella si se practicaba un aborto, propuesta que fue aceptada, pero que sembró una duda eterna que el escritor nunca pudo disipar, respecto a si efectivamente alguna vez existió ese embarazo. Esa experiencia conllevó la pérdida de la inocencia del autor —abandonando al buen alumno de Newark, demócrata convencido, amante de su patria y sus valores, para ingresar a la vida de los adultos—, llegando a expresar que su primera esposa fue “su mejor profesora de literatura”. Por otra parte, Claire Bloom era una actriz inglesa con quien vivió sus mejores años, dedicándose a la literatura y al intercambio intelectual con diversos artistas, hasta que se produjo el quiebre, el que llevó a Claire a escribir un libro describiendo el infierno en que se había convertido su relación, dejando en su exesposo una sensación de rabia, vulnerabilidad y traición que influiría en algunos de los personajes femeninos que crearía luego de ese incidente.

La carrera de Philip Roth, más allá del boom inicial de “El lamento de Portnoy”, no fue una sucesión de éxitos de ventas o de crítica, sino que una permanente tentativa por encontrar una voz, reforzar una temática o un tono, siendo clave en ese camino la decisión de crear un alter ego, el inolvidable Nathan Zuckermann, que le permitió desatar su talento y vocación fabuladora, apelando a la libertad que da utilizar una máscara, y cuyo debut se produce en la serie de novelas agrupadas bajo el título “Zuckermann desencadenado”.

Contrariamente a muchos escritores, lo mejor de Roth no surgió en la primera juventud o en la adultez, sino que en la tercera edad, luego de los 60 años, lo que habla de su perseverancia y disciplina monástica para enfrentar su oficio, pues en esa época escribió “La Contravida”, “Operación Shylock”, la Trilogía Americana —compuesta por “Me casé con un comunista”, “Pastoral Americana” y “La mancha humana”—, “Patrimonio” y “El teatro de Sabbath”, narraciones que por sí solas bastarían para ubicar a Philip Roth en el canon de las letras en lengua inglesa, y que constituyen un excelente punto de partida para cualquier lector que pretenda acercarse a su obra.

¿Sobre qué escribe Philip Roth? En primer lugar, acerca de la identidad judía y la lucha de sus ascendientes por convertirse en americanos, en el contexto del siglo XX en que el país del norte recorrió el camino descendente desde el heroísmo al verse a sí mismo como salvador de la cultura occidental, hasta convertirse en un matón prepotente, conservador e integrista, y odiado por buena parte del mundo, traicionando los valores a los que el propio Roth adhirió cuando joven.

Asimismo, Roth aborda con honestidad e incluso placer la decadencia que degrada al cuerpo, el apetito sexual y la fuerza creativa, como lo retrata en sus últimas novelas, en que sus personajes no sólo luchan inútilmente por acortar la brecha entre lo que su mente les ordena hacer y lo que el cuerpo es capaz de ejecutar, sino que además contra sus recuerdos y la mala conciencia respecto a las personas a quienes hirieron, o la relativa mediocridad con que explotaron aquel talento u oficio al que le dedicaron su vida.

Sin embargo, más allá del contenido específico de cada una de sus novelas, la obsesión esencial de Roth es, en definitiva, explorar las variantes y posibilidades narrativas de la dualidad ficción-realidad, tensionando hasta el extremo la dialéctica arte versus vida, como si una existencia destinada a crear ficción e insuflarle fuerza persuasiva a las palabras, no fuera una vida realmente en términos convencionales, o como si los artefactos artísticos creados por Roth no fueran, a su vez, secciones o retazos de vida que se entregan al lector para compensar, acompañar o enriquecer su propia existencia.

Dicho lo anterior, cabe preguntarse: ¿En qué momento Philip Roth deja de ser Philip Roth para convertirse en Nathan Zuckerman? ¿Qué tan fieles a lo ocurrido son las obras autobiográficas de Philip Roth, como “Patrimonio”, en la que narra con detalle la enfermedad que llevó a la tumba a su padre? ¿Cuánto de lo que opina sobre los judíos y su futuro como nación es mera fabulación y exageración, y cuánto es realmente lo que opina sobre el devenir de su pueblo? ¿Cuántas de las anécdotas, pulsiones, deseos y fantasías sexuales que pormenoriza en sus novelas, son funcionales a la ficción, y cuántas son transcripciones de sus propias experiencias o búsquedas no materializadas? Y, en buenas cuentas, cada lector puede preguntarse al terminar una de sus obras, ¿cuánto de lo que acabo de leer es ficción y cuánto una elocuente confesión?

Finalmente, se agradece que esta biografía, pese a estar escrita desde la admiración, no pierda rigor ni probidad intelectual, y en ella se reconozca que no toda la obra del norteamericano vale la pena, y que en buena medida su decisión de no publicar más obedeció a un cansancio tanto físico como mental, honestidad necesaria para complementar la suma de argumentos y evidencias casi irrebatibles en orden a que los años, la valoración crítica y de sus pares —entre ellos sus amigos John Updike, Bernard Malamud y Saul Bellow—, ratificarán el lugar de privilegio y de supremacía que tendrá la figura de Philip Roth dentro del panorama de la literatura en lengua inglesa, por su consistencia, perseverancia y coherencia temática.

Philip Roth seguirá siendo candidato eterno al Premio Nobel de Literatura —el que no ganará porque su obra no es apta para las almas sensibles ni para aquellos que ven en la literatura un vehículo de promoción social—, y un referente cultural esencial del siglo XX, pues logró, como pocos, convertir la historia de su tribu en un canto universal acerca de la identidad, la decadencia física y moral, y la estrecha vinculación entre el contexto histórico y político y la cotidianeidad, alcanzado el objetivo que expresó con elocuencia al aceptar el Premio Príncipe de Asturias “¡Mira, puedo decirme ahora, hay algún lugar donde he conseguido hacerme comprender!”, y lo hizo como un alquimista moderno: transmutando la vida en palabras.

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