El Mapa Calcinado (Kôbô Abe)

El Mapa CalcinadoEl Mapa Calcinado (1967)

Kôbô Abe (1924–1993)

Eterna Cadencia (2015)

ISBN 9789877120264

320 páginas

 

El mapa calcinado es un libro que, asumiendo las vestiduras de una novela policial, escapa con largueza de aquel género. Visto así es una impostación, un simple mecanismo para afrontar una cuestión completamente distinta y en ello radica probablemente su mayor virtud, en ese desborde absoluto del género.

El libro comienza con la solicitud de Haru Nemuro a una agencia de detectives, requiriendo la búsqueda de su marido perdido, de nombre “…Hiroshi Nemuro, de treinta y cuatro años de edad, jefe de promoción y ventas de la Comercial Dainen, desaparecido desde hace seis meses sin dejar rastro alguno”.

Desde ahí en más el relato es narrado por el detective destinado al caso, caso intrincado desde un comienzo, no sólo porque el esposo lleva ya seis meses extraviado, sino que además porque hasta muy avanzado el libro lo único con lo que el detective cuenta para su búsqueda es una caja de fósforos, donde hay fósforos dispares, y una fotografía. La búsqueda se convierte, entonces, en una agobiante seguidilla de especulaciones que provienen más bien de la cabeza del protagonista que de hechos concretos que le permitan dirigir su investigación hacia alguna dirección. Y pronto nos damos cuenta de que no estamos tanto frente a una búsqueda, sino más bien dentro de un laberinto, un laberinto a campo abierto, en la también agobiante ciudad de Tokio, donde se pierden (al menos en la época de la novela) ochenta mil personas cada año, personas que desaparecen muchas veces de manera voluntaria, que renuncian a su vida y que simplemente abandonan. Porque, nos hace preguntarnos el libro, entre otras tantas cosas: ¿tiene una persona derecho a desaparecer?

Esta idea del laberinto no es extraña a la literatura latinoamericana, donde existe un Borges que la utilizó exhaustivamente en sus cuentos. Por qué, entonces, emprender una búsqueda que no lleva a ningún lugar más que al extravío, una búsqueda para no encontrar. Cito al mismo Borges, en una entrevista que le realizó el Nobel irlandés Seamus Heaney (Premio Nobel de literatura de 1995):

Kearney: ¿Y qué opina de Beckett, tal vez el discípulo literario irlandés más cercano a Joyce? El parece compartir con usted una obsesión con la ficción como un laberinto autoescrutador de la mente, como una parodia eternamente recurrente de sí misma…

Borges: Samuel Beckett es muy aburrido. Vi su obra Esperando a Godot y eso me bastó. Me pareció que era una obra muy pobre. ¿Para qué tomarse la molestia de esperar a Godot si él nunca llega? Qué cosa tan tediosa. Después de eso, ya no tuve deseos de leer sus novelas.

¿Qué ofrece un libro que intenta una búsqueda que prontamente devela como imposible, una que no pretende realmente un resultado? Podemos intentar múltiples respuestas: el extravío mismo como forma de búsqueda, la pérdida del yo en una realidad inmaterial, una realidad que se rompe, que se eleva de la lógica estricta sin llegar a lo irracional, volviendo al narrador, al protagonista mismo en un ser que acomete un absurdo, el que es reforzado por la esposa-solicitante que parece totalmente indiferente al resultado de la investigación que ella misma ha promovido, tanto como el hermano de la mujer, que más bien tiende a obstaculizar una investigación que posee escazas hebras que desenredar y que, sin embargo, se embrolla una y otra vez sobre sí misma, en las elucubraciones del protagonista.

Tal como indica la contraportada del libro, el protagonista está forzado a extraviarse, no tanto en Tokio, sino que en su mente que terminará perdiendo su propio mapa, y que lo conducirá a través de esta investigación de fragmentos de la vida del otro, sin saber qué es verdad o mentira, una investigación hecha de rupturas en lo aparentemente real, en discontinuidades.

“Sin embargo, el que se encuentra de pie, sin nada que hacer, soy yo, nada menos que yo mismo. He trazado mi propio mapa, creyendo trazar el suyo, y he seguido mis pistas, creyendo seguir las suyas, hasta quedar petrificado de frío… ni por la embriaguez… ni por el remordimiento… El desconcierto se convierte en inquietud, que deriva en temor…” (página 262)

Kôbô Abe ha sido reiteradamente comparado con Kafka. Algo o mucho de eso hay en este autor japonés que pone al hombre a luchar contra un coloso inmaterial, del que sabemos que jamás podría salvar. Pero la extrañeza que en el lector produce Kôbô es de una naturaleza distinta a la kafkiana; no tiene que ver tanto con la sociedad ni con la burocracia como asiento principal del relato, sino que más bien se produce en un contexto más íntimo, incluso más precario, donde el protagonista se enfrenta a sí mismo, y su confusión y extravío procede de su misma psiquis que se pierde en sus propios vericuetos, en su analítica extrema, en el laberinto interno. Y es un laberinto del que el protagonista ni siquiera decide escapar.

 

—¿Has redactado algún testamento?

—No. Lo había pensado, pero no lo hice, pues si lo comenzaba no tendría ánimo para terminarlo… y en realidad, si tuviera que resumir lo que siento, bastaría con decir adiós. (página 272)

 

Se trata, en suma, de una obra que se detiene en las posibilidades del laberinto como construcción mental, en la ruptura de la realidad, llevando la narración en un ritmo cansino que sirve para agobiar a través de las obsesiones del protagonista, metódico hasta el absurdo, y que desde ahí consigue provocar una sensación de profunda extrañeza en el lector, en un desacomodo con la realidad —aparente o verdadera— que muy pocas novelas logran.

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