Antipop (Patricio Jara)

ANTIPOPAntipop

Patricio Jara (1974)

Alfaguara

ISBN: 9789569583605

221 páginas

 

El antipop es un filtro que se utiliza para atenuar el golpe vocal que significa pronunciar frente a un micrófono letras de sonoridad fuerte, especialmente la p, aunque también otras como la b y la t. Es también, en el caso de este libro, una referencia a su significado más obvio: el de alguien contrario a la música pop, lo que se ve reforzado por la portada de un joven inclinado con su guitarra eléctrica sobre una pedalera bien nutrida y en el fondo un gran amplificador Marshall.

Claudio Eicke, un apasionado de la música rock,  un conocedor y coleccionista, un estudiante de cuarto año de Ingeniería para mayor referencia, compra un par de antiguas máquinas de grabación luego de recibir una herencia, equipos analógicos de altísima calidad que le permiten montar su propio estudio de grabación, las mismas que le hacen valer el mote de “estudio boutique”. Años después, años repletos de carencias, un hecho más o menos fortuito le da a su estudio una cantidad de publicidad desmedida para la precariedad con la que hasta ahí se ha movido y como consecuencia de ello, además de otras tantas bandas, llega a su estudio El vecino de arriba, un músico de moda, que transitó desde la música con guitarra de palo a un disco todavía más comercial, bajo la muletilla de hacer un “disco que se pueda bailar”. Es decir, todo lo que por principios Claudio Eicke rechaza. El hilo conductor de esta historia será, entonces, el período de producción y grabación de aquel artista que tanto detesta y con el que chocan sus convicciones musicales.

Prefiero a los tipos que entienden la música como un medio para decir cosas, como un refugio o bien una pared donde estrellarse cuando no queda más remedio. Estoy con los que después de una tarde de ensayo o de dos horas de concierto han quedado secos, botados, muertos, y lo único que quieren es que apaguen la luz. (pág. 27)

Antipop es un libro que Patricio Jara utiliza para atacar varios frentes: primero, el del ambiente musical. Jara ha escrito tres libros de crónica sobre heavy metal chileno, paralelamente a su producción novelística. En Antipop aprovecha su bagaje musical, aun considerando lo especializado que puede resultar el nicho del metal chileno. Con ese fondo se lanza a construir este narrador en primera persona, repleto de intransigencias musicales, amante del rock más duro, conocedor, prejuicioso también pero lo suficientemente inteligente como para darse cuenta de ello y, sin embargo, aceptarse con sus propias taras. Probablemente este narrador comprometido a cabalidad con la vehemencia de sus propias ideas musicales sea lo que más destaca de este relato; es un fundamentalista, una de esas personas que entiende la música como una religión o una bandera y desde ahí construyen todas sus opiniones, no solo las artísticas. Critica a aquellos que, siendo más jóvenes, amaban el metal tal como él y que “al crecer”, al “madurar” dejaron de escuchar esa música y oye con ironía el discurso de cómo la dualidad entre ser padres y cierto tipo de música resultan inviables. Critica también a los que considera malos artistas pero que logran vivir de la música, a cambio de hacer canciones populares pensadas para gustar a las masas, a diferencia de tantos otros que siendo mucho más talentosos, no logran —y muchas veces ni siquiera quieren— salir de la movida underground. Es ahí donde El vecino de arriba viene a aparecer como un genérico para la música chilena de moda al día de hoy, directamente contra el grupo que ha logrado cierta notoriedad primero con discos sencillos, con cierta honestidad en sus virtudes y limitaciones, y que luego se lanzaron a hacer discos mucho más comerciales. Cada uno de los detalles contra los que alega Claudio Eicke va dirigidos a la parte conocida de la biografía de un Manuel García, un Gepe, un Pedro Piedra y de cualquier otro músico de esa generación. El narrador critica desde esa posición que asume, desde el purismo del metal, desde cierta altanería moral que le produce su estudio de grabación armado con los mismos equipos en que pudieran haber grabado sus primeros discos Led Zepellin o Pink Floyd. Ese juego entre rabia y dignidad que le asigna ser quien resguarda algo realmente valioso es lo que hace resaltar a este narrador.

Por otro lado, está la lectura que se desliza sobre la literatura misma. Porque cabe recordar que Patricio Jara ha ejercido —o ejerció— como editor, que es, desde cierta manera, el mismo trabajo que en la música correspondería al narrador: la de productor o ingeniero en sonido. Es bastante difícil, entonces, no leer cada uno de sus comentarios como un guiño al mundo literario; sería menospreciarlo no saberlo consciente de la doble lectura que genera.

No sé cómo nace un crítico. No sé en qué momento se siente autorizado a opinar por escrito del trabajo de los demás. Puede hacerlo, claro. Es la libertad (…) muchos músicos dicen que no se interesan por la crítica. No les creo. Y, si fuera cierto, ese desinterés está revestido de desprecio. Para ellos se trata de los comentarios de personas que en muchos casos jamás en su vida han tomado un instrumento ni menos compuesto siquiera cinco segundos de una canción. (páginas 24, 25)

Pero acá nuevamente destaca el narrador —virtud del autor—, ya que aunque sabemos que Jara posee sus propias referencias, el narrador resulta tan bien construido que podemos ver claramente sus ambivalencias, sus dudas, sus errores quizás. Dicho de otro modo, no vemos a Patricio Jara primar sobre el protagonista, por el contrario y a pesar de sacar inteligentemente el tema al baile, Jara termina siempre dando un paso atrás para que Eicke sea quien se imponga, por mucho que sea a través de las dudas o de las incertezas con las cuales se ha construido su carácter.

En todo lo que puedo ayudar a una banda lo he aprendido en el camino. Necesitas más que horas en el estudio. Necesitas haber digerido mucha música. Conservo un par de cuadernos rojos de ciento hojas cuadriculadas. Allí, en los últimos quince años he anotado comentarios sobre ciertos discos que considero importantes por alguna razón (…) No puedo asegurar que mis anotaciones sean algo parecido a una crítica. Más bien son una suma de detalles en los que me fijo… (págs. 40-41)

Es así como Antipop se va construyendo por varios frentes, sin dejar de lado otros temas como la pobreza de la gente que se dedica a labores artísticas, la falta de reconocimiento, el olvido que significa dejar atrás sueños juveniles por otros muchos más utilitarios —que es una manera de abandonar ciertas formas de belleza—, sobre la importancia de la labor que realizan todos aquellos que intervienen en la producción de un objeto artístico, etc.

Sé que suena duro pero es verdad. Lo digo sin ánimo de hacer escarnio, pero imagino que esto cambia en otro orden de cosas, como lo que hace un pintor o alguien que escribe libros: en la música, el trabajo del ingeniero o del productor puede hacer milagros, podemos hacer trucos y mentir y lograr que lo malo quede más o menos, o que lo bueno sea fabuloso. Siempre hay como lograrlo. En cambio, el tipo de la imprenta puede fabricar muy bien un libro con malos poemas, o el dueño de una galería es capaz de hacer el mejor esfuerzo por promocionar un lugar donde sólo se exhiben cuadros feos. (pág. 158)

Lo que en Antipop funciona menos está relacionado con la ambición del autor, con su intención de abarcar una multiplicidad de materias partiendo desde una anécdota que comprende un ámbito sumamente restringido. Porque si por un lado tenemos el interesantísimo relato de la producción del disco de El vecino de arriba y todo lo que ello permite, así como el armado del estudio de grabación —asunto directamente ligado al anterior—, por otro está la parte más espesa de la vida familiar del protagonista, que cronológicamente ocurre mucho antes. En esa otra sección Jara aborda relaciones filiales fallidas, amoríos juveniles, introduce muy superficialmente la problemática de la inmigración y del vínculo entre el apellido del protagonista y el creador de los campos de concentración, cuestión esta que por su peso histórico produce una reverberación importante en cualquier lector. Sin embargo, como ninguno de esos temas son realmente principales en el libro, terminan siendo tratados de una manera muy accesoria, sin realmente profundizar en ellos, más estorbando que aportando. Toda esa parte del relato resulta poco beneficiosa al equilibrio del conjunto y de su anécdota principal, que se detiene por largos ratos, a pesar de que ya había sido construida con un ritmo y agilidad muy bien logradas desde su comienzo.

No se crea que este es un libro fallido ni mucho menos. Jara es un escritor de una prosa amena, inteligente, que posee un fondo sumamente firme sobre el cual construye sus ficciones. Antipop es, a pesar de los bemoles mencionados, un libro interesantísimo y cautivante. Más todavía, dice mucho de un autor cuando lo que más se puede criticar de su trabajo es su profunda ambición creativa, su intención de empujar los límites de las posibilidades de su historia, más allá de que resulte logrado plenamente o no; pero eso es parte del riesgo asumido.

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