Wanderlust. Una historia del caminar (Rebecca Solnit)

WanderlustWanderlust. Una historia del caminar (2015)

Rebeca Solnit

Hueders 

ISBN: 9789568935573

 

1.

¿Qué formas hay de comenzar a escribir sobre el caminar? ¿Hacerlo de la misma forma en que se camina? ¿Dando un paso y luego otro, lanzándose al galope? Hay distintas aproximaciones, algunas con aspiraciones enciclopédicas como las de un viaje extenso y acontecido, otras maneras más sucintas como el paseo dentro del barrio, hasta el mercado, a una casa vecina.

La historia particular que se despliega en Wanderlust: una historia del caminar (Hueders, 2015), comienza con el activismo político-ambiental de Rebecca Solnit. Avanza superando las barreras de la propiedad privada y militar, destruyendo el cerco del poder, abriendo un camino para el descontento y el enojo. O contra la mediocridad de lo cotidiano y a favor del desmadre y la destrucción del mundo burgués tal como el Dadá o los situacionistas pretendieron en su momento, los primeros perdiéndose en excursiones a lugares sin el más mínimo interés turístico dentro de la ciudad o aburriéndose en excursiones de varios días en la campiña; o utilizando los segundos el manoseado deambular à la dérive para llevar al extremo el propósito surrealista de la ensoñación y el absurdo espontáneo que configura el marco psicogeográfico en que sus operaciones de quiebre se llevan a cabo, en medio de una ciudad de la que Solnit dice: “caminar por París suele describirse como leer, como si la ciudad misma fuera una inmensa antología de relatos”. En Elogio del caminar, David Le Breton realiza un panegírico de este sencillo acto, afirmando que “caminar transfigura los momentos normales de la existencia, los reinventa con nuevas formas”, a lo que Solnit acota que esta concepción del caminar como contemplación estética o paseo meditabundo no es espontánea, sino que tiene su emergencia en el siglo XIX, donde se hizo de la misma naturaleza un objeto cultural, y por lo tanto sus paisajes y también la forma en que se le recorre.

El caminar, o con precisión, el escribir sobre este acto, condiciona una cadencia en el estilo y la forma, abriéndose paso en el lector y llevando el texto hasta el receptáculo que le espera. Así como concibe Francesco Careri su obra Walkscapes: El andar como práctica estética (Editorial Gustavo Gili, 2015), que funciona como una introducción contundente al fenómeno creativo de la arquitectura, pero no en bruto, sino desde el momento en que el humano erecto comienza a configurar el ambiente y construir en función del paisaje que ha descubierto en su caminar, en el de la familia nómade que siguiendo a las manadas de carne fresca ilumina el mundo a este momento oscuro y crea la necesidad de una vivienda —y de un mundo otro porque supone una relación nueva con el tiempo, la ocupación y el mismo cuerpo—:

El trabajo de Abel, que consistía en andar por los prados pastoreando sus rebaños, constituía una actividad privilegiada comparada con las fatigas de Caín, quien tenía que estar en el campo arando, sembrando y recolectando los frutos de la tierra. Si la mayor parte del tiempo de Caín estaba dedicada al trabajo, por lo cual se trataba por entero de un tiempo útil productivo, Abel disponía de mucho tiempo libre para dedicarse a la especulación intelectual, a la exploración de la tierra, a la aventura, es decir, al juego: un tiempo no utilitario por excelencia. (Walkscapes, énfasis del autor)

 

2.

Una escena tristemente chilena, en la que un niño paciente de la Teletón logra dar algunos pasos frente a las cámaras que transmiten en vivo a todo el país, emocionando a buena parte. Este cuadro apunta por un lado al carácter casi sobrenatural que implica volver a caminar, y por otro a la presencia naturalizada del caminar mismo en la vida cotidiana. Caminatas que pueden originar movimientos sociales pugnando por cambios políticos, o procesiones religiosas apelando a maravillas divinas, o los primeros pasos del hijo pequeño. La caminata inocente puede ser leída desde múltiples lugares teóricos, dada su misma naturaleza flexible y transversal: tal como se inicia Wanderlust, con la larga marcha de una anciana pidiendo modificar la regulación de las campañas políticas. O echando mano a la escuela filosófica de Aristóteles, los peripatéticos, paseantes y pensantes. O también mencionando la bella historia de Werner Herzog, que a mediados de los 70 cruzó Alemania y Francia para visitar a una amiga gravemente enferma (contado por él mismo en Del caminar sobre hielo).

Y el peregrino al santuario de Lo Vásquez que anualmente es entrevistado, mostrando su fe y una mochila enorme, sus rodillas sangrantes entrando al templo, las promesas que la virgen de yeso debería cumplirle por, simplemente, haber caminado unas decenas de kilómetros. Aunque claro, también existe el caminante que lo hace sin fin exacto, sin esperar nada a cambio, tal como Rousseau viajaba a pie, huyendo de su vida, reduciendo el placer del viaje solo al momento de alcanzar la meta: “Pronto los deberes, los negocios, tener que llevar un equipaje, me obligaron a echármelas de caballero y tomar un coche […] y desde entonces, en lugar del placer de andar que antes sentía en mis viajes, solo he sentido el anhelo de llegar pronto”. Porque para el pensador la caminata trascendía el acto mismo de moverse o viajar: “Nos devuelve a la sensación del yo, a la emoción de las cosas, restableciendo una escala de valores que las rutinas colectivas tienden a recortar. Desnudo ante el mundo, al contrario que los automovilistas o los usuarios del transporte público, el caminante se siente responsable de sus actos, está a la altura del ser humano y difícilmente puede olvidar su humanidad más elemental” (Elogio del caminar).

Un relato que también es violento o desgarrador. En Wanderlust tanto como hay espacio para la procesión religiosa, para el carnaval y el paseo diáfano y oxigenante, también lo hay para un aspecto soslayado o directamente olvidado en otros textos: la agresión que la calle supone para la mujer caminante. La tensión entre la creciente libertad y el enclaustramiento regular que oprime a la mujer, teniendo como excusa el cuidado de la virtud sexual de la mujer de casa y familia, separándola de la mujer de la calle, de la vida, de aquella prostituta que por serlo se encuentra dispensada de dar cuenta a la policía de la moral porque ha ido más allá del marco que debería bastarle: el hogar.

 

3.

Sobre el título de su libro de ensayos Holzwege, dice al inicio Heidegger “los leñadores y guardabosques conocen los caminos. Ellos saben lo que significa encontrarse en un camino que se pierde en el bosque”. Este título ha sido traducido al español como Caminos de bosque o Sendas perdidas, queriendo cada uno dar cuenta del delicado concepto que designa la palabra alemana: el camino que espera al caminante pero que se pierde en el objeto mismo de su caminata, del placer de la caminata, de aquello que la misma palabra “wanderlust” pretende designar, algo cercano al irrefrenable deseo por viajar. Un camino que es también el camino del pensamiento, de la conciencia de sí que adquiere el primate erecto, que con la cabeza elevada es el primero en realmente caminar: «El caminar erguido (…) abrió vastos horizontes de posibilidades y, entre otras cosas, creó el par extra de miembros colgando del cuerpo erguido en busca de algo que agarrar, hacer o destruir», apunta Solnit en su ensayo tan cercano a Una historia natural de los sentidos de Diane Ackerman.

“A veces tienes que dar la espalda a tu meta para alcanzarla, a veces sientes estar lejísimos a pesar de estar ya cerca, a veces el único camino es el más largo”, dice Solnit sobre el caminar, pero también sobre la noción ya naturalizada de la vida como peregrinar, el pensamiento como camino y sobre la lectura como viaje.

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