Torrentes de amor

Nick-Cave-and-PJ-Harvey

 

“Si usted quiere que sus lectores se vuelvan locos por la heroína de una novela, cuídese de darle rasgos físicos, a fin de que cada cual pueda imaginar según su fantasía y como más le guste”, escribió Joseph Joubert.

A partir de esta frase, el amor parece un impulso en busca de un espacio donde desarrollarse, un agujero donde depositarse, y que por ese agujero se va. Sería una energía que se debe canalizar, y el mejor recurso para suscitar en nosotros ese amor sería la vaguedad.

En Bonsái, la novela de Alejandro Zambra, la pareja del protagonista figura descrita como “una mujer chilena”. En realidad, no era exactamente así la descripción, quizá me la invento y era algo más compleja o sutil, pero al leerla me sonó así de absurda o de cualquier cosa. A la luz de la frase de Joubert habrá que reconocer cierta maestría en esa pincelada, supongo.

No soy buen naturalista, como solía decirse, y no sé por qué resortes obra el amor en nosotros, pero quisiera en estas líneas averiguar cómo funcionan aquellas obras que se avocan a ese sentimiento. Cómo funciona su simulacro, quiero decir, cómo se activan las fantasías amorosas en los libros y en las canciones. Cómo nos enamoramos. Cómo se siente ese enamorado real o fingido mientras escucha una canción o lee una novela.

Tengo la impresión de que hay en ese acto una especie de salto de fe y que, tal como en el caso de la fe, debe tener algo de ridiculez. No digo que el amor sea ridículo, así como tampoco lo es el miedo a las inmediaciones de la muerte que suele ocasionar la necesidad de fe, pero sí que ambos actos necesitan un impulso, un recurso que suele ser ridículo, insensato. Todos conocemos los absurdos en que incurren las religiones, no hace falta nombrarlos. Los absurdos del amor, si bien son más o menos evidentes, no son una materia en la cual acostumbremos a reparar.

Pasaré mejor a referirme a algunas canciones de amor. Creo que son el mejor material para este asunto.

Porque la escuché ayer, quiero recurrir a la letra de una canción que me parece ejemplar, “Baño de mar a medianoche” de Cecilia. Cuenta la historia de un amor fulgurante, que nos parecería casi demencial sino fuera algo en realidad normal. Es un amor eterno de una sola noche, algo que todos han vivido.

Otra canción bonita es “24.000 baci”, de Adriano Celentano. Se trata de un amor que dura, ni más ni menos, 24.000 besos. Ese detalle tiene un viso de locura que es una maravilla. En general, mucho de la música italiana está lleno de lo glorioso y lo ridículo. Hasta podría hablarse de lo sublime ridículo en esa tradición.

Cuando las canciones hablan de un enamoramiento, tienen que recurrir al uso de un detalle preciso, un signo que individualice a alguien, que lo haga distinto al resto. Eso sería estar enamorado. Y ese detalle preciso sería una especie de droga. Gracias a él nos hundimos y nos quedamos suspendidos en esa intensidad diáfana y repleta de absurdo que es el amor.

Otras veces no hay un detalle físico, sino una frase o una situación. También puede ser un nombre o un gesto, pero en cualquier caso el detonador suele ser uno solo.

A propósito, indagando en el asunto encuentro en un blog una llamada “Cátedra sobre la canción de amor” hecha por el músico Nick Cave. Es interesante y contiene, cómo no, ciertos destellos de locura. En ella Cave nos cuenta que sus canciones de amor preferidas tienen una épica de proporciones bíblicas. Y tiene pasajes románticos, como cuando afirma que “la canción de amor es el sonido de nuestro esfuerzo por elevarnos por encima de las ataduras y mediocridades del mundo”. O como cuando dice que “la canción de amor es la luz de Dios que se abre paso desde lo más profundo y estalla en nuestras heridas”. Aquí, advertimos, nuevamente el amor y el deseo son como una energía que debe atravesar a quien la contiene.

También dice Nick Cave, creo que con lucidez, que “la canción de amor nunca es realmente feliz. Debe en primer lugar tener potencial para el dolor”. Y en otro pasaje aun más arrebatado y notable: “La canción de amor debe originarse en el reino de lo irracional, del absurdo, de la distracción, la melancolía, la obsesión y la insania, pues la canción de amor es el ruido del amor mismo, y el amor, por supuesto, es una forma de locura. Ya se trate del amor a Dios o del amor romántico, erótico, todas son manifestaciones de nuestra necesidad de arrancarnos de la racionalidad”.

Lo siguiente es de lo poco que me queda claro: ya sea en forma de canciones o novelas o cualquier otra, somos consumidores de amor y necesitamos amor hasta en nuestras prácticas más pedestres. Es más, podemos enamorarnos una y otra vez, y en esos amores podemos repetir a los amores pasados. Es inevitable, nos decimos, simplemente sucede. Los repetimos en muchos hábitos, en muchos gestos, en formas de empezar una relación y de terminarla. Podemos repetir prácticas sexuales, apodos privados, gestos, palabras que se ocupan en esos extraños dialectos que suelen ingeniarse las parejas. Pero, y me quedo con esta última y anodina inquietud, es difícil que se repitan las canciones asociadas a una persona. ¿Podríamos amar a dos personas a partir de la misma canción? Si esas relaciones se dieron en un mismo período, tal vez sea posible, pero jamás he escuchado de un caso semejante. Al hacernos una pregunta así, de algún modo, se hace patente la importancia de las canciones de amor en nuestras vidas, de cómo, cuando realmente nos emocionan, sus leyes funcionan no en el plano de nuestra memoria, sino en el de nuestro olvido y en el de nuestra sensibilidad.

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