El puma (a.k.a. Los lectores salvajes)

El puma

Bolaño era un gran entrevistado, qué duda cabe. Y entre todas sus respuestas hay una que ha tenido una particular suerte: a la consulta sobre si se consideraba un escritor bueno o malo o de cualquier tipo, solía afirmar que su orgullo era ser, primero, lector.

Es una respuesta afortunada, al punto que la he oído repetida muchas veces de boca de escritores jóvenes y de otros no tanto. Les agrada por su amplitud, imagino. Cae bien, es democrática. Incluso se podría, en algún grado, tildar de demagógica, dado que cualquiera puede identificarse con la imagen de un lector: basta con saber leer.

Lo que me cuestiono es si quienes la copian dimensionan lo que, supongo, significa ser un lector para Bolaño.

A primera vista parece un simple ingenio, una arbitrariedad simpática, pero ser lector, deduzco, le parece una categoría superior a la de escritor. Lo vislumbro a partir del fervor de Bolaño por Borges, un fervor sin críticas, de fan. Podríamos, de hecho, suponer que su respuesta tiene origen en los versos que abren el poema “Un lector” de Borges: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído”. Es más, ya había una idea afín en el prólogo del primer libro de poemas de Borges, Fervor de Buenos Aires, fechado en 1923: “Si en las siguientes páginas hay algún verso logrado, perdóneme el lector el atrevimiento de haberlo compuesto yo antes que él. Todos somos unos; poco difieren nuestras naderías, y tanto influyen en las almas las circunstancias, que es casi una casualidad esto de ser tú el leyente y yo el escribidor —el desconfiado y fervoroso escribidor— de mis versos”.

Quizá, dada la fecha de la cita, no sea tan delirante imaginar que la frase provenga de uno de los maestros de Borges, Macedonio Fernández. No sería extraño, aunque, es claro, ya implica un exceso de especulación.

Alguien más, con justicia, podría precisar que toda esa tradición de la preponderancia del lector se remonta a Cervantes. Sin embargo, en el llamado príncipe de los ingenios tiene ciertos rasgos negativos, enfermizos. El quijotismo —como lo entiende Cervantes— no es heroico, como a algunos, en particular a los lectores españoles, les gusta pensar, sino que es meramente evasivo. No hay heroísmo en la exaltación del lector que hace Cervantes. Al contrario, hay burla: su personaje más famoso muere doblegado por la realidad y, para colmo, en su pueblo natal; no hay ninguna aventura en eso. Y con él mueren todas las ensoñaciones de caballerías. Es realista al recordarnos que quien se excede en sus ilusiones terminará decepcionado.

Es Borges quien le confiere al lector un estatus casi heroico, de perseguidor de alusiones, detectivesco, poliédrico. Es más, ser un lector en Borges pareciera ser una función tanto más activa que la de un simple escritor, entendiendo que este simplemente cuenta una experiencia y a ella se abandona. Se sube el nivel de exigencia, no cualquiera es un lector, menos —quizá— un escritor. Y también es un nuevo modelo: lector es quien no deja de aprender. Es el tópico del amateur versus el profesional. Y es Borges, también, quien realza el valor de la figura del detective, quien lo ve como lo que es, un lector. Es más, antiguamente los detectives literarios (Dupin, Holmes) eran aristócratas venidos a menos, quienes si bien recibían dinero lo hacían dentro de una lógica propia de quien apuesta, no de quien trabaja. Es solo posteriormente que se profesionalizan.

Estos lectores son, por lo tanto, mientras el dinero no los domestique, detectives salvajes.

Y los detectives salvajes de Bolaño serían a su vez, por ende, lectores salvajes.

No es una concatenación tan alucinada, me parece.

A propósito de salvajismo, quiero presentar un fragmento correspondiente al libro Diccionario jázaro, de un novelista de estirpe borgeana, el serbio Milorad Pavić:

Imagínese que dos hombres tengan cogido a un puma con dos cuerdas. Si quieren acercarse uno al otro, el puma atacará, pues los lazos se aflojan: sólo si los dos tiran al mismo tiempo, el puma quedará a la misma distancia de uno y de otro. Este es el motivo por el que el que lee y el que escribe difícilmente se acercan: entre los dos, capturado, está el pensamiento común, atado con cuerdas que tiran en direcciones opuestas. Si ahora preguntásemos al puma, es decir, al pensamiento, cómo ve a estos dos hombres, podría decir que los seres comestibles están tirando con las cuerdas de algo que ellos no pueden comer.

Hermosa metáfora la de Pavić, que sin embargo nos presenta el clásico modelo de la dicotomía lector-escritor. Es justamente esta dicotomía la que hay que asumir como falsa, como suelen ser la mayoría de las dicotomías, basadas en opuestos que son solamente apariencias, delirios causados por ejercicios de semántica. Estamos, aunque no lo parezca tanto, frente a un auténtico atentado contra el significado de una palabra, un cambio, tal vez, de paradigma. Sin duda, esto ya sucedió, o ya está sucediendo. No es una intuición, lo veo en el discurso de muchos, tal como mencioné al comienzo. Solo faltaría, al parecer, asumirlo. Sabemos que una palabra siempre dependerá de sus distintos contextos, de qué tan frecuentemente se use; y por supuesto, si hay que elegir un término de la dicotomía —y da lo mismo si, como es efectivo, la lectura y la escritura son actividades que se retroalimentan—, lo más cortés es definirse como lector. Pero aun así, eso no es lo importante. Lo que importa es que no hay que concentrarse ni en quien lee ni en quien escribe, ni en los hombres ni en sus cuerdas. Pensemos en el puma, mejor, en lo salvaje.

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