Corte (Felipe Reyes)

corteCorte (2015)

Felipe Reyes (1977)

La Calabaza del Diablo

ISBN: 978-956-9400-25-4

92 páginas

Es interesante cómo las letras del rap chileno nos permiten desplegar un mapa de lecturas posibles sobre las transformaciones del imaginario en los sectores populares de Chile. Si bien, y siendo cautelosos, podríamos decir que la voz del que elabora esos mensajes atiborrados de crítica no cumplen precisamente una función metonímica, un examen atento permitiría dar cuenta de las transformaciones del país, de las ideologías a usanza o de las distintos temas que de cierta forma buscan visiblizar a través de su música. Tomemos, para el caso, dos ejemplos de los 90. En “Joven de la pobla” de Tiro de Gracia, encontramos: “Yo sé que nadie te dobla, joven de la pobla/ Yo, Lengua Dura, te saluda/ con un hola/ tienes que sacarte la chapa de mal vestido/ maloliente /mala gente/ que vive entre delincuentes/ eso lo dicen las mentes dominadoras que te aplastan en cualquier parte”. En una línea más o menos similar, SeO2, en la famosa “Rosa de los vientos” dice: “El sentimiento de estar ligado a un barrio/ al contrario/ hay que salir de él pa’ no ser marginado”. En términos contextuales, son los años 90, la democracia timorata vuelve y parece que incluso la música surgida de los sectores marginales se permea por la ideología de los acuerdos. Como contrapunto, en el disco Poblacional de Salvaje Decíbel, en canciones como “Wena, wachos”, encontramos una especie de polo opuesto en términos discursivos: “He aquí un idealista con ideas listas/ y una tarea convertirlas en realidad misma /sea como sea la pista, al capitalista le daré pelea creando conciencia activista”. Del territorio como lugar de estigma a la reivindicación y la relectura de la conciencia de clase como programa. Saco a esto colación porque este es uno de los temas que intenta abordar la última novela de Felipe Reyes, Corte, editada por La Calabaza del Diablo.

“El sol pegaba fuerte, se hacía sentir, y el viento avanzaba en enanos huracanes levantando el polvo de la cancha, el de la población entera, y ondeaban las cortinas de las ranchas y la ropa colgada en los alambres”, es una de las imágenes en torno a las cuales se desarrolla esta historia en donde el Toño y el Lalo, dos pobladores, el primero perteneciente a la nueva generación del lugar, se disputan el territorio. A partir de esa pelea, en apariencia banal, un mero hecho cotidiano en un lugar donde la violencia hace nata a diario, Felipe Reyes intenta abrir una reflexión en torno a las transformaciones ideológicas de los últimos cuarenta años, en donde la desaparición de la hoy tan anatemizada lucha de clases, antaño un móvil y un horizonte para un sector importante del país, hoy se aleja como una ola que deja en la orilla pulgas de mar que se queman al sol, guijarros y cochayuyos: “’Lo común en la comunidad –lo colectivo– es una flama mortecina que se extingue. Las leyes aquí y ahora se escriben con kilos y kilos de mierda blanca que tiene a los ingenuos ensimismados en su cadena de poder y miedo que amuralla su presente y su futuro –y el de su entorno– con códigos espurios”. Como dice una canción de Portavoz: “¿Te has preguntado por qué en dictadura entraron las drogas más duras?”.

De esta manera, cada momento de la pelea da paso a una reflexión que va delineando la historia del lugar: “Ya lo había pensado unas cuantas veces antes: ‘Son paraos los pendejos culiaos‘, y volvía a murmurarlo ahora, pronosticando el duelo. Pero no pondría marcha atrás, eso nunca, pensó, él iría hacia delante, como siempre, y como en un laberinto de pensamientos buscó una salida, la que además le ofrecía una pregunta: ¿cómo había cambiado tanto la población?”. Estas disquisiciones, que a ratos bordean lo sociológico, forman parte también de la construcción de un narrador que, evitando caer en la parodia de la jerga –un vicio que podría perfectamente transformar su descripción del entorno y sus habitantes en un simulacro tipo La Cuarta y su ridícula forma de ser el diario del pueblo–, se permite una escritura que busca a ratos alcanzar cierto tono poético, sirviéndose de diversas imágenes y metáforas. Mención aparte merecen las fotografías que acompañan el volumen, que podríamos calificar de prescindibles en tanto no son un verdadero aporte al texto en su conjunto.

Corte es una novela que le debe mucho a la escuela de Droguett, Rojas y Lillo, funcionando en este sentido como un texto que intenta renovar esa tradición para ponerla a dialogar con una realidad que, si escarbamos un poco, no ha cambiado sustancialmente a cómo era hace unos cincuenta años atrás en los sectores periféricos, a pesar del oropel que el oficialismo y las estadísticas al uso intentan instalar como verdad incuestionable.

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