Amigos (o sobre “Borges” de Bioy Casares)

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Un grupo de amigos en el balneario de Punta Mogotes, en Mar del Plata. A la izquierda, Adolfo Bioy Casares junto a Josefina Dorado y Silvina Ocampo, su esposa. Jorge Luis Borges posa al extremo derecho de la foto, junto a Enrique Drago Mitre.
  1. Leo el Borges de Bioy. En una entrada de julio de 1966, Borges de forma intempestiva le sugiere a Bioy escribir juntos una obra de teatro. “Convendría, policial”, agrega. La idea del proyecto me da risa, y al mismo tiempo el motivo de esa risa me parece familiar. ¿Cuándo me reí así antes? La respuesta llega rápido y sin embargo me sorprende. Fue al leer Bouvard y Pécuchet. ¿Cómo, si voy casi en la página 1100, es posible que recién me de cuenta del parecido de esa amistad con la de Bouvard y Pécuchet? Igual que los copistas, el Borges y el Bioy de este libro suelen involucrarse en proyectos extravagantes y suelen decir una que otra chambonada intercalada con una que otra frase brillante. Juntos comienzan la obra policial, que poco a poco –era inevitable– va convirtiéndose en una comedia policial con el título tentativo de El grito y la máscara. Su trama incluye personajes amnésicos, suplantaciones y traiciones. Como los proyectos de los personajes de Flaubert, quedará inconclusa.
  1. El Borges está impregnado de ese humor que ahora podríamos comparar con el de algunas comedias de situaciones, algunas de las pocas buenas que hay. Es un libro al que cuesta entrar: voluminoso, confuso y –para mí, al menos– adictivo. A muchos les pareció nada más que chismes, una que otra reflexión y maledicencias. Es un libro que, por contagio, invita a escribir sobre él en su estilo. Se trata de un compendio, en forma de diario, de charlas de sobremesa y, muy en particular, de ese género que son las conversaciones entre amigos y las observaciones, en este caso muy literarias, que ellos hacen sobre su entorno. Con frecuencia Bioy y Borges descubren obras, cuentos, poemas, o ready-mades, en las frases dichas al azar por gente, alumnos, conocidos, etcétera. Se engolosinan con las frases, y con ellas se liberan, tal vez sin saberlo con certeza, de las rigurosas formas clasicistas que se impusieron para sus propias obras.
  1. Lo que sigue en el libro es Borges, nada menos, su vida y opiniones, un poco a la manera de Tristram Shandy. Y esto es poco y demasiado a la vez. Solo enumeraré algunas escenas, como Borges que lleva a cabo muchas idas al dentista, más de las necesarias, como prueba de valor. O Bioy y Borges que escriben milongas y comen dulces. De hecho, comen mucho, casi siempre en casa de Bioy, y casi nunca se hace referencia a lo que comen, menos si alguna vez beben alcohol. O Borges que de golpe descarta las obras completas de algún autor a causa de una línea desafortunada, considerada así por criterios a veces azarosos. O Borges, ciego al fin y al cabo, orinando en cualquier parte del baño de los Bioy.
  1. Acá Bioy es, ante todo, un testigo. Con sutileza, explica su labor en este libro sin aludirla directamente. En un momento junto a Borges, prepara un párrafo para una antología de De Quincey, y escriben: “Fue amigo personal de Wordsworth, de Coleridge, de Charles Lamb y de Southey, hombres de letras cuya fama contemporánea excedía en mucho a la suya. Al describirlos, no vaciló en registrar sus pequeñas vanidades, sus flaquezas y aun el rasgo íntimo que puede parecer indiscreto o irrespetuoso, pero que nos permite conocerlos con vividez. Las reminiscencias de De Quincey son parte integral de la imagen que tenemos de ellos ahora. Si no fuera por él los veríamos con menos precisión y menos encanto”.
  1. Tal vez en contraste con lo anterior, afirma Borges –según Bioy– que en la historia de Las mil y una noches hay un error: que nadie perdona una vida para escuchar algo; que escuchar es intolerable, que solamente uno escucha para que lo dejen hablar después; y que por ende las historias fueron contadas por Al Raschid y escuchadas por la sulamita.
  1. Este libro, tal como las amistades verdaderas, y con esto me refiero a las amistades que resultan inevitables, es un proyecto infinito. Y como tal se alarga quizá innecesariamente, tal como sucede con muchas vidas, y al avanzar va quedando claro que hay solo un final posible para los libros de esta índole: la muerte. Estas narraciones crean su propia y extraña forma de ser consumidas por el lector, quien tiene ante sí la ilusión de convivir con estos personajes durante una vida entera.
  1. Naturalmente, todo aquí finaliza con la muerte de Jorge Luis Borges en Ginebra y con la incredulidad de Bioy ante la noticia. Esto me hace pensar otra vez en Flaubert, de quien se ha dicho que literalmente lo mató trabajar en su Bouvard y Pécuchet. Es más, Turguéniev, cuando Flaubert le explicó aquel proyecto, le recomendó ejecutarlo como un relato corto. Ahora, es inútil subrayarlo, ni Borges ni Flaubert murieron a causa de sus proyectos. Sin embargo, en ellos todo aparece tan desbordado, tan caótico y simple como esa vaga idea que tenemos de la vida, que no nos cuesta creer íntimamente que sí murieron a causa de esos libros, y no nos parece terrible. Al contrario.
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