Columna: Infancia y rebelión

Los-400-golpes

 

1. En Ser niño “huacho” en la historia de Chile (Siglo XIX), Gabriel Salazar reflexiona e ilustra la cruda realidad de los niños chilenos en el siglo XIX. Parias de lo paria, margen de los márgenes. Allá donde la historia de esta patria raquítica iba pergeñando paulatinamente su historia de desigualdad y violencia, Salazar busca las agujas del pajar, o más bien todo lo contrario: observa el pajar seco y frágil que la historia apartaba para dejar solo un par de agujas: “Los niños, demasiado pequeños aún para hacerse cargo de los problemas de la vida, de la guerra, de la política, de la economía globalizada, de la historia mundial”Niño, frágil retoño, vástago, receptáculo contra su propia voluntad —cabe aquí preguntarse, ¿en qué medida podemos hablar de voluntad en los niños?— de la historia y su devenir, siempre vertiginoso, monstruo que avanza dando zancadas impertinentes, desmantelándose constantemente a sí misma.

2. “Tal vez esperaba que lo castigaran a la vuelta, no sabía, exactamente, por qué delito, ya que había aprendido que aunque los niños aceptan a los adultos como adultos, los adultos no aceptan jamás a los niños más que también como adultos”, anota Faulkner en Luz de agosto. Imposible no atar uno que otro cabo: lo adulto como paradigma hegemónico de la realidad. No son en vano metáforas claves de la historia reciente del “Siglo de las Luces” como la época en donde la humanidad había alcanzado un cierto grado de madurez. Joe Christmas, personaje en torno al cual se va desenvolviendo esta historia de una norteamérica aún rural, no tiene otra opción más que evadir la autoridad al descubrir su tragedia: posee sangre mestiza. Única solución: rebelión. La fuga como signo de la evasión.

3. La autoridad como agente corrosivo necesita, en este caso, solo una respuesta: desdeñarla, mirarla de soslayo. Y correr. Hacia donde sea y cómo sea. A la sombra de los gigantes se arma la algazara y se toma la calle. Convive en el sobrecogimiento que a veces nos entrega la ignorancia. Correr, por ejemplo, hacia el mar, como en la escena final de Les quatre cents coups en donde un joven Jean-Pierre Léaud interpreta el papel de un niño asediado por adultos histéricos y profesores neuróticos. En la cinta, son los padres y la escuela la gran muralla que sostiene los movimientos inquietos del protagonista como una forma de domeñar esa barbarie antes que intentar establecer vasos comunicantes. Otra célebre escena, que me recuerda un poco a la exhumación que hiciera Rancière de Jacotot en El maestro ignorante, muestra al profesor reprochándole al protagonista haber copiado unos fragmentos de Balzac para su lección de literatura. El niño, por supuesto —y en esto estaría de acuerdo Piaget—, asombrado y al mismo tiempo perplejo por la prosa del autor francés, solo se limitó a hacer lo que tenía al alcance: utilizar esos materiales para, desde allí, construir su propia visión de las cosas.

4. Oliver Twist de Dickens, probablemente la única lectura significativa durante ocho años de enseñanza básica. ¿Argumento? Un niño parido en una Inglaterra convulsa deambula por esta urbe ingente. De orfanato en orfanato, de calle en calle no queda otra cosa que acatar el sino pedregoso del bajo pueblo. Oliver Twist, otro huacho.

5. “¡Nuestra camaradería de huachos constituyó el origen histórico de la conciencia proletaria en Chile!”, apunta Salazar hacia el final de su pequeño repaso por la historia de los huachos chilenos. Tesis arriesgada, excesivamente optimista e incluso romántica, pero que en todo caso no deja de ser interesante al momento de examinar cómo en el juego, en la desobediencia, en una ignorancia que hace del mundo y sus materiales un lenguaje para dar cuenta de sí mismo a los otros, parece ir germinando una forma tímida aunque necesaria de rebelión. Y con esto no me refiero exclusivamente a la revolución social, sino también a la creatividad, a los remezones que de pronto convulsionan el mundo de la cultura para obligarlo a reformular sus propios términos, para entender un acontecer que se mueve con sus propias leyes.

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