Vida. Memorias (Keith Richards)

Keith RichardsPor: Pablo Cabaña Vargas

Vida

Keith Richards (1943)

Editorial Global Rhythm Press Ediciones Peníncula

ISBN 978-84-9942-080-6

504 páginas

Si bien las autobiografías tienden a ser laudatorias, exculpatorias y a esconder más que revelar, al saber que Keith Richards —guitarrista y líder de los Rolling Stones—, volcaría sus vivencias y experiencias en una de ellas, de inmediato percibí que valía la pena correr el riesgo y derribar prejuicios.

Y no me equivoqué. El libro irradia franqueza, espontaneidad e irreverencia. En cada una de sus páginas queda de manifiesto que su protagonista no se guarda nada, ya que a estas alturas de la vida no vale la pena engañarse, alimentar la vanidad o dejar una imagen prefabricada para la posteridad.

Así, y pese a la exacerbante traducción española, el autor logra transmitir los avatares de su vida, la de su banda (quizás la más emblemática de la historia del rock) y la de buena parte del siglo XX con simpleza, profundidad y sentido del humor.

Con ese humor, crudeza y melancolía, Richards habla de su padre (“el hombre menos ambicioso que he conocido jamás”), de su abuelo Gus (clave en su desarrollo musical, pues le regaló su primera guitarra), de su madre (a quien le dedica las hermosas palabras finales de la autobiografía), de sus mujeres, de su hijo fallecido, de Mick Jagger (la frase “amor y odio” tiene aquí su aplicación más certera), de sus maestros bluseros y rastafari y de sus adicciones.

Igualmente, y casi al pasar, su autobiografía está poblada de reflexiones lúcidas acerca del ambiente en que se desenvuelve, las vicisitudes que le acontecen y las personas que orbitan a su alrededor, demostrando un poder de síntesis y una profundidad en la caracterización de los demás y de sus propias emociones, que ya se lo quisieran algunos narradores profesionales.

El libro parece una larga y entretenida conversación de bar, en la que su protagonista hace gala de una vitalidad y sensibilidad propias de un sobreviviente que lo ha visto todo, empleando un estilo directo, fluido hasta lo imperceptible, sin dejar de ser profundo en sus metáforas y expresión de las emociones, y en dar cuenta de una rebeldía bien entendida, esto es, no fundamentada en el enfrentamiento o en la negación del otro, sino que en una actitud necesaria para llevar a cabo sin interferencias su propósito creador.

A través de su narración, Richards da cuenta de uno de los procesos de intercambio e influencia más virtuosos de la historia del arte popular, esto es, cómo un grupo de ingleses blancos de la posguerra logró asimilar y enriquecer el lamento desgarrado del blues interpretado por músicos de raza negra en Estados Unidos (“no lo captas con la cabeza sino con las entrañas”), y convertirlo en rock & roll. En esta crónica, Keith Richards, quien personifica ese proceso, lo define como una búsqueda permanente por encontrar una voz, una forma de materializar un sentir, sobre la base de un terreno fértil constituido por esa permanente desesperación y desasosiego que lleva a los ingleses a querer salir de donde están (quizás por su carácter insular) o torcer aquello que se encuentra establecido en un determinado tiempo y lugar, no desde la destrucción o la negación, sino que a partir de la interconexión y la influencia de unos con otros.

Asimismo, Richards entrega el testimonio de una época, aquella posterior a la gran guerra, caracterizada en Inglaterra por sus privaciones y barrios destruidos por los bombardeos, en la que se generaron las condiciones para la revolución moral de los 60, que le provocó más de algún problema a la banda, chivo expiatorio de gobiernos que buscaban desviar la atención de los crímenes que cometían más allá de sus fronteras y protegerse de la autonomía que exigían para sí las fuerzas vivas de la sociedad.

En ese sentido, no es casualidad que la historia reciente de la humanidad se encuentre ligada de manera tan estrecha con el auge y desarrollo del rock & roll entendido como una cultura, pues este ha sido una permanente y efectiva vía de expresión, como también una manifestación de rebeldía y fuente permanente de ataques y polémicas, debido a que, a través de la actitud de sus exponentes, se ponía de manifiesto que la sociedad estaba cambiando a contrapelo de las élites del momento.

De alguna forma Chile, pese a su lejanía geográfica, mental y cultural, también fue parte de ese fenómeno, lo que puede advertirse a partir de algunos arranques de audacia de La Nueva Ola, la psicodelia precursora de Los Jaivas y Congreso, la reivindicación social en clave doliente de Violeta Parra y Víctor Jara y, más recientemente, mediante la fusión virtuosa entre rock y cultura popular que llevaron a cabo Los Tres.

Finalmente —y en este punto radica fundamentalmente la grandeza de este libro—, cuando una autor logra volcarse a sí mismo con tanta perfección en una determinada obra, en este caso literaria, alcanzando el ideal esbozado por Michel de Montaigne en cuanto a convertirse el mismo en dicha obra, estamos en presencia de un artista verdadero, de aquellos que forman parte de una casta de elegidos que poseen la inexplicable virtud de trascender a través de la expresión y convertir sus experiencias en belleza.

A todas esas reflexiones y emociones dio lugar esta obra que exuda vitalidad y que constituye un notable ejercicio de valentía y sabiduría, pues materializa ese objetivo a primera vista inalcanzable de conocerse a sí mismo, dando un paso más allá en ese sentido, al hacernos partícipes del resultado de esa experiencia única y extrema.

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